FANDOM


Tercer día
TERCIA
Donde Adso reflexiona en el scriptorium sobre la historia de su orden
y sobre el destino de los libros
Salí de la iglesia menos fatigado pero con la mente confusa, porque sólo en las
horas nocturnas el cuerpo goza de un descanso tranquilo. Subí al scriptorium,
pedí permiso a Malaquías y me puse a hojear el catálogo. Mientras miraba
distraído los folios que iban pasando ante mis ojos, lo que en realidad hacía era
observar a los monjes.
Me impresionó la calma y la serenidad con que estaban entregados a sus
tareas, como si no hubiese desaparecido uno de sus hermanos y no lo
estuvieran buscando afanosamente por todo el recinto, y como si ya no
hubiesen muerto otros dos en circunstancias espantosas. Aquí se ve, dije para
mí, la grandeza de nuestra orden: durante siglos y siglos, hombres como éstos
han asistido a la irrupción de los bárbaros, al saqueo de sus abadías. Han visto
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
148
precipitarse reinos en vórtices de fuego, y, sin embargo, han seguido
ocupándose con amor de sus pergaminos y sus tintas, y han seguido leyendo
en voz baja unas palabras transmitidas a través de los siglos y que ellos
transmitirían a los siglos venideros. Si habían seguido leyendo y copiando
cuando se acercaba el milenio, ¿por qué dejarían de hacerlo ahora?
El día anterior, Bencio había dicho que con tal de conseguir un libro raro estaba
dispuesto a cometer actos pecaminosos. No mentía ni bromeaba. Sin duda, un
monje debería amar humildemente sus libros, por el bien de estos últimos y no
para complacer su curiosidad personal, pero lo que para los legos es la
tentación del adulterio, y para el clero secular la avidez de riquezas, es para los
monjes la seducción del conocimiento.
Hojeé el catálogo y empezó un baile de títulos misteriosos: Quinti Sereni de
medicamentis, Phaenomena, Liber Aesopi de natura animalium, Liber Aethici
peronymi de cosmographia, Libri tres quos Arculphus episcopus Adamnano
escipiente de locis sanctis ultramarinis designavit conscribendos, Libellus Q.
Lulii Hilarionis de origine mundi, Solini Polyhistor de situ orbis terrarum et
mirabilibus, A lmagestáhus. . .
No me asombré de que el misterio de los crímenes girase en torno a la
biblioteca. Para aquellos hombres consagrados a la escritura, la biblioteca era
al mismo tiempo la Jerusalén celestial y un mundo subterráneo situado en la
frontera de la tierra desconocida y el infierno. Estaban dominados por la
biblioteca, por sus promesas y sus interdicciones. Vivían con ella, por ella y,
quizá, también contra ella, esperando, pecaminosamente, poder arrancarle
algún día todos sus secretos. ¿Por qué no iban a arriesgarse a morir para
satisfacer alguna curiosidad de su mente, o a matar para impedir que alguien
se apoderase de cierto secreto celosamente custodiado?
Tentaciones, sin duda, soberbia del intelecto. Muy distinto era el monje
escribiente que había imaginado nuestro santo fundador: capaz de copiar sin
entender, entregado a la voluntad de Dios, escribiente en cuanto orante, y
orante en cuanto escribiente. ¿Qué había sucedido? ¡Oh, sin duda, no sólo en
eso había degenerado nuestra orden! Se había vuelto demasiado poderosa,
sus abades rivalizaban con los reyes. ¿Acaso Abbone no era un ejemplo de
monarca que con ademán de monarca intentaba dirimir las controversias entre
los monarcas? Hasta el saber que las abadías habían acumulado se usaba
ahora como mercancía para el intercambio era motivo de orgullo, de jactancia,
y fuente de prestigio. Así como los caballeros ostentaban armaduras y
pendones, nuestros abades ostentaban códices con miniaturas. Y aún más
(¡qué locura!) Desde que nuestros monasterios habían perdido la palma del
saber: porque ahora las escuelas catedralicias, las corporaciones urbanas y las
universidades copiaban quizás más y mejor que nosotros, y producían libros
nuevos... y tal vez fuese esta la causa de tantas desgracias.
La abadía donde me encontraba era, quizás la última capaz de alardear por la
excelencia en la producción y reproducción del saber. Pero precisamente por
eso sus monjes ya no se conformaban con la santa actividad de copiar:
también ellos, movidos por la avidez de novedades, querían producir nuevos
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
149
complementos de la naturaleza. No se daban cuenta, entonces lo intuí
confusamente, y ahora, cargado ya de años y experiencia, lo sé con seguridadde
que al obrar de ese modo estaban decretando la ruina de lo que constituía
su propia excelencia. Porque si el nuevo saber que querían producir llegaba a
atravesar libremente aquella muralla, con ello desaparecería toda diferencia
entre ese lugar sagrado y una escuela catedralicia o una universidad
ciudadana. En cambio, mientras permaneciera oculto, su prestigio y su fuerza
seguirían intactos, a salvo de la corrupción de las disputas, de la soberbia
cuodlibetal que pretende someter todo misterio y toda grandeza a la criba del
sic et non. Por eso, dije para mí, la biblioteca está rodeada de un halo de
silencio y oscuridad: es una reserva de saber, pero sólo puede preservar ese
saber impidiendo que llegue a cualquiera, incluidos los propios monjes. El
saber no es como la moneda, que se mantiene físicamente intacta incluso a
través de los intercambios más infames; se parece más bien a un traje de gran
hermosura, que el uso y la ostentación van desgastando. ¿Acaso no sucede ya
eso con el propio libro, cuyas páginas se deshacen, cuyas tintas y oros se
vuelven opacos, cuando demasiadas manos lo tocan? Precisamente, cerca de
mí, Pacifico da Tivoli hojeaba un volumen antiguo, cuyos folios parecían
pegados entre sí por efecto de la humedad. Para poder hojearlo debía mojarse
con la lengua el índice y el pulgar, y su saliva iba mermando el vigor de
aquellas páginas. Abrirlas significaba doblarlas, exponerlas a la severa acción
del aire y del polvo, que roerían las delicadas nervaduras del pergamino,
encrespado por el esfuerzo, y producirían nuevo moho en los sitios donde la
saliva había ablandado, pero al mismo tiempo debilitado, el borde de los folios.
Así como un exceso de ternura ablanda y entorpece al guerrero, aquel exceso
de amor posesivo y lleno de curiosidad exponía el libro a la enfermedad que
acabaría por matarlo.
¿Qué había que hacer? ¿Dejar de leer y limitarse a conservar? ¿Eran fundados
mis temores? ¿Qué habría dicho mi maestro?
No lejos de mí, el rubricante Magnus de Iona estaba blandando con yeso un
pergamino que antes había raspado con piedra pómez, y que luego acabaría
de alisar con la plana. A su lado, Rábano de Toledo había fijado su pergamino
a la mesa y con un estilo de metal estaba trazando líneas horizontales muy
finas entre unos agujeritos que había practicado a ambos lados del folio. Pronto
las dos láminas se llenarían de colores y de formas, y cada página sería como
un relicario, resplandeciente de gemas engastadas en la piadosa trama de la
escritura. Estos dos hermanos míos, dije para mí, viven ahora su paraíso en la
tierra. Estaban produciendo nuevos libros, iguales a los que luego el tiempo
destruiría inexorable. . . Por tanto, ninguna fuerza terrenal podía destruir la
biblioteca, puesto que era algo vivo. Pero, si era algo vivo, ¿por qué no se abría
al riesgo del conocimiento? ¿Era eso lo que deseaba Bencio y lo que quizás
también había deseado Venancio? Me sentí confundido y tuve miedo de mis
propios pensamientos. Quizás no fuesen los más adecuados para un novicio
cuya única obligación era respetar humilde y escrupulosamente la regla,
entonces y en los años que siguieran. . . como siempre he hecho, sin
plantearme otras preguntas, mientras a mí alrededor el mundo se hundía más y
más en una tormenta de sangre y de locura.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
150
Era la hora de la comida matinal. Me dirigí a la cocina. Los cocineros, de
quienes ya era amigo, me dieron algunos de los bocados más exquisitos.
Tercer día
SEXTA
Donde Adso escucha las confidencias de Salvatore, que no pueden resumirse
en
pocas palabras pero que le sugieren muchas e inquietantes reflexiones.
Mientras comía, vi en un rincón a Salvatore. Era evidente que ya había hecho,
las paces con el cocinero, pues estaba devorando con entusiasmo un pastel de
carne de oveja. Comía como si nunca lo hubiese hecho en su vida: no dejaba
caer ni una migaja. Parecía estar dando gracias al cielo por aquel alimento
extraordinario.
Se me acercó y me dijo en su lenguaje estrafalario, que comía por todos los
años en que había ayunado. Le pedí que me contara. Me describió una infancia
muy penosa en una aldea donde el aire era malsano, las lluvias excesivas y los
campos pútridos, en medio de un aire viciado por miasmas mortíferos. Por lo
que alcancé a entender, algunos años, los aluviones que corrían por el campo,
estación tras estación habían borrado los surcos. de modo que un moyo de
semillas daba un sextario, y después ese sextario se reducía aún, hasta
desaparecer. Los señores tenían los rostros blancos como los pobres, aunque -
observó Salvatore - muriesen muchos más de éstos que de aquellos, quizás -
añadió con una sonrisa- porque pobres había más. . . Un sextario costaba
quince sueldos, un moyo sesenta sueldos, los predicadores anunciaban el fin
de los tiempos, pero los padres y los abuelos de Salvatore recordaban que no
era la primera vez que esto sucedía de modo que concluyeron que los tiempos
siempre estaban a punto de acabar. Y cuando hubieron comido todas las
carroñas de los pájaros, y todos los animales inmundos que pudieron
encontrar, corrió la voz de que en la aldea alguien había empezado a
desenterrar a los muertos. Como un histrión, Salvatore se esforzaba por
explicar cómo hacían aquellos “homines malísimos” que cavaban con los dedos
en el suelo de los cementerios al día siguiente de algún entierro. “¡Yam!”,
decía, e hincaba el diente en su pastel de oveja, pero en su rostro yo veía la
mueca del desesperado que devoraba un cadáver. Y además había otros
peores, que, no contentos con cavar en la tierra consagrada, se escondían en
el bosque, como ladrones, para sorprender a los caminantes. “¡Zas!”, decía
Salvatore, poniéndose el cuchillo en el cuello, y “¡Yam!”. Y los peores de todos
atraían a los niños con huevos o manzanas, y se los comían, pero, aclaró
Salvatore con mucha seriedad, no sin antes cocerlos. Me contó que en cierta
ocasión había llegado a la aldea un hombre vendiendo carne cocida a un
precio muy barato, y que nadie comprendía tanta suerte de golpe, pero
después el cura dijo que era carne humana, y la muchedumbre enfurecida se
arrojó sobre el hombre y lo destrozó. Pero aquella misma noche alguien de la
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
151
aldea cavó en la tumba del caníbal y comió su carne, y cuando lo
descubrieron, la aldea también lo condenó a muerte.
Pero no fue esto lo único que me contó Salvatore. Con palabras truncadas,
obligándome a recordar lo poco que sabía de provenzal y de algunos dialectos
italianos, me contó la historia de su fuga de la aldea natal, y su vagabundeo por
el mundo. Y en su relato reconocí a muchos que ya había conocido o
encontrado por el camino, y ahora reconozco a muchos otros que conocí más
tarde, de modo que quizá, después de tantos años, le atribuya aventuras y
delitos de otros, que conocí antes o después de él, y que ahora en mi mente
fatigada se funden en una sola imagen, precisamente por la fuerza de la
imaginación, que, combinando el recuerdo del oro con el de la montaña, sabe
producir la idea de una montaña de oro.
Durante el viaje, Guillermo había hablado a menudo de los simples; algunos de
sus hermanos designaban así a la gente del pueblo y a las personas incultas.
El término siempre me pareció vago, porque en las ciudades italianas había
encontrado mercaderes y artesanos que no eran letrados pero que tampoco
eran incultos, aunque sus conocimientos se manifestasen a través de la lengua
vulgar. Y por ejemplo, algunos de los tiranos que en aquella época gobernaban
la península nada sabían de teología, de medicina, de lógica y de latín, pero,
sin duda, no era simples ni menesterosos. Por eso creo que también mi
maestro, al hablar de los simples, usaba un concepto más bien simple. Pero,
sin duda, Salvatore era un simple, procedía de una tierra castigada durante
siglos por la miseria y por la prepotencia de los señores feudales. Era un
simple, pero no un necio. Soñaba con un mundo distinto, que en la época en
que huyó de casa de sus padres, se identificaba, por lo que me dijo, con el país
de Jauja, donde los árboles segregan miel y dan hormas de queso y olorosos
chorizos.
Impulsado por esa esperanza -como si no quisiese reconocer que este mundo
es un valle de lágrimas, donde (según me han enseñado) hasta la injusticia ha
sido prevista, para mantener el justo equilibrio, por una providencia cuyos
designios quieren ocultársenos-, Salvatore viajó por diversos países, desde su
Monferrate natal hacia la Liguria, y después a Provenza para subir luego hacia
las tierras del rey de Francia.
Salvatore vagó por el mundo, mendigando, sisando, fingiéndose enfermo,
sirviendo cada tanto a algún señor, para volver después al bosque y al camino
real. Por el relato que me hizo, lo imaginó unido a aquellas bandas de
vagabundos que luego, en los años que siguieron, vería pulular cada vez más
por toda Europa: falsos monjes, charlatanes, tramposos, truhanes, perdularios
y harapientos, leprosos y tullidos, caminantes, vagabundos, cantores
ambulantes, clérigos, apátridas, estudiantes que iban de un sitio a otro,
tahúres, malabaristas, mercenarios inválidos, judíos errantes, antiguos cautivos
de los infieles que vagaban con la mente perturbada, locos, desterrados,
malhechores con las orejas cortadas, sodomitas, y mezclados con ellos,
artesanos ambulantes, tejedores, caldereros, silleros, afiladores, empajadores,
albañiles, junto con pícaros de toda calaña, tahúres, bribones, pillos, granujas,
bellacos, tunantes, faramalleros, saltimbanquis, trotamundos, buscones, y
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
152
canónigos y curas simoníacos y prevaricadores, y gente que ya sólo vivía de la
inocencia ajena, falsificadores de bulas y sellos papales, vendedores de
indulgencias, falsos paralíticos que se echaban a la puerta de las iglesias,
tránsfugas de los conventos, vendedores de reliquias, perdonadores, adivinos y
quiromantes, nigromantes, curanderos, falsos mendicantes, y fornicadores de
toda calaña, corruptores de monjas y muchachas por el engaño o la violencia,
falsos hidrópicos, epilépticos fingidos, seudo hemorróidicos, simuladores de
gota, falsos llagados, e incluso falsos dementes, melancólicos ficticios. Algunos
se aplicaban emplastos en el cuerpo para fingir llagas incurables, otros se
llenaban la boca con una sustancia del color de la sangre para simular esputos
de tuberculoso, y había pícaros que simulaban la invalidez de alguno de sus
miembros, que llevaban bastones sin necesitarlos, que imitaban ataques de
epilepsia, que se fingían sarnosos, con falsos bubones, con tumores simulados,
llenos de vendas, pintados con tintura de azafrán, con hierros en las manos y
vendajes en la cabeza, colándose hediondos en las iglesias y dejándose caer
de golpe en las plazas, escupiendo baba y con los ojos en blanco, echando por
la nariz una sangre hecha con zumo de moras y bermellón, para robar comida
o dinero a las gentes atemorizadas que recordaban la invitación de los santos
padres a la limosna: comparte tu pan con el hambriento, ofrece tu casa al que
no tiene techo, visitemos a Cristo, recibamos a Cristo, vistamos a Cristo,
porque así como el agua purga al fuego, la limosna purga nuestros pecados.
También después de la época a la que me estoy refiriendo he visto y sigo
viendo, a lo largo del Danubio, muchos de aquellos charlatanes que, como los
demonios, tenían sus propios nombres y sus propias subdivisiones: biantes,
affratres, falsibordones, affarfantes, acapones, alacrimantes, asciones,
acadentes, mutuatores, cagnabaldi, atrementes, admiracti, acconi, apezentes,
affarinati, spectini, iucchi, falpatores, confitentes, compatrizantes.
Eran como légamo que se derramaba por los senderos de nuestro mundo, y
entre ellos se mezclaban predicadores de buena fe, herejes en busca de
nuevas presas, sembradores de discordia. Había sido precisamente el papa
Juan, siempre temeroso de los movimientos de los simples que se dedicaban a
la predicación, y a la práctica de la pobreza, quien arremetiera contra los
predicadores mendicantes, quienes, según él, atraían a los curiosos
enarbolando estandartes con figuras pintadas, predicaban y se hacían entregar
dinero valiéndose de amenazas. ¿Tenía razón el papa simoníaco y corrupto
cuando equiparaba a los frailes mendicantes que predicaban la pobreza con
aquellas bandas de desheredados y saqueadores? En aquella época, después
de haber viajado un poco por la península italiana, ya no tenía muy claras mis
ideas: había oído hablar de los frailes de Altopascio, que en su predicación
amenazaban con excomuniones y prometían indulgencias, que por dinero
absolvían a fratricidas y a ladrones, a perjuros y a asesinos, que iban diciendo
que en su hospital se celebraban hasta cien misas diarias, y que recaudaban
donativos para sufragarlas, y que decían que con sus bienes se dotaba a
doscientas muchachas pobres.
También había oído hablar de fray Pablo El Cojo, eremita del bosque de Rieti
que se jactaba de haber sabido por revelación directa del Espíritu Santo que el
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
153
acto carnal no era pecado, y así seducía a sus víctimas, a las que llamaba
hermanas, obligándolas a desnudarse y recibir azotes y a hacer cinco
genuflexiones en forma de cruz, para después ofrendarlas a Dios, no sin
instarlas a que se prestaran a lo que llamaba el beso de la paz. Pero, ¿qué
había de cierto en todo eso? ¿Qué tenían que ver aquellos eremitas
supuestamente iluminados con los frailes de vida pobre que recorrían los
caminos de la península haciendo verdadera penitencia, ante la mirada hostil
de unos clérigos y obispos cuyos vicios y rapiñas flagelaban?
El relato de Salvatore, que se iba mezclando con las cosas que yo ya sabía, no
revelaba diferencia alguna: todo parecía igual a todo. Algunas veces lo
imaginaba como uno de aquellos mendigos inválidos de Turena que, según se
cuenta, al aparecer el cadáver milagroso de San Martín, salieron huyendo por
miedo a que el santo los curara, arrebatándoles así su fuente de ganancias,
pero el santo, implacable, les concedió su gracia antes de que lograsen
alejarse, devolviéndoles el uso de los miembros en castigo por el mal que
habían hecho. Otras veces, en cambio, el rostro animalesco del monje se
iluminaba con una dulce claridad, mientras me contaba cómo, en medio de su
vagabundeo con aquellas bandas, había escuchado la palabra de ciertos
predicadores franciscanos, también ellos fugitivos, y había comprendido que la
vida pobre y errabunda que llevaba no debía padecerse como una triste
fatalidad, sino como un acto gozoso de entrega. Y así había pasado a formar
parte de unas sectas y grupos de penitentes cuyos nombres no sabía repetir y
cuyas doctrinas apenas lograba explicar. Deduje que se había encontrado con
patarinos y valdenses, y quizás también con cátaros, arnaldistas y humillados,
y que vagando por el mundo había pasado de un grupo a otro, asumiendo poco
a poco como misión su vida errante, y haciendo por el Señor lo que hasta
entonces había hecho por su vientre.
Pero, ¿cómo y hasta cuándo había estado con aquellos grupos? Por lo que
pude entender, unos treinta años atrás había sido acogido en un convento
franciscano de Toscana, donde había adoptado el sayo de San Francisco,
aunque sin haber recibido las órdenes. Allí, creo, había aprendido el poco latín
que hablaba, mezclándolo con las lenguas de todos los sitios en que, pobre
apátrida, había estado, y de todos los compañeros de vagabundeo que había
ido encontrando, desde mercenarios de mi tierra hasta bogomilos dálmatas.
Allí, según decía, se había entregado a la vida de penitencia (penitenciegite,
me repetía con mirada ardiente, y otra vez oí aquella palabra que tanta
curiosidad había despertado en Guillermo) pero al parecer tampoco aquellos
franciscanos tenían muy claras las ideas, porque en cierta ocasión invadieron
la casa del canónigo de la iglesia cercana, al que acusaban de robar y de otras
ignominias, y lo arrojaron escaleras abajo, causando así la muerte del pecador,
y luego saquearon la iglesia. Enterado el obispo, envió gente armada, y así fue
como los frailes se dispersaron y Salvatore vagó largo tiempo por la Alta Italia
unido a una banda de fraticelli, o sea de franciscanos mendicantes, al margen
ya de toda ley y disciplina.
Buscó luego refugio en la región de Toulouse, donde le sucedió algo extraño,
en una época en que, enardecido, escuchaba el relato de las grandes hazañas
de los cruzados. Sucedió que una muchedumbre de pastores y de gente
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
154
humilde se congregó en gran número para cruzar el mar e ir a combatir contra
los enemigos de la fe. Se les dio el nombre de pastorcillos. Lo que en realidad
querían era huir de aquellas infelices tierras. Tenían dos jefes, que les
inculcaban falsas teorías: un sacerdote que por su conducta se había quedado
sin iglesia, y un monje apóstata de la orden de San Benito. Hasta tal punto
habían enloquecido a aquellos miserables, que incluso muchachos de dieciséis
años, contra la voluntad de sus padres, llevando consigo sólo una alforja y un
bastón, sin dinero, abandonaron los campos para correr tras ellos, formando
todos una gran muchedumbre que los seguía como un rebaño. Ya no los movía
la razón ni la justicia, sino sólo la fuerza y la voluntad de sus jefes. Se sentían
como embriagados por el hecho de estar juntos, finalmente libres y con una
vaga esperanza de tierras prometidas. Recorrían aldeas y ciudades cogiendo
todo lo que encontraban, y si alguno era arrestado, asaltaban la cárcel para
liberarlo. Cuando entraron en la fortaleza de París para liberar a algunos de sus
compañeros arrestados por orden de los señores, viendo que el preboste de la
ciudad intentaba resistir, lo golpearon y lo arrojaron por la escalinata, y después
echaron abajo las puertas de la cárcel. Ocuparon luego el prado de San
Germán, donde se desplegaron en posición de combate. Pero nadie se atrevió
a hacerles frente, de modo que salieron de París y se dirigieron hacia
Aquitania. E iban matando a todos los judíos que encontraban a su paso, y se
apoderaban de sus bienes. . .
-¿Por qué a los judíos? –pregunté.
Y Salvatore me respondió:
-¿Por qué no?
Entonces me explicó que toda la vida habían oído decir a los predicadores que
los judíos eran los enemigos de la cristiandad y que acumulaban los bienes que
a ellos les eran negados. Yo le pregunté si no eran los señores y los obispos
quienes acumulaban esos bienes a través del diezmo, y si, por tanto, los
pastorcillos no se equivocaban de enemigos. Me respondió que, cuando los
verdaderos enemigos son demasiado fuertes, hay que buscarse otros
enemigos más débiles. Pensé que por eso los simples reciben tal
denominación. Sólo los poderosos saben siempre con toda claridad cuáles son
sus verdaderos enemigos. Los señores no querían que los pastorcillos pusieran
en peligro sus bienes, y tuvieron la inmensa suerte de que los jefes de los
pastorcillos insinuasen la idea de que muchas de las riquezas estaban en
poder de los judíos.
Le pregunté quién había convencido a la muchedumbre de que era necesario
atacar a los judíos. Salvatore no lo recordaba. Creo que cuando tanta gente se
congrega para correr tras una promesa, y de pronto surge una exigencia,
nunca puede saberse quién es el que habla. Pensé que sus jefes se habían
educado en los conventos y en las escuelas obispales, y que hablaban el
lenguaje de los señores, aunque lo tradujeran en palabras comprensibles para
los pastores. Y los pastores no sabían dónde estaba el papa, pero sí dónde
estaban los judíos. En suma, pusieron sitio a una torre alta y sólida,
perteneciente al rey de Francia, donde los judíos, aterrorizados, habían ido en
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
155
masa a refugiarse. Y con valor y tenacidad éstos se defendían arrojando leños
y piedras. Pero los pastorcillos prendieron fuego a la puerta de la torre,
acorralándolos con las llamas y el humo. Y al ver que no podían salvarse, los
judíos prefirieron matarse antes que morir a manos de los incircuncisos, y
pidieron a uno de ellos, que parecía el más valiente, que los matara con su
espada. Este dijo que sí y mató como a quinientos. Después salió de la torre
con los hijos de los judíos y pidió a los pastorcillos que lo bautizaran. Pero los
pastorcillos le respondieron: “¿Has hecho tal matanza entre tu gente y ahora
quieres salvarte de morir?” Y lo destrozaron. Pero respetaron la vida de los
niños, y los hicieron bautizar. Después se dirigieron hacia Carcasona, y a su
paso perpetraron otros crímenes sangrientos. Entonces el rey de Francia
comprendió que habían pasado ya los límites y ordenó que se les opusiese
resistencia en toda ciudad por la que pasaran, y que se defendiese incluso a
los judíos como si fueran hombres del rey. . .
¿Por qué aquella súbita preocupación del rey por los judíos? Quizás porque se
dio cuenta de lo que podrían llegar a hacer los pastorcillos en todo el reino, y
vio que su número era cada vez mayor. Entonces se apiadó incluso de los
judíos, ya fuese porque éstos eran útiles para el comercio del reino, ya porque
había que destruir a los pastorcillos y era necesario que todos los buenos
cristianos encontraran motivos para deplorar sus crímenes. Pero muchos
cristianos no obedecieron al rey, porque pensaron que no era justo defender a
los judíos, enemigos constantes de la fe cristiana.
Y en muchas ciudades las gentes del pueblo, que habían tenido que pagar
usura a los judíos, se sentían felices de que los pastorcillos los castigaran por
su riqueza. Entonces el rey ordenó bajo pena de muerte que no se diera ayuda
a los pastorcillos. Reunió un numeroso ejército y los atacó y muchos murieron,
mientras que otros se salvaron refugiándose en los bosques, donde acabaron
pereciendo de hambre. En poco tiempo fueron aniquilados. Y el enviado del rey
los iba apresando y los hacía colgar en grupos de veinte o de treinta,
escogiendo los árboles más grandes, para que el espectáculo de sus
cadáveres sirviese de ejemplo eterno y ya nadie se atreviera a perturbar la paz
del reino.
Lo extraño es que Salvatore me contó esta historia como si se tratase de una
empresa muy virtuosa. Y de hecho seguía convencido de que la muchedumbre
de los pastorcillos se había puesto en marcha para conquistar el sepulcro de
Cristo y liberarlo de los infieles. Y no logré persuadirlo de que esa sublime
conquista ya se había logrado en la época de Pedro el Ermitaño y de San
Bernardo, durante el reinado de Luis el Santo, de Francia. De todos modos,
Salvatore no partió a luchar contra los infieles, porque tuvo que retirarse a toda
prisa de las tierras francesas. Me dijo que se había dirigido hacia la región de
Novara, pero no me aclaró demasiado lo que le sucedió allí. Por último, llegó a
Casale, donde logró que lo admitieran en el convento de los franciscanos (creo
que fue allí donde encontró a Remigio), justo en la época en que muchos de
ellos, perseguidos por el papa, cambiaban de sayo y buscaban refugio en
monasterios de otras órdenes, para no morir en la hoguera, tal como había
contado Ubertino. Dada su larga experiencia en diversos trabajos manuales
(que había realizado tanto con fines deshonestos, cuando vagaba libremente,
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
156
como con fines santos, cuando vagaba por el amor de Cristo), el cillerero lo
convirtió en su ayudante. Y por eso justamente hacía tantos años que estaba
en aquel sitio, menos interesado por los fastos de la orden que por la
administración del almacén y la despensa, libre de comer sin necesidad de
robar y de alabar al Señor sin que lo quemaran.
Todo esto me lo fue contando entre bocado y bocado, y me pregunté qué parte
había añadido su imaginación, y qué parte había guardado para sí. Lo miré
con curiosidad, no porque me asombrara su experiencia particular, sino al
contrario, porque lo que le había sucedido me parecía una espléndida síntesis
de muchos hechos y movimientos que hacían de la Italia de entonces un país
fascinante e incomprensible.
¿Qué emergía de ese relato? La imagen de un hombre de vida aventurera,
capaz incluso de matar a un semejante sin ser consciente de su crimen. Pero,
si bien en aquella época cualquier ofensa a la ley divina me parecía igual a
otra, ya empezaba a comprender algunos de los fenómenos que oía comentar,
y me daba cuenta de que una cosa es la masacre que una muchedumbre, en
arrebato casi ascético, y confundiendo las leyes del Señor con las del diablo,
puede realizar, y otra cosa es el crimen individual perpetrado a sangre fría,
astuta y calladamente. Y no me parecía que Salvatore pudiera haberse
manchado con semejante crimen.
Por otra parte, quería saber algo sobre lo que había insinuado el Abad, y me
obsesionaba la figura de fray Dulcino, para mí casi desconocida. Sin embargo,
su fantasma parecía presente en muchas conversaciones que había
escuchado durante aquellos dos días. De modo que le pregunté a bocajarro:
-¿En tus viajes nunca encontraste a fray Dulcino?
Su reacción fue muy extraña. Sus ojos, ya muy abiertos, parecieron salirse de
las órbitas; se persignó varias veces; murmuró unas frases entrecortadas, en
un lenguaje que esa vez me resultó del todo ininteligible. Creí entender, sin
embargo, que eran negaciones. Hasta aquel momento me había mirado con
simpatía y confianza, casi diría que con amistad. En cambio, la mirada que
entonces me dirigí fue casi de odio. Después pretextó cualquier cosa y se
marchó.
A aquellas alturas yo me moría de curiosidad. ¿Quién era ese fraile que
infundía terror a cualquiera que oyese su nombre? Decidí que debía apagar lo
antes posible mi sed de saber. Una idea atravesó mi mente. ¡Ubertino! Era él
quien había pronunciado ese nombre la primera noche que lo encontramos.
Conocía todas las vicisitudes, claras y oscuras, de los frailes, de los fraticelli y
de otra gentuza que pululaba por entonces. ¿Dónde podía encontrarlo a
aquella hora? Sin duda, en la iglesia, sumergido en sus oraciones. Y hacia allí,
puesto que gozaba de un momento de libertad, dirigí mis pasos.
No lo encontré, ni lograría encontrarlo hasta la noche. De modo que mi
curiosidad siguió insatisfecha, mientras sucedían los acontecimientos que
ahora debo narrar.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
157
Tercer día
NONA
Donde Guillermo habla con Adso del gran río de la herejía, de la función de los
simples
en la iglesia, de sus decidas acerca de la cognoscibilidad de las leyes
generales,
y casi de pasada le comenta cómo han descifrado los signos nigrománticos
que decía Venancio
Encontré a Guillermo en la herrería, trabajando con Nicola, los dos bastante
enfrascados en su trabajo. Habían dispuesto sobre la mesa un montón de
pequeños discos de vidrio, quizás ya listos para ser insertados en una vidriera,
y con instrumentos idóneos habían reducido el espesor de algunos a la medida
deseada. Guillermo los estaba probando poniéndoselos delante de los ojos.
Por su parte, Nicola estaba dando instrucciones a los herreros para que
fabricaran la horquilla donde habrían de engastarse los vidrios adecuados.
Guillermo refunfuñaba irritado, porque la lente que más le satisfacía hasta ese
momento era de color esmeralda, y decía que no le interesaba ver los
pergaminos como si fuesen
prados. Nicola se alejó para vigilar el trabajo de los herreros. Mientras trajinaba
con sus vidrios, le conté a mi maestro la conversación con Salvatore.
-Se ve que el hombre ha tenido una vida muy variada -dijo-, quizás sea cierto
que ha estado con los dulcinianos. Esta abadía es un verdadero microcosmos;
cuando lleguen
los enviados del papa Juan y de fray Michele el cuadro estará completo.
-Maestro -le dije- ya no entiendo nada.
-¿A propósito de qué Adso?
-Ante todo, a propósito de las diferencias entre los grupos heréticos. Pero sobre
esto os preguntaré después. Lo que me preocupa ahora es el problema mismo
de la diferencia: Cuando hablasteis con Ubertino me dio la impresión de que
tratabais de demostrarle que los santos y los herejes son todos iguales. En
cambio, cuando hablasteis con el Abad os esforzasteis por explicarle la
diferencia que va de hereje a hereje, y de hereje a ortodoxo. O sea que a
Ubertino lo censurasteis por considerar distintos a los que en el fondo son
iguales, y al Abad por considerar iguales a los que en el fondo son distintos.
Guillermo dejó un momento las lentes sobre la mesa:
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
158
-Mi buen Adso, tratemos de hacer algunas distinciones, incluso a la manera de
las escuelas de París. Pues bien, allí dicen que todos los hombres tienen una
misma forma sustancial, ¿verdad?
-Así es -dije, orgulloso de mi saber-. Son animales, pero racionales, y se
distinguen por la capacidad de reír.
-Muy bien. Sin embargo, Tomás es distinto de Buenaventura, y el primero es
gordo mientras que el segundo es flaco, e incluso puede suceder que
Uguccione sea malo mientras que Francesco es bueno, y que Aldemaro sea
flemático mientras que Agilulfo es bilioso. ¿O no?
-Qué duda cabe.
-Entonces, esto significa que hay identidad, entre hombres distintos, en cuanto
a su forma sustancial, y diversidad en cuanto a los accidentes, o sea en cuanto
a sus terminaciones superficiales.
-Me parece evidente.
-Entonces, cuando digo a Ubertino que la misma naturaleza humana, con sus
complejas operaciones, se aplica tanto al amor del bien como al amor del mal,
intento convencerlo de la identidad de dicha naturaleza humana. Cuando luego
digo al Abad que hay diferencia entre un cátaro y un valdense, hago hincapié
en la variedad de sus accidentes.
E insisto en esa diferencia porque a veces sucede que se quema a un valdense
atribuyéndole los accidentes propios de un cátaro y viceversa. Y cuando se
quema a un hombre se quema su sustancia individual, y se reduce a pura nada
lo que era un acto concreto de existir, bueno de por sí, al menos para los ojos
de Dios, que lo mantenía en la existencia. ¿Te parece que es una buena razón
para hacer hincapié en las diferencias?
-Sí, maestro -respondí entusiasmado- ¡Ahora comprendo por qué hablasteis
así, y valoro vuestra buena filosofía!
-No es la mía, y ni siquiera sé si es la buena. Pero lo importante es que hayas
comprendido. Veamos ahora tu segunda pregunta.
-Sucede que me siento un inútil. Ya no logro distinguir cuáles son las
diferencias accidentales de los valdenses, los cátaros, los pobres de Lyon, los
humillados, los begardos, los terciarios, los lombardos, los joaquinistas, los
patarinos, los apostólicos, los pobres de Lombardía, los arnaldistas, los
guillermitas, los seguidores del espíritu libre y los luciferinos. ¿Qué debo hacer?
-¡Oh, pobre Adso! -exclamó riendo Guillermo, y me dio una palmadita afectuosa
en la nuca- ¡La culpa no es en absoluto tuya! Mira, es como si durante estos
dos últimos siglos, e incluso antes, este mundo nuestro hubiese sido barrido
por rachas de impaciencia, de esperanza y de desesperación, todo al mismo
tiempo. . . Pero no, la analogía no es buena. Piensa mejor en un río, caudaloso
e imponente, que recorre millas y millas entre firmes terraplenes, de modo que
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
159
se ve muy bien dónde está el río, dónde el terraplén y dónde la tierra firme. En
cierto momento, el río, por cansancio, porque ha corrido demasiado tiempo y
recorrido demasiada distancia, porque ya está cerca del mar, que anula en sí a
todos los ríos, ya no sabe qué es. Se convierte en su propio delta. Quizás
subsiste un brazo principal pero de él surgen muchos otros, en todas
direcciones, y algunos se comunican entre sí, y ya no se sabe dónde acaba
uno y dónde empieza otro, y a veces es imposible saber si algo sigue siendo
río o ya es mar. . .
-Si no interpreto mal vuestra alegoría el río es la ciudad de Dios, o el reino de
los justos, que se estaba acercando al milenio, y en medio de aquella
incertidumbre ya no pudo contenerse, y surgieron falsos y verdaderos profetas.
y todo desembocó en la gran llanura donde habrá de producirse el
Harmagedón. . .
-No era en eso en lo que estaba pensando. Pero también es verdad que los
franciscanos siempre tenemos presente la idea de una tercera edad y del
advenimiento del reino del Espíritu Santo. Pero no, lo que quería era que
comprendieses cómo el cuerpo de la iglesia, que durante siglos también ha
sido el cuerpo de la sociedad, el pueblo de Dios, se ha vuelto demasiado rico, y
caudaloso, y arrastra las escorias de todos los sitios por los que ha pasado, y
ha perdido su pureza. Los brazos del delta son, por decirlo así, otros tantos
intentos del río por llegar lo más rápidamente posible al mar, o sea al momento
de la purificación. Pero mi alegoría era imperfecta, sólo servía para explicarte
que, cuando el río ya no se contiene, los brazos de la herejía y de los
movimientos de renovación son numerosísimos y se confunden entre sí. Si lo
deseas, puedes añadir a mi pésima alegoría la imagen de alguien empeñado
en reconstruir los terraplenes del río, pero infructuosamente. De modo que
algunos brazos del delta quedan cubiertos de tierra, otros son desviados hacia
el río a través de canales artificiales, mientras que los restantes quedan en
libertad, porque es imposible conservar todo el caudal y conviene que el río
pierda una parte de sus aguas si quiere seguir discurriendo por su cauce, si
quiere que su cauce sea reconocible.
-Cada vez entiendo menos.
-Y yo igual. No soy muy bueno para las parábolas. Mejor olvida esta historia del
río e intenta comprender que muchos de los movimientos a que te has referido
nacieron hace
doscientos años o quizás más, y que ya han desaparecido, mientras que otros
son recientes. . .
-Sin embargo, cuando se habla de herejes se los menciona a todos juntos.
-Es cierto, pero esta es una de las formas en que se difunde la herejía, y al
mismo tiempo una de las formas en que se destruye.
-Otra vez no os entiendo.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
160
-¡Dios mío, qué difícil es! Bueno. Supón que eres un reformador de las
costumbres y que marchas con un grupo de compañeros a la cima de una
montaña, para vivir en la pobreza, y que después de cierto tiempo muchos
acuden a ti, incluso desde tierras lejanas, y te consideran un profeta, o un
nuevo apóstol, y te siguen. ¿Es verdad que vienen por ti, o por lo que tú dices?
-No sé, supongo que sí. Si no, ¿por qué vendrían?
-Porque han oído de boca de sus padres historias sobre otros reformadores, y
leyendas sobre comunidades más o menos perfectas, y piensan que se trata
de lo mismo.
-De modo que cada movimiento hereda los hijos de los otros.
-Sí, porque la mayoría de los que se suman a ellos son simples, personas que
carecen de sutileza doctrinal. Sin embargo, los movimientos de reforma de las
costumbres surgen en sitios diferentes, de maneras diferentes y con doctrinas
diferentes. Por ejemplo, a menudo se confunden los cátaros con los valdenses.
Sin embargo, hay mucha diferencia entre unos y otros. Los valdenses
predicaban a favor de una reforma de las costumbres dentro de la iglesia; los
cátaros predicaban a favor de un iglesia distinta, predicaban una visión distinta
de Dios y de la moral. Los cátaros pensaban que el mundo estaba dividido
entre las fuerzas opuestas del bien y del mal, y construyeron una iglesia donde
existía una distinción entre los perfectos y los simples creyentes, y tenían sus
propios sacramentos y sus propios ritos. Establecieron una jerarquía muy
rígida, casi tanto como la de nuestra santa madre iglesia, y en modo alguno
pensaban en destruir toda forma de poder. Eso explica por qué se adhirieron a
ese movimiento hombres con poder, hacendados y feudatarios. Tampoco
pensaban en reformar el mundo, porque según ellos la oposición entre el bien y
el mal nunca podrá superarse. Los valdenses, en cambio (y con ellos los
arnaldistas o los pobres de Lombardía), querían construir un mundo distinto,
basado en el ideal de la pobreza. Por eso acogían a los desheredados y vivían
en comunidad, manteniéndose con el trabajo de sus manos. Los cátaros
rechazaban los sacramentos de la iglesia; los valdenses no: sólo rechazaban la
confesión auricular.
-Pero entonces, ¿por qué se los confunde y se habla de ellos como si fuesen la
misma mala hierba?
-Ya te lo he dicho: lo que les da vida también les da muerte. Se desarrollan por
el aflujo de los simples, ya estimulados por otros movimientos, y persuadidos
de que se trata de una misma corriente de rebelión y de esperanza son
destruidos por los inquisidores, que atribuyen a unos los errores de los otros,
de modo que, si los seguidores de un movimiento han cometido determinado
crimen, ese crimen será atribuido a los seguidores de cualquier otro
movimiento. Los inquisidores yerran según la razón, porque confunden
doctrinas diferentes; y tienen razón porque los otros yerran, pues, cuando en
cierta ciudad surge un movimiento, digamos, de arnaldistas, hacia él convergen
también aquellos que hubiesen sido, o han sido, cátaros o valdenses en otras
partes. Los apóstoles de fray Dulcino predicaban la destrucción física de los
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
161
clérigos y señores, y cometieron muchos actos de violencia; los valdenses se
oponían a la violencia, al igual que los fraticelli. Pero estoy seguro de que en la
época de fray Dulcino convergieron en su grupo muchos que antes habían
secundado a los fraticelli o a los valdenses. Los simples, Adso, no pueden
escoger libremente su herejía: se aferran al que predica en su tierra, al que
pasa por la aldea o por la plaza. Es con eso con lo que juegan sus enemigos.
El hábil predicador sabe presentar a los ojos del pueblo una sola herejía, que
quizás propicie al mismo tiempo la negación del placer sexual y la comunión de
los cuerpos; de ese modo logra mostrar a los herejes como una sola maraña de
contradicciones diabólicas que ofenden al sentido común.
-¿O sea que no están relacionados entre sí y sólo por engaño del demonio un
simple que desearía ser joaquinista o espiritual acaba cayendo en manos de
los cátaros, o viceversa?
-No, no es eso. A ver, Adso, intentemos empezar de nuevo. Te aseguro que
estoy tratando de explicarte algo sobre lo que yo tampoco estoy muy seguro.
Pienso que el error consiste en creer que primero viene la herejía y después
los simples que la abrazan (y por ella acaban abrasados). En realidad, primero
viene la situación en que se encuentran los simples, y después la herejía.
-¿Cómo es eso?
-Ya conoces la constitución del pueblo de Dios. Un gran rebaño, ovejas
buenas y ovejas malas, vigiladas por unos mastines, que son los guerreros, o
sea el poder temporal, el emperador y los señores, y guiadas por los pastores,
los clérigos, los intérpretes de la palabra divina. La imagen es clara.
-Pero no es veraz. Los pastores luchan con los perros, porque unos quieren
tener los derechos de los otros.
-Así es, y precisamente por eso no se ve muy bien cómo es el rebaño.
Ocupados en destrozarse mutuamente, los perros y los pastores ya no se
cuidan del rebaño. Hay una parte que está afuera.
-¿Afuera?
-Sí, al margen. Campesinos que no son campesinos de Dios porque carecen
de tierra, o porque la que tienen no basta para alimentarlos. Ciudadanos que
no son ciudadanos porque no pertenecen a ningún gremio ni corporación:
plebe, gente a merced de cualquiera. ¿Alguna vez has visto un grupo de
leprosos en el campo?
-Sí, en cierta ocasión vi uno. Eran como cien, deformes, con la carne blancuzca
que se les caía a pedazos. Andaban con muletas; los ojos sangrantes, los
párpados hinchados. No hablaban ni gritaban: chillaban como ratas.
-Para el pueblo cristiano, son los otros los que están fuera del rebaño. El
rebaño los odia, y ellos odian al rebaño. Querían que todos estuviésemos
muertos, que todos fuésemos leprosos como ellos.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
162
-Sí, recuerdo una historia del rey Marco, que debía condenar a la bella Isolda, y
ya estaba por darla a las llamas cuando vinieron los leprosos y le dijeron que
había peor castigo que la hoguera. Y le gritaban: “¡Entréganos a Isolda,
déjanos poseerla, la enfermedad aviva nuestros deseos, entrégala a tus
leprosos! ¡Mira cómo se pegan lo s andrajos a nuestras llagas purulentas! ¡Ella,
que junto a ti se envolvía en ricas telas forradas de armiño y se adornaba con
exquisitas joyas, verá la corte de los leprosos, entonces sí que reconocerá su
pecado y echará de menos entrar en nuestros tugurios, se acostará con
nosotros, y este hermoso fuego de espino!”
-Veo que para ser un novicio de San Benito tienes lecturas bastante curiosas -
comentó burlándose Guillermo, y yo me ruboricé, porque sabía que un novicio
no debe leer novelas de amor, pero en el monasterio de Melk los más jóvenes
nos las pasábamos, y las leíamos de noche a la luz de la vela- No importa -
siguió diciendo Guillermo- veo que has comprendido lo que quería decirte. Los
leprosos, excluidos, querrían arrastrar a todos a su ruina. Y cuanto más se los
excluya más malos se volverán, y cuanto más se los represente como una
corte de lémures que desean la ruina de todos, más excluidos quedarán. San
Francisco lo vio claro; por eso lo primero que hizo fue irse a vivir con los
leprosos. Es imposible cambiar al pueblo sin reincorporar a los marginados.
-Pero estabais hablando de otros excluidos; los movimientos heréticos no están
compuestos de leprosos.
-El rebaño es como una serie de círculos concéntricos que van desde las zonas
más alejadas del rebaño hasta su periferia inmediata. Los leprosos significan la
exclusión en general. San Francisco lo vio claro. No quería sólo ayudar a los
leprosos, pues en tal caso su acción se hubiese limitado a un acto de caridad,
bastante pobre e impotente. Con su acción quería significar otra cosa. ¿Has
oído hablar de cuando predicó a los pájaros?
-¡Oh sí! Me han contado esa historia bellísima, y he sentido admiración por el
santo que gozaba de la compañía de esas tiernas criaturas de Dios -dije
henchido de fervor.
-Pues bien, no te han contado la verdadera historia, sino la que ahora está
reconstruyendo la orden. Cuando Francisco habló al pueblo de la ciudad y a
sus magistrados y vio que no lo entendían, se dirigió al cementerio y se puso a
predicar a los cuervos y a las urracas, a los gavilanes, a las aves de rapiña que
se alimentaban de cadáveres.
-¡Qué horrible! ¿Entonces no eran pájaros buenos?
-Eran aves de presa, pájaros excluidos, como los leprosos. Sin duda,
Francisco estaba pensando en aquel pasaje del Apocalipsis que dice: Vi un
ángel puesto de pie en el sol, que gritó con una gran voz, diciendo a todas las
aves que vuelan por lo alto del cielo: “¡Venid, congregaos al gran festín de
Dios, para comer las carnes de los reyes, las carnes de los tribunos, las carnes
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
163
de los valientes, las carnes de los caballos y de los que cabalgan en ellos, las
carnes de todos los libres y de los esclavos, de los pequeños y de los grandes!”
-¿De modo que Francisco quería soliviantar a los excluidos?
-No; eso fue lo que hicieron Dulcino y los suyos. Francisco quería que los
excluidos, dispuestos a la rebelión, se reincorporasen al pueblo de Dios. Para
reconstruir el rebaño había que recuperar a los excluidos. Francisco no pudo
hacerlo, y te lo digo con mucha amargura. Para reincorporar a los excluidos
tenía que actuar dentro de la iglesia, para actuar dentro de la iglesia tenía que
obtener el reconocimiento de su regla, que entonces engendraría una orden, y
una orden, como la que, de hecho, engendró, reconstruiría la figura del círculo,
fuera del cual se encuentran los excluidos. Y ahora comprenderás por qué
existen las bandas de los fraticelli y de los joaquinistas, a cuyo alrededor
vuelven a reunirse los excluidos.
-Pero no estábamos hablando de Francisco, sino de la herejía como producto
de los simples y de los excluidos.
-Así es. Hablábamos de los excluidos del rebaño de las ovejas. Durante
siglos, mientras el papa y el emperador se destrozaban entre sí por cuestiones
de poder, aquellos siguieron viviendo al margen, los verdaderos leprosos, de
quienes los leprosos sólo son la figura dispuesta por Dios para que pudiésemos
comprender esta admirable parábola y al decir “leprosos” entendiéramos
excluidos, pobres, simples, desheredados, desarraigados del campo,
humillados en las ciudades. Pero no hemos entendido, el misterio de la lepra
sigue obsesionándonos porque no supimos reconocer que se trataba de un
signo. Al encontrarse excluidos del rebaño, todos estaban dispuestos a
escuchar, o a producir, cualquier tipo de prédica que, invocando la palabra de
Cristo, de hecho denunciara la conducta de los perros y de los pastores y
prometiese que algún día serían castigados. Los poderosos siempre lo
supieron. La reincorporación de los excluidos entrañaba una reducción de sus
privilegios. Por eso a los excluidos que tomaban conciencia de su exclusión los
señalaban como herejes, cualesquiera que fuesen sus doctrinas. En cuanto a
éstos, hasta tal punto los cegaba el hecho de su exclusión que realmente no
tenían el menor interés por doctrina alguna. En esto consiste la ilusión de la
herejía. Cualquiera es hereje, cualquiera es ortodoxo. No importa la fe que
ofrece determinado movimiento, sino la esperanza que propone. Las herejías
son siempre expresión del hecho concreto de que existen excluidos. Si rascas
un poco la superficie de la herejía, siempre aparecerá el leproso. Y lo único
que se busca al luchar contra la herejía es asegurarse de que el leproso siga
siendo tal. En cuanto a los leprosos, ¿qué quieres pedirles? ¿Qué sean
capaces de distinguir lo correcto y lo incorrecto que pueda haber en el dogma
de la Trinidad o en la definición de la Eucaristía? ¡Vamos, Adso! Estos son
juegos para nosotros, que somos hombres de doctrina. Los simples tienen
otros problemas. Y fíjate en que nunca consiguen resolverlos. Por eso se
convierten en herejes.
-Pero ¿por qué algunos los apoyan?
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
164
-Porque les conviene para sus asuntos, que raramente se relacionan con la fe y
las más de las veces se reducen a la conquista del poder.
-¿Por eso la iglesia de Roma acusa de herejes a todos sus enemigos?
-Por eso. Y por eso también considera ortodoxa toda herejía que puede
someter a su control, o que debe aceptar porque se ha vuelto demasiado
poderosa y sería inoportuno tenerla en contra. Pero no hay una regla estricta,
depende de los hombres y de las circunstancias. Y lo mismo vale en el caso de
los señores laicos. Hace cincuenta años la comuna de Padua emitió una
ordenanza que imponía una multa de un denario fuerte a quien matase a un
clérigo.
-¡Eso es nada!
-Justamente. Era una manera de atizar el odio del pueblo contra los clérigos; la
ciudad estaba enfrentada con el obispo. Entonces comprenderás por qué hace
tiempo, en Cremona, los partidarios del imperio ayudaron a los cátaros, no por
razones de fe, sino para perjudicar a la iglesia de Roma. A veces las
magistraturas de las ciudades apoyan a los herejes porque éstos traducen el
evangelio a la lengua vulgar: la lengua vulgar es la lengua de las ciudades; el
latín, la lengua de Roma y de los monasterios. O bien apoyan a los valdenses
porque éstos afirman que todos, hombres y mujeres, grandes y pequeños,
pueden enseñar y predicar, y el obrero, que es discípulo, diez años después
busca otro de quien convertirse en maestro. . .
-De ese modo eliminan la diferencia que hacía irreemplazables a los clérigos!
Pero entonces, ¿por qué después las mismas magistraturas ciudadanas se
vuelven contra los herejes y dan mano fuerte a la iglesia para que los envíe a la
hoguera?
-Porque comprenden que si esos herejes continúan creciendo acabarán
cuestionando también los privilegios de los laicos que hablan la lengua vulgar.
En el concilio de Letrán, el año 1179 (ya ves que estas historias datan de hace
casi dos siglos), Walter Map advertía sobre los riesgos que entrañaba dar
crédito a las doctrinas de hombres idiotas e iletrados corno los valdenses. Si
mal no recuerdo, alegaba que no tienen domicilio fijo, que van descalzos que
no tienen propiedad personal alguna, puesto que todo lo poseen en común, y
desnudos siguen a Cristo desnudo; y que empiezan de esta manera tan
humilde porque son personas excluidas, pero si se les deja demasiado espacio
acabarán echándolos a todos. Por eso más tarde las ciudades apoyaron a las
órdenes mendicantes y en particular a nosotros, los franciscanos: porque
permitían establecer una relación armoniosa entre la necesidad de penitencia y
la vida ciudadana, entre la iglesia y los burgueses interesados en sus negocios.
-Entonces, ¿se logró armonizar el amor de Dios con el amor de los negocios?
-No. Se detuvieron los movimientos de renovación espiritual, se los encauzó
dentro de los límites de una orden reconocida por el Papa. Sin embargo, no
pudo encauzarse la tendencia que subyacía a esas manifestaciones. Y en
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
165
parte emergió en los movimientos de flagelantes, que no hacen daño a nadie,
en bandas armadas como las de fray Dulcino, en ritos de hechicería como los
de los frailes de Montefalco que mencionaba Ubertino. . .
-Pero ¿quién tenía razón? ¿Quién tiene razón? ¿Quién se equivocó? -
pregunté desorientado.
-Todos tenían sus razones, todos se equivocaron.
-Pero vos -dije casi a gritos, en un ímpetu de rebelión-, ¿por qué no tomáis
partido? ¿Por qué no me decís quién tiene razón?
Guillermo se quedó un momento callado, mientras levantaba hacia la luz la
lente que estaba tallando. Después la bajó hacia la mesa y me mostró, a
través de dicha lente, un instrumento que había en ella:
-Mira -me dijo-. ¿Qué ves?
-Veo el instrumento, un poco más grande.
-Pues bien, eso es lo máximo que se puede hacer: mirar mejor.
-Pero el instrumento es siempre el mismo.
-También el manuscrito de Venancio seguirá siendo el mismo una vez que
haya podido leerlo gracias a esta lente. Pero quizás cuando lo haya leído
conozca yo mejor una parte de la verdad. Y quizá entonces podamos mejorar
en parte la vida en el monasterio.
-¡Pero eso no basta!
-No creas que es poco lo que te digo, Adso. Ya te he hablado de Roger Bacon.
Quizá no haya sido el hombre más sabio de todos los tiempos, pero siempre
me ha fascinado la esperanza que animaba su amor por el saber. Bacon creía
en la fuerza, en las necesidades, en las invenciones espirituales de los simples.
No habría sido un buen franciscano si no hubiese pensado que a menudo
Nuestro Señor habla por boca de los pobres, de los desheredados, de los
idiotas, de los analfabetos. Si hubiera podido conocerlos de cerca se habría
interesado más por los fraticelli que por los provinciales de la orden. Los
simples tienen algo más que los doctores, que suelen perderse en la búsqueda
de leyes muy generales: tienen la intuición de lo individual. Pero esa intuición
por sí sola no basta. Los simples descubren su verdad, quizás más cierta que
la de los doctores de la iglesia, pero después la disipan en actos impulsivos.
¿Qué hacer? ¿Darles la ciencia? Sería demasiado fácil, o demasiado difícil.
Además, ¿qué ciencia? ¿La de la biblioteca de Abbone? Los maestros
franciscanos han meditado sobre este problema. El gran Buenaventura decía
que la tarea de los sabios es expresar con claridad conceptual la verdad
implícita en los actos de los simples. . .
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
166
-Como el capítulo de Perusa y las doctas disertaciones de Ubertino, que
transforman en tesis teológicas la exigencia de pobreza de los simples -dije.
-Sí, pero ya has visto: eso siempre llega demasiado tarde, si es que llega, y
para entonces la verdad de los simples se ha transformado en la verdad de los
poderosos, más útil para el emperador Ludovico que para un fraile de la vida
pobre. ¿Cómo mantenerse cerca de la experiencia de los simples conservando
lo que podríamos llamar su virtud operativa, la capacidad de obrar para la
transformación v el mejoramiento de su mundo? Ese fue el problema que se
planteó Bacon: “Quod enim laicali ruditate turgescit non habet effectum nisi
fortuito” decía. La experiencia de los simples se traduce en actos salvajes e
incontrolables. “Sed opera sapientiae certa lege vallantur et in finem debitum
efficaciter diriguntur”. Lo que equivale a decir que también para las cosas
prácticas, ya se trate: de mecánica, de agricultura o del gobierno de una ciudad
se requiere un tipo de teología. Consideraba que la nueva ciencia de la
naturaleza debía ser la nueva gran empresa de los sabios, quienes, a través de
un nuevo tipo de conocimiento de los procesos naturales, tratarían de coordinar
aquellas necesidades básicas, aquel acervo desordenado, pero a su manera
justo y, verdadero, de las esperanzas de los simples. La nueva ciencia, la
nueva magia natural. Sólo que, según él, esa empresa debía ser dirigida por la
iglesia. Pero creo que esto se explica porque en su época la comunidad de los
clérigos coincidía con la comunidad de los sabios. Hoy ya no es así; surgen
sabios fuera de los monasterios, fuera de las catedrales e incluso fuera de las
universidades. Mira, por ejemplo, en este país: el mayor filósofo de nuestro
siglo no ha sido un monje, sino un boticario. Hablo de aquel florentino cuyo
poema habrás oído nombrar, si bien yo no lo he leído, porque no comprendo la
lengua vulgar en que está escrito, y por lo que sé de él creo que no me
gustaría demasiado, pues es una disquisición sobre cosas muy alejadas de
nuestra experiencia. Sin embargo, creo que también contiene las ideas más
claras que hemos podido alcanzar acerca de la naturaleza de los elementos y
del cosmos en general, así como acerca del gobierno de los estados. Por tanto
considero que, así como también yo y mis amigos pensamos que en lo relativo
a las cosas humanas ya no corresponde a la iglesia legislar, sino a la asamblea
del pueblo, del mismo modo, en el futuro, será la comunidad de los sabios la
que deberá proponer esa teología novísima y humana que es filosofía natural y
magia positiva.
-Noble empresa. Pero, ¿es factible?
-Bacon creía que sí.
- ¿Y vos?
-También yo lo creía. Pero para eso habría que estar seguro de que los simples
tienen razón porque cuentan con la intuición de lo individual, que es la única
buena. Sin embargo, si la intuición de lo individual es la única buena, ¿cómo
podrá la ciencia reconstruir las leyes universales por cuyo intermedio, e
interpretación, la magia buena se vuelve operativa?
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
167
-Eso, ¿cómo podrá?
-Ya no lo sé. Lo he discutido mucho en Oxford con mi amigo Guillermo de
Occam, que ahora está en Aviñón. Sembró mi ánimo de dudas. Porque, si sólo
es correcta la intuición de lo individual, entonces ser bastante difícil demostrar
que el mismo tipo de causas tienen el mismo tipo de efectos. Un mismo cuerpo
puede ser frío o caliente, dulce o amargo, húmedo o seco, en un sitio, y no
serlo en otro. ¿Cómo puedo descubrir el vínculo universal que asegura el orden
de las cosas, si no puedo mover un dedo sin crear una infinidad de nuevos
entes, porque con ese movimiento se modifican todas las relaciones de
posición entre mi dedo y el resto de los objetos? Las relaciones son los modos
por los que mi mente percibe los vínculos entre los entes singulares, pero ¿qué
garantiza la universalidad y la estabilidad de esos modos?
-Sin embargo, sabéis que a determinado espesor de un vidrio corresponde
determinada posibilidad de visión, y porque lo sabéis estáis ahora en
condiciones de construir unas lentes iguales a las que habéis perdido. Si no, no
podríais.
-Aguda respuesta, Adso. En efecto, he formulado la proposición de que a
igualdad de espesor debe corresponder igualdad de poder visual. Y lo he
hecho porque en otras ocasiones he tenido intuiciones individuales del mismo
tipo. Sin duda, el que experimenta con las propiedades curativas de las hierbas
sabe que todos los individuos herbáceos de igual naturaleza tienen efectos de
igual naturaleza en los pacientes que presentan iguales disposiciones. Por eso
el experimentador formula la proposición de que toda hierba de determinado
tipo es buena para el que sufre de calentura, o de que toda lente de
determinado tipo aumenta en igua l medida la visión del ojo. Es indudable que la
ciencia a la que se refería Bacon versa sobre estas proposiciones. Fíjate que
no hablo de cosas, sino de proposiciones sobre las cosas. La ciencia se ocupa
de las proposiciones y de sus términos, y los términos indican cosas iguales.
¿Comprendes, Adso? Tengo que creer que mi proposición funciona porque así
me lo ha mostrado la experiencia, pero para creerlo tendría que suponer la
existencia de unas leyes universales de las que, sin embargo, no puedo hablar,
porque va la idea de la existencia de leyes universales, y de un orden dado de
las cosas, entrañaría el sometimiento de Dios a las mismas, pero Dios es algo
tan absolutamente libre que, si lo quisiese, con un sólo acto de su voluntad
podría hacer que el mundo fuese distinto.
-O sea que, si no entiendo mal, hacéis y sabéis por qué hacéis, pero no sabéis
por qué sabéis que sabéis lo que hacéis.
Debo decir con orgullo que Guillermo me lanzó una mirada de admiración:
-Puede que así sea -dijo-. De todos modos ya ves por qué me siento tan poco
seguro de mi verdad, aunque crea en ella.
-¡Sois más místico que Ubertino! -dije con cierta malicia.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
168
-Quizá . Pero, como ves, trabajo con las cosas de la naturaleza. Tampoco en la
investigación que estamos haciendo me interesa saber quién es bueno y quién
es malo. Sólo quiero averiguar quién estuvo ayer por la noche en el scriptorium,
quién cogió mis anteojos, quién dejó en la nieve huellas de un cuerpo que
arrastra a otro cuerpo, y donde
está Berengario. Una vez conozca esos hechos, intentar‚ relacionarlos entre sí,
suponiendo que sea posible, porque es difícil decir a qué causa corresponde
cada efecto. Bastaría la intervención de un ángel para que todo cambiase, por
eso no hay que asombrarse si resulta imposible demostrar que determinada
cosa es la causa de determinada otra. Aunque siempre haya que intentarlo,
como estoy haciendo en este caso.
-¡Qué vida difícil, la vuestra!
-Con todo, encontré a Brunello -exclamó Guillermo, refiriéndose al caballo de
hacía dos días.
-¡O sea que hay un orden en el mundo! –comenté jubiloso.
-O sea que hay un poco de orden en mi pobre cabeza -respondió Guillermo.
En aquel momento regresó Nicola esgrimiendo con aire triunfal una horquilla
casi acabada.
-Y cuando esta horquilla está sobre mi pobre nariz -dijo Guillermo-, quizá mi
pobre cabeza esté algo más ordenada.
Llegó un novicio diciendo que el Abad quería ver a Guillermo y que lo esperaba
en el jardín. Mi maestro se vio obligado a postergar sus experimentos para más
tarde. Salimos a toda prisa hacia el lugar del encuentro. Por el camino,
Guillermo se dio una palmada en la frente, como si de pronto hubiese
recordado algo.
-Por cierto -dijo-, he descifrado los signos cabalísticos de Venancio.
-¿Todos? ¿Cuándo?
-Mientras dormías. Y depende de lo que entiendas por todos. He descifrado los
signos que aparecieron cuando acerqué la llama al pergamino, los que tú
copiaste. Los apuntes en griego deberán esperar a que yo tenga unas nuevas
lentes.
-¿Entonces? ¿Se trataba del secreto del finis Africae?
-Sí, y la clave era bastante fácil. Venancio disponía de los doce signos
zodiacales y de ocho signos más, que designaban los cinco planetas, los dos
luminares y la Tierra. En total veinte signos. Suficientes para asociarlos con las
letras del alfabeto latino, puesto que puede usarse la misma letra para expresar
el sonido de las iniciales de unum y velut. Sabemos cuál es el orden de las
letras. ¿Cuál podía ser el orden de los signos? He pensado en el orden de los
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
169
cielos. Si se coloca el cuadrante zodiacal en la periferia exterior, el orden es
Tierra, Luna, Mercurio, Venus, Sol, etcétera, y luego la sucesión de los signos
zodiacales según la secuencia tradicional, como la menciona, entre otros,
Isidoro de Sevilla, empezando por Aries y el solsticio de primavera, y
terminando por Piscis. Pues bien, al aplicar esta clave se descubre que el
mensaje de Venancio tiene un sentido.
Me mostró el pergamino, donde había transcrito el mensaje en grandes
caracteres latinos: Secretum finis Africae manus supra idolum age primum et
septimum de quatuor.
-¿Está claro? -preguntó.
-La mano sobre el ídolo opera sobre el primero y el séptimo de los cuatro. . . -
repetí moviendo la cabeza -. ¡No está nada claro!
-Ya lo sé. Ante todo habría que saber qué entendía Venancio por idolum. ¿Una
imagen, un fantasma, una figura? Y luego, ¿qué serán esos cuatro que tienen
un primero y un séptimo? ¿Y qué hay que hacer con ellos? ¿Moverlos,
empujarlos, tirar de ellos?
-Entonces no sabemos nada y estamos igual que antes -dije, muy contrariado.
Guillermo se detuvo y me miró con expresión no del todo benévola.
--Querido muchacho -dijo-, éste que aquí ves es un pobre franciscano, que con
sus modestos conocimientos y el poco de habilidad que debe a la infinita
potencia del Señor
ha logrado descifrar en pocas horas una escritura secreta cuyo autor estaba
convencido de ser el único capaz de descifrar. . . ¿Y tú, miserable bribón, eres
tan ignorante como para atreverte a decir que estamos igual que al principio?
Traté de disculparme como pude. Había herido la vanidad de mi maestro. Sin
embargo, él sabía lo orgulloso que yo estaba de la rapidez y consistencia de
sus deducciones. Era cierto que su trabajo había sido admirable; él no tenía la
culpa de que el astutísimo Venancio no sólo hubiese ocultado su
descubrimiento tras el velo de un oscuro alfabeto zodiacal, sino que también
hubiera formulado un enigma indescifrable.
-No importa, no importa, no me pidas disculpas –dijo Guillermo
interrumpiéndome-. En el fondo tienes razón: aún sabemos muy poco. Vamos.
Tercer día
VISPERAS
Donde se habla de nuevo con el Abad, Guillermo tiene algunas ideas
sorprendentes para descifrar el enigma del laberinto, y consigue hacerlo del
modo más razonable.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
170
Después, él y Adso comen pastelillo de queso.
El Abad nos esperaba con rostro sombrío y preocupado. Tenía un pergamino
en la mano.
-Acabo de recibir una carta del abad de Conques -dijo-. Me comunica el
nombre de la persona a quien Juan ha confiado el mando de los soldados
franceses, y el cuidado de la indemnidad de la legación. No es un hombre de
armas ni un hombre de corte, y también formará parte de la legación.
-Extraño connubio de diferentes virtudes -dijo inquieto Guillermo-. ¿Quién será?
-Bernardo Gui, o Bernardo Guidoni, como queráis llamarlo.
Guillermo profirió una exclamación en su lengua, que ni yo ni el Abad
entendimos, y quizá fue mejor para todos, porque la palabra que dijo tenía
resonancias obscenas.
-El asunto no me gusta -añadió en seguida-. Bernardo ha sido durante años el
martillo de los herejes en la región de Toulouse y ha escrito una Practica officii
inquisitionis heretice pravitatis para uso de quienes deban perseguir y destruir a
los valdenses, begardos, terciarios, fraticelli y dulcinianos.
-Lo sé. Conozco el libro. Inspirado en excelentes principios.
-Excelentes -admitió Guillermo-. Bernardo es devoto servidor de Juan, quien en
el pasado le ha confiado muchas misiones, en Flandes y aquí, en la Alta Italia.
Ni siquiera cuando fue nombrado obispo en Galicia, abandonó la actividad
inquisitorial, pues nunca llegó a trasladarse a la sede de su diócesis. Yo creía
que ahora estaba retirado en Lodeve, también con el cargo de obispo, pero,
según parece, Juan vuelve a usar de sus servicios, y precisarnente aquí, en el
norte de Italia. ¿Por qu´r precisamente Bernardo? ¿Por qué al mando de gente
armada. . .?
-Hay una respuesta -dijo el Abad-, y confirma todos los temores que ayer os
expresaba. Bien sabéis, aunque no queráis reconocerlo, que, salvo por la
abundancia de argumentos teológicos, las tesis del capítulo de Perusa sobre la
pobreza de Cristo y de la iglesia son las mismas que, en forma bastante más
temeraria, y con un comportamiento menos ortodoxo, sostienen muchos
movimientos heréticos. No se requiere un esfuerzo demasiado grande para
demostrar que las tesis de Michele da Cesena, adoptadas por el emperador,
son las mismas de Ubertino y de Angelo Clareno. Hasta aquí ambas legaciones
estarán de acuerdo. Pero Gui podría ir más lejos, y es lo bastante hábil como
para hacerlo: intentar demostrar que las tesis de Perusa son las mismas de los
fraticelli o de los seudoapóstoles. ¿Estáis de acuerdo?
-¿Decís que es así o que Bernardo Gui dirá que es así?
-Digamos que digo que él lo dirá -concedió prudentemente el Abad.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
171
-También yo creo que lo dirá. Pero eso estaba previsto. Quiero decir que
sabíamos que sucedería, aunque Juan no hubiese enviado a Bernardo. A lo
sumo Bernardo lo hará mejor que muchos curiales incapaces, y la discusión
con él requerirá rnucha mayor sutileza.
-Sí, pero aquí es donde surge el problema que ayer os mencionaba. Si entre
hoy y mañana no encontramos al culpable de dos, o quizás de tres, crímenes,
tendré que otorgar a Bernardo la facultad de vi gilar lo que sucede en la abadía.
A un hombre investido de tales poderes (y recordemos que con nuestro
consenso) no podré ocultarle que en la abadía se han producido, y todavía se
siguen produciendo, hechos inexplicables. Si no lo hiciera, cuando lo
descubriese, si, Dios no lo quiera, llegase a producirse un nuevo hecho
misterioso, tendría todo el derecho de clamar que ha sido traicionado. . .
-Tenéis razón -musitó Guillermo preocupado-. No hay nada que hacer. Habrá
que estar atentos, y vigilar a Bernardo, quien estará vigilando al misterioso
asesino. Quizá sea para bien, pues, al concentrarse en la búsqueda del
asesino, Bernardo deberá descuidar un poco la discusión.
-No olvidéis que al consagrarse a la búsqueda del asesino, Bernardo será
como una espina clavada en el flanco de mi autoridad. Este turbio asunto me
obligara por primera vez a ceder parte del poder que ejerzo en este recinto. EI
hecho es nuevo, no sólo en la historia de la abadía, sino también en la de la
propia orden cluniacense. Haría cualquier cosa por evitarlo. Y lo primero que
podría hacer sería negar hospitalidad a la legación.
-Ruego encarecidamente a vuestra excelencia que reflexione sobre tan grave
decisión -dijo Guillermo-. Obra en vuestro poder una carta del emperador
donde éste os invita calurosamente a. . .
-No ignoro los vínculos que me ligan al emperador -dijo con brusquedad
Abbone-. Y tambiém vos los conocéis. Por tanto sabéis que lamentablemente
no puedo desdecirme. Pero aquí están sucediendo cosas muy feas. ¿Dónde
está Berengario? ¿Qué le ha pasado? ¿Qué estáis haciendo?
-No soy más que un fraile que durante muchos años desempeñó con eficacia el
oficio de inquisidor. Sabéis que en dos días es imposible descubrir la verdad.
Además, ¿qué poderes me habéis otorgado? ¿Acaso puedo entrar en la
biblioteca? ¿Acaso puedo formular todas las preguntas que quiera,
apoyándome siempre en vuestra autoridad?
-No veo que relación existe entre los crímenes y la biblioteca -dijo irritado el
Abad.
-Adelmo era miniaturista; Venancio, traductor; Berengario, ayudante del
bibliotecario. . -explicó Guillermo con paciencia.
-Desde ese punto de vista, los sesenta monjes tienen que ver con la biblioteca,
así como tienen que ver con la iglesia. Entonces, ¿por qué no buscáis en la
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
172
iglesia? Fray Guillermo, estáis realizando una investáigación por mandato mío,
y dentro de los límites en que os he rogado que la realicéis. En todo lo demás,
dentro de este recinto, yo soy el único amo después de Dios, y gracias a él. Y
lo mismo valdrá para Bernardo. Por otra parte -añadió con tono más calmado-,
ni siquiera es seguro que venga para participar en el encuentro. El abad de
Conques me escribe diciéndome que viene a Italia para ir hacia el sur. Dice
incluso que el papa ha rogado al cardenal Bertrando del Poggetto que suba
desde Bolonia para ponerse a la cabeza de la legación pontificia. Quizá
Bernardo venga para encontrarse con el cardenal.
-Lo cual, desde una perspectiva más amplia, sería peor. Bertrando es el
martillo de los herejes en la Italia central. Este encuentro de dos campeones de
la lucha contra los herejes puede anunciar una ofensiva más vasta en el país,
que acabaría involucrando a todo el movimiento franciscano. . .
-Hecho de que sin tardanza informaríamos al emperador -dijo el Abad-. pero
entonces el peligro no sería inmediato. Estaremos atentos. Adiós.
Guillermo permaneció en silencio mientras el Abad se alejaba. Después dijo:
-Sobre todo, Adso, traternos de no caer en apresuramientos. Es imposible
resolver aprisa los problemas cuando para ello se necesita acumular tantas
experiencias individuales. Ahora regresaré al taller, porque sin las lentes no
sólo seré incapaz de leer el manuscrito, sino que tampoco valdrá la pena que
volvamos esta noche a la biblioteca.
Tú ve a averiguar si se sabe algo de Berengario.
En aquel momento llegó corriendo Nicola da Morimondo, trayendo pésimas
noticias. Mientras intentaba biselar mejor la lente más adecuada, aquella en la
que Guillermo había puesto sus mayores esperanzas, ésta se había quebrado.
Y otra, que quizá hubiese podido reemplazarla, se había rajado cuando
intentaba engastarla en la horquilla. Con ademán desconsolado, Nicola nos
señaló el cielo. Era hora de vísperas y estaba cayendo la oscuridad. Aquel día
ya no era posible seguir trabajando. Otro día perdido, admitió Guillerrno con
amargura, conteniéndose (según me confesó más tarde) para no coger del
cuello al inhábil vidriero, quien, por lo demás, ya se sentía bastante humillado.
Con su humillación lo dejamos y fuimos a averiguar que se sabía de
Berengario. Por supuesto, no lo habían encontrado.
Teníamos la sensación de hallarnos en un punto muerto. Como no sabíamos
qué hacer, dimos una vuelta por el claustro. Pero no tardé en advertir que
Guillermo estaba absorto, con la mirada perdida, como si no viese nada. Un
momento antes había extraído del sayo un ramito de aquellas hierbas que le
había visto recoger hacía varias semanas. Ahora lo estaba masticando, y
parecía producirle una especie de serena excitación. En efecto, estaba como
ausente, pero cada tanto se le iluminaban los ojos, como si una idea nueva se
hubiese encendido en el vacío de su mente; después volvía a hundirse en
aquel embotamiento tan extraño, tan activo. De pronto dijo:
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
173
-Sí, podría ser. . .
-¿Qué? -pregunté.
-Estaba pensando en una manera de orientarnos en el laberinto. No es
demasiado sencilla, pero sería eficaz. . . En el fondo, la salida está en el
torreón oriental; eso lo sabemos. Ahora supón que tuviésemos una máquina
que nos dijera dónde está el norte. ¿Qué sucedería en tal caso?
-Desde luego, con sólo doblar hacia nuestra derecha miraríamos hacia oriente.
O con sólo caminar en la dirección opuesta sabríamos que estábamos
dirigiéndonos hacia el torreón meridional. Pero, admitiendo incluso la existencia
de semejante magia, el laberinto sigue siendo precisamente un laberinto, de
modo que tan pronto como nos dirigiésemos hacia oriente nos encontraríamos
con una pared que nos impediria continuar en esa dirección, y volveríamos a
extraviarnos. . .
-Sí, pero la máquina a la que me refiero señalaría siempre hacia el norte,
aunque cambiásemos de dirección, y en cada sitio sería capaz de decirnos
hacia dónde deberíamos doblar.
-Sería maravilloso. Pero habría que tener esa máquina, y ésta debería ser
capaz de reconocer el norte de noche y en un lugar cerrado, desde donde no
se pudiera ver el sol ni las estrellas. . . ¡Creo que ni siquiera vuestro Bacon
poseía semejante máquina! -dije riendo.
-Y te equivocas -repuso Guillermo-, porque se ha logrado fabricar una máquina
como esa, y algunos navegantes la han utilizado. No necesita del sol ni de las
estrellas, porque aprovecha la fuerza de una piedra prodigiosa, similar a la que
vimos en el hospital de Severino, aquella que atrae el hierro. Además de
Bacon, la estáudió un mago picardo, Pierre de Maricourt, quien describe sus
múltiples usos.
-¿Y vos podríais construirla?
-No es muy difícil. Esa piedra puede usarse para obtener muchas cosas
prodigiosas. Por ejemplo, una máquina capaz de moverse perpetuamente sin
intervención de fuerza exterior alguna. Pero ha sido también un sabio árabe,
Baylek al Qabayaki, quien ha descrito la manera más sencilla de utilizarla.
Coges un vaso lleno de agua y pones a flotar un corcho en el que has clavado
una aguja de hierro. Luego pasas la piedra magnética sobre la superficie del
agua, moviéndola en círculo, hasta que la aguja adquiera las mismas
propiedades que tiene la piedra. Entonces la aguja -pero otro tanto habría
hecho la piedra si hubiese podido moverse alrededor de un perno- se coloca
con la punta hacia el norte. Y si te mueves con el vaso, la aguja siernpre se
desplaza para señalar hacia septentrión. Es inútil decirte que si, tomando como
referencia septentrión, también marcas en el borde del vaso la posición del
mediodía, la del aquilón, etc., siempre sabrás hacia dónde debes dirigirte en la
biblioteca para llegar al torreón oriental.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
174
-¡Qué maravilla! Pero ¿por qué la agvja siempre apunta hacia septentrión? La
piedra atrae el hierro, lo he visto. Y supongo que una inmensa cantidad de
hierro atraerá a la piedra. Pero entonces. . . ¡Entonces en dirección a la estrella
polar, en los confines del globo, existen grandes minas de hierro!
-En efecto, alguien ha mencionado esa posibilidad. Pero la aguja no apunta
exactamente hacia la estrella náutica, sino hacia el punto donde convergen los
meridianos celestes. Signo de que, como se ha dicho, «hic lapis gerit in se
similitudinem coeli», y la inclinación de los polos del imán depende de los polos
del cielo, no de los de la tierra. Este es un buen ejemplo de movimiento
impreso a distancia, no por directa causalidad material: problema del que se
ocupa mi amigo Jean de Jandun cuando el emperador no le pide que descubra
la manera de sepultar Aviñón en las entrañas de la tierra...
-Entonces vayamos a coger la piedra de Severino, un vaso, agua, un corcho... -
dije excitado.
-No corras tanto. Ignoro a qué pueda deberse, pero nunca he visto una
máquina que, perfecta en la descripción de los filósofos, resulte igual de
perfecta en su funcionamiento mecánico. En cambio, la hoz del campesino, que
jamás ha descrito filósofo alguno, funciona como corresponde... Tengo miedo
de que si nos paseamos por el laberinto con una lámpara en una mano y un
vaso lleno de agua en la otra... Espera, se me ocurre otra idea. La máquina
señalaría también hacia el norte si estuviésemos fuera del laberinto, ¿verdad?
-Sí, pero entonces no la necesitaríamos, porque tendríamos el sol y las
estrellas.
-Lo sé, lo sé. Pero si la máquina funciona tanto fuera como dentro, ¿por qué no
sucedería otro tanto con nuestra cabeza?
-¿Nuestra cabeza? Claro que también funciona fuera. ¡Desde fuera sabemos
perfectamente cuál es la orientación del Edificio! ¡Pero cuando estamos dentro
es cuando ya no entendemos nada!
-Eso mismo. Pero, olvida ahora la máquina. Pensando en la máquina he
acabado pensando en las leyes naturales y en las leyes de nuestro
pensamiento. Lo que importa es lo siguiente: debemos encontrar desde fuera
un modo de describir el Edificio tal como es por dentro...
-¿Cómo?
-Déjame pensar. No debe de ser tan difícil...
-¿Y el método que mencionabais ayer? ¿No os proponíais recorrer el laberinto
haciendo signos con un trozo de carbón?
-No, cuanto más lo pienso, menos me convence. Quizá no logro recordar bien
la regla, o quizá para orientarse en un laberinto haya que tener una buena
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
175
Ariadna, que espere en la puerta con la punta del ovillo. Pero no hay hilos lo
bastante largos. Y aunque los hubiese, eso significaría (a menudo las fábulas
dicen la verdad) que sólo con una ayuda externa puede salirse de un laberinto.
En el caso de que las leyes de fuera sean iguales a las de dentro. Pues bien,
Adso, usaremos las ciencias matemáticas. Sólo en las ciencias matemáticas,
como dice Averroes, existe identidad entre las cosas que nosotros conocemos
y las cosas que se conocen en modo absoluto.
-Entonces reconoced que admitís la existencia de conocimientos universales.
-Los conocimientos matemáticos son proposiciones que construye nuestro
intelecto para que siempre funcionen como verdaderas, porque son innatas o
bien porque las matemáticas se inventaron antes que las otras ciencias. Y la
biblioteca fue construida por una mente humana que pensaba de modo
matemático, porque sin matemáticas es imposible construir laberintos. Por
tanto, se trata de confrontar nuestras proposiciones matemáticas con las
proposiciones del constructor, y puede haber ciencia de tal comparación,
porque es ciencia de términos sobre términos. En todo caso, deja de
arrastrarme a discusiones metafísicas. ¿Qué bicho te ha picado hoy? Mejor
aprovecha tu buena vista, coge un pergamino, una tablilla, algo donde marcar
signos, y un estilo... Muy bien, ya los tienes. ¡Qué hábil eres, Adso! Demos una
vuelta alrededor del Edificio, antes de que acabe de oscurecer.
De modo que dimos aquella vuelta alrededor del Edificio. Es decir, examinamos
de lejos los torreones oriental, meridional y occidental, así como los muros
entre unos y otros. La parte restante daba al precipicio, pero por razones de
simetría no debía de ser diferente del sector que podíamos observar.
Y lo que observamos, comentó Guillermo mientras me hacía tomar unos
apuntes muy detallados en mi tablilla, fue que en cada muro había dos
ventanas, y en cada torreón cinco.
-Ahora razona --dijo mi maestro---. En cada una de las habitaciones que
visitamos había una ventana...
-Salvo en las de siete lados.
-Es natural, porque son las que están en el centro de cada torre.
-Y salvo otras que no eran heptagonales y tampoco tenían ventanas.
--Olvídalas. Primero encontraremos la regla. Después trataremos de justificar
las excepciones. Por tanto, en la parte exterior tendremos cinco habitaciones
por torre y dos habitaciones por muro, cada una de ellas con una ventana. Pero
si desde una habitación con ventana se camina hacia el interior del Edificio,
aparece otra sala con ventana. Signo de que esas ventanas son internas.
Ahora bien, ¿qué forma tiene el pozo interno, tal como se ve desde la cocina y
el seriptorium?
-Octagonal.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
176
-Perfecto. Y a cada lado del octágono pueden perfectamente abrirse dos
ventanas. Eso significa, quizá, que en cada lado del octágono hay dos
habitaciones internas. ¿Estoy en lo cierto?
-Sí. pero ¿y las habitaciones sin ventana?
-En total son ocho. Cinco de las paredes de las salas heptagonales internas
corresponden a otras tantas habitaciones en cada torreón. ¿A qué
corresponden las dos paredes restantes? No a una habitación que daría al
exterior, porque en tal caso deberían verse las ventanas en el muro. Tampoco
corresponden a una habitación dispuesta junto al octágono, por las mismas
razones, y además porque en ese caso serían habitaciones demasiado largas.
En efecto, trata de dibujar la imagen de la biblioteca vista desde 'arriba, y verás
que por cada torre deben existir dos habitaciones que limitan con la habitación
heptagonal y que, por el lado opuesto, comunican con otras dos habitaciones,
situadas a su vez junto al pozo octagonal interno.
Intenté dibujar el plano que mi maestro me había sugerido, y lancé un grito de
triunfo.
-¡Pero entonces ya lo sabemos todo! Dejadme contar... ¡La biblioteca tiene
cincuenta y seis habitaciones, cuatro de ellas heptagonales, y cincuenta y dos
más o menos cuadradas, ocho de estas últimas sin ventana, y veintiocho dan al
exterior mientras dieciséis dan al interior!
-Y cada uno de los cuatro torreones tiene cinco habitaciones de cuatro paredes
y una de siete... La biblioteca está construida de acuerdo con una proporción
celeste a la que cabe atribuir diversos y admirables significados.
-Espléndido descubrimiento, pero entonces, ¿por qué es tan difícil orientarse
en ella?
-Porque lo que no corresponde a ley matemática alguna es la disposición de
los pasos. Unas habitaciones permiten acceder a varias otras. Las hay, en
cambio, que sólo permiten acceder a una única habitación. Incluso cabe
preguntarse si no habrá habitaciones desde las, que sea imposible acceder a
cualquier otra. Si piensas en esto, además en la falta de luz, en la imposibilidad
de guiarse por la posición del sol, a lo que hay que añadir las visiones y los
espejos, comprenderás que el laberinto es capaz de confundir a cualquiera que
lo recorra, turbado ya por un sentimiento de culpa. Pienso, además, en lo
desesperados que estábamos ayer noche cuando no lográbamos encontrar la
salida. El máximo de confusión logrado a través del máximo de orden: el
cálculo me parece sublime. Los constructores de la biblioteca eran grandes
maestros.
-¿Cómo haremos para orientarnos?
-Ahora no será difícil. Con el mapa que acabas de trazar, y que, mal que bien,
debe de corresponder al plano de la biblioteca, tan pronto como lleguemos a la
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
177
primera sala heptagonal trataremos de pasar a una de las dos habitaciones
ciegas. Desde allí, si caminamos siempre hacia la derecha, después de tres o
cuatro habitaciones, deberíamos llegar otra vez a un torreón, que sólo podrá
ser el torreón septentrional, hasta que lleguemos a otra habitación ciega, que,
por la izquierda, limitará con la sala heptagonal, y, por la derecha, deberá
permitimos un recorrido similar al que acabo de describirte, al cabo del cual
llegaríamos al torreón de poniente.
-Sí. Suponiendo que todas las habitaciones comuniquen con otras
habitaciones...
-Así es. Por eso necesitaremos tu plano, para marcar cuáles son las paredes
sin abertura, y saber qué desviaciones vamos haciendo. Pero será bastante
sencillo.
-¿Seguro que resultará? -pregunté perplejo, porque me parecía demasiado
sencillo.
-Resultará. «Omnes enim causae effectuum naturalium dantur per lineas,
angulos et figuras. Aliter enim. impossibile est scire propter quid in illis» -citó-.
Son palabras de uno de los grandes maestros de Oxford. Sin embargo,
lamentablemente, aún no lo sabemos todo. Hemos descubierto la manera de
no perdernos. Ahora se trata de saber si existe una regla que gobierna la
distribución de los libros en las diferentes habitaciones. Y los versículos del
Apocalipsis no nos dicen demasiado, entre otras razones porque hay muchos
que se repiten en diferentes habitaciones...
-¡Sin embargo, del libro del apóstol habrían podido extraerse mucho más que
cincuenta y seis versículos!
-Sin duda. De modo que sólo algunos versículos sirven. Es extraño. Como si
hubiese habido menos de cincuenta que sirvieran; treinta, veinte ... ¡Oh, por la
barba de Merlín!
-¿De quién?
-No tiene importancia, es ... un mago de mi tierra... ¡Han usado tantos
versículos como letras tiene el alfabeto! ¡Sin duda es así! El texto de los
versículos no importa, sólo importan las letras iniciales. Cada habitación está
marcada por una letra del alfabeto, ¡y todas juntas componen un texto que
debemos descubrir!
-Como un carmen figurativo, ¡con forma de cruz o de pez!
-Más o menos, y es probable que en la época en que se construyó la biblioteca
ese tipo de cármenes estuviesen de moda.
-¿Y dónde empieza el texto?
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
178
-En una inscripción más grande que las otras, en la sala heptagonal del torreón
por el que se entra... 0 bien... Sí, ¡en las frases que están en rojo!
-¡Pero son tantas!
-Entonces habrá muchos textos, o muchas palabras. Ahora lo que puedes
hacer es copiar mejor tu mapa, y en un tamaño más grande. Cuando
recorramos la biblioteca no sólo irás marcando, con pequeños signos, las
habitaciones por las que pasemos, y la posición de las puertas y de las paredes
(así como de las ventanas), sino también las letras iniciales de los versículos
que vayamos encontrando, ingeniándotelas, como un buen miniaturista, para
que las letras en rojo sean más grandes que las otras.
-¿Cómo habéis sido capaz de resolver -dije admirado- el misterio de la
biblioteca observándola desde fuera, s¡ no habíais podido resolverlo cuando
estuvisteis dentro?
-Así es como conoce Dios el mundo, porque lo ha concebido en su mente, o
sea, en cierto sentido, desde fuera, antes de crearlo, mientras que nosotros no
logramos conocer su regla, porque vivimos dentro de 61 y lo hemos encontrado
ya hecho.
-¡Así pueden conocerse las cosas mirándolas desde fuera!
-Las cosas del arte, porque en nuestra mente volvemos a recorrer los pasos
que dio el artífice. No las cosas de la naturaleza, porque no son obra de
nuestra mente.
-Pero en el caso de la biblioteca es suficiente, ¿verdad?
-Sí -dijo Guillermo-. Pero sólo en este caso. Ahora vayamos a descansar.
Hasta mañana por la mañana no podré hacer nada. Espero que entonces
tendré is len,tes. Mejor es que durmamos y nos levantemos temprano Trataré
de pensar un poco.
-¿Y la cena?
-¡Ah, sí, la cena! Ahora ya es tarde. Los monjes están asistiendo al oficio de
completas. Pero quizá la cocina aún no esté cerrada. Ve a buscar algo.
-¿Robar?
-Pedir. A Salvatore, que ya es amigo tuyo.
-¡Entonces él robará!
-¿Acaso eres el guardián de tu hermano? -preguntó Guillermo, repitiendo las
palabras de Caín.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
179
Pero comprendí que bromeaba: lo que quería decir era que Dios es grande y
misericordioso. De modo que me puse a buscar a Salvatore, y lo encontré
cerca de las cuadras.
-Hermoso -dije señalando a Brunello, para iniciar la conversación-. Me gustaría
montarlo.
-Non é possibile. Abbonis est. Pero el caballo no necesita ser bueno para correr
bien... -me señaló un caballo robusto pero no muy agraciado-. También ese
sufficit... Vide illuc, tertius equi...
Quería indicarme el tercer caballo. Me dio risa su latín estrafalario.
-¿Y qué harás con él? -le pregunté.
Entonces me contó una historia muy rara. Dijo que era posible lograr que
cualquier caballo, hasta el animal más vicio y más débil, corriese tan rápido
como Brunello. Para ello hay que mezclar en su avena una hierba llamada sati"
rion, muy picada, y luego untarle los muslos con grasa de ciervo. Después se
monta y, antes de espolearlo, se le hace apuntar el morro hacia levante y se
pronuncian junto a sus orejas, tres veces y en voz baja, las palabras «Gaspar,
Melchor, Merquisardo». El caballo partirá a toda carrera y en una hora
recorrerá la distancia que Brunello re correría en ocho. Y si se le cuelgan del
cuello los dientes de un lobo que el propio caballo haya matado en su carrera,
ni siquiera sentirá la fatiga.
Le pregunté si alguna vez había probado la receta. Me respondió -acercándose
con aire circunspecto y hablándome al oído, y echándome su aliento realmente
desagradable que era muy difícil, porque ahora el satirion sólo lo cultivaban ya
los obispos y sus amigos, los caballeros, quienes lo utilizaban para aumentar
su poder. Le interrumpí para decirle que aquella noche mi maestro deseaba
leer unos libros en su celda y prefería comer allí.
-Encargo yo -dijo-, hago padilla de quezo.
-¿Cómo es?
-Facilis. Coges il quezo que no sea demasiado viejo ni demasiado salado, y
cortado en rebanaditas en trozos cuadrados o sicut te guste. Et postea pondrás
un poco de butiro o bien de mantecca fresca á rechauffer sopra la brasia. Y
dentro porrerm---no dos rebanadas di quezo, y cuando te parece que esté
blando, zucharum et cannella supra positurum du bis. Et ponlo en seguida en
tabula, porque pide comerse caliente caliente.
-Encárgate del pastelillo de queso -le dije, y se alejó hacia la cocina diciéndome
que lo esperara.
Media hora después llegó trayendo un plato cubierto con un paño. Olía bien.
-Tene -me dijo, y también me dio una lámpara grande, llena de aceite.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
180
-¿Para qué me la das? -pregunté.
-Sais pas, moi -dijo con aire socarrón-. Fileisch tu magister quiere ir a sitio
oscuro questa notte.
Sin duda, Salvatore sabía más de lo que se sospechaba. No seguí
investigando, y llevé la comida a Guillermo. Comimos y después me retiré a mi
celda. 0 al menos fingí que lo hacía. Todavía deseaba ver a Ubertino. De modo
que a hurtadillas entré en la iglesia.
Tercer día
DESPUES DE COMPLETAS
Donde Ubertino refiere a Adso, la historia de fray Dulcino, Adso por su cuenta
recuerda o lee en la biblioteca otras historias, y después acontece que se
encuentra con una muchacha hermosa y terrible como un ejército dispuesto
para el combate.
En efecto, encontré a Ubertino ante la estatua de la Virgen. Me uní a él en
silencio y durante un momento (lo confieso) fingí que rezaba. Después me
atreví a hablarle:
-Padre santo, ¿puedo pediros que me alumbréis y me aconsejéis?.
Ubertino me miró, me cogió de la mano, se puso de pie y me condujo hasta
una banqueta donde ambos nos sentamos. Me estrechó con fuerza y pude
sentir su aliento en mi rostro.
hijo -empezó diciéndome , todo lo que este pobre y viejo pecador pueda hacer
por tu alma lo hará con alegría. ¿Qué te inquieta? ¿Acaso la ansiedad? -
preguntó, también con la ansiedad casi pintada en el rostro-. ¿La ansiedad de
la carne?
-No -respondí ruborizándome , en todo caso, la ansiedad de la mente, que
quiere conocer demasiado...
-Eso es malo. El Señor lo conoce todo. A nosotros sólo nos incumbe alabar su
sabiduría.
-Pero también nos incumbe distinguir entre el bien y el mal, y comprender las
pasiones humanas. Soy novicio, pero más tarde ser¿ monje y sacerdote, y
debo saber dónde está el mal, y qué aspecto tiene, para reconocerlo cuando
surja la ocasión, y para enseñar a los otros cómo reconocerlo.
-Tienes razón, muchacho. Y ahora dime qué quieres conocer.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
181
-La mala hierba de la herejía, padre -dije con convicción. Y luego, de una
tirada-: He oído hablar de un hombre malvado que sedujo a muchos otros: fray
Dulcino.
Ubertino guardó silencio. Después dijo:
-Tienes razón, nos lo oíste mencionar a fray Guillermo y a mí la otra noche.
Pero es una historia muy fea, y me duele hablar de ella, porque enseña (sí, en
este sentido conviene que la conozcas, para extraer una enseñanza), porque
enseña, decía, cómo el amor de penitencia y el deseo de purificar el mundo
pueden engendrar la sangre y el exterminio -se acomodó mejor en la banqueta,
y aflojó la presión del brazo sobre mis hombros, pero tocándome siempre el
cuello con una mano, como para comunicarme no sé si su saber o su ardor---.
La historia empieza antes de fray Dulcino, hace más de sesenta años, cuando
yo era niño. Sucedió en Parma. Allí comenzó a predicar un tal Gherardo
Segalelli, que recorría las calles invitándolos a todos a hacer vida de
penitencia. «¡Penitenciágite!», gritaba, y era su manera inculta de decir:
«Penitentiam agite, appropinquabit enim regnum coelorum.» Invitaba a sus
discípulos a comportarse como los apóstoles, y quiso que a su secta la
llamaran la orden de los apóstoles y que sus miembros recorriesen el mundo
como pobres mendicantes, viviendo sólo de la limosna...
-Igual que los fraticelli -dije . ¿Acaso no fue este el mandato de Nuestro Señor,
y de vuestro Francisco?
-Sí -admitió Ubertino con una leve vacilación en la voz y suspirando-. Pero
quizá Gherardo exageró. El y los suyos fueron acusados de no reconocer la
autoridad de los sacerdotes ni la celebración de la misa ni la confesión, y de
vagar ociosos por el mundo.
-También a los franciscanos espirituales se les hicieron esas acusaciones.
¿Acaso no afirman hoy los franciscanos que no hay que reconocer la autoridad
del papa?
-Sí, pero reconocen la de los sacerdotes. Nosotros mismos somos sacerdotes.
Es difícil distinguir en estas cosas, muchacho. Tan sutil es la línea que separa
el bien y el mal... Como quiera que haya sido, Gherardo se equivocó y pecó de
herejía. Pidió que lo admitieran en la orden franciscana, pero nuestros
hermanos no lo aceptaron. Pasaba los días en la iglesia de nuestros frailes y
vio que en las pinturas los apóstoles aparecían representados con sandalias en
los pies Y con capas sobre los hombros, de modo que se dejó crecer el cabello
y la barba, y se puso sandalias en los pies y en la cintura la cuerda de los
franciscanos, porque todo aquel que quiere fundar una nueva congregación
siempre toma algo de la orden del beato Francisco.
-Entonces hacía bien...
-Pero en algo se equivocó... Vestido con una capa
blanca sobre una túnica blanca, y con el cabello largo, conquistó ' entre los
simples fama de santidad. Vendió una caUmberto
Eco El Nombre de la Rosa
182
sita que tenía y una vez que tuvo el dinero se subió a una
roca desde donde antiguamente solían arengar los podestás,
con la bolsa de monedas en la mano, y no las arrojó
ni las entregó a los pobres, sino que llamó a unos pillos que
jugaban allí cerca y vació la bolsa sobre ellos diciéndoles:
«Que coja el que quiera», y los pillos cogieron el dinero y
fueron a jugárselo a los dados, y blasfemaban contra el Dios
viviente, y 'él, que les había dado el dinero, los escuchaba
sin ruborizarse.
-Pero también Francisco se desprendió de todo y hoy Guillermo me ha contado
que fue a predicar a las cornejas y a los gavilanes, y también a los leprosos, o
sea a la hez que el pueblo de los que se decían virtuosos tenía marginada...
-Sí, pero Gherardo se equivocó en algo. Francisco nunca llegó a enfrentarse
con la santa iglesia, y el evangelio dice que hay que dar a los pobres, no a los
pillos. Gherardo dio y no recibió nada a cambio, porque la gente a la que había
dado era mala, y malos fueron sus comienzos, mala la continuación y malo el
fin, porque su secta fue condenada por el papa Gregorio X.
-Quizás era un papa con menos visión que el que aprobó la regla de
Francisco...
-Sí, pero Gherardo se equivocó en algo. Francisco, en cambio, sabía bien lo
que hacía. ¡Además, muchacho, aquellos porquerizos y vaqueros convertidos
de pronto en seudoapóstoles querían vivir tranquilamente, y sin sudor, vivir de
las limosnas de aquellos que con tanta fatiga y con tan heroico ejemplo de
pobreza habían educado los frailes franciscanos! Pero no es eso -añadió en
seguida-. Lo que sucedió fue que, para parecerse a los apóstoles, que todavía
eran judíos, Gherardo Segalelli se hizo circuncidar, lo que iba contra las
palabras de Pablo a los gálatas... Y ya sabes que muchas personas de gran
santidad anuncian que el Anticristo ha de venir del pueblo de los circuncisos.
Pero Gherardo hizo algo todavía peor. Fue recogiendo a los simples y
diciéndoles: «Venid conmigo a la viña», y aquellos que no lo conocían entraban
con él en la viña ajena, creyendo que era suya, y comían la uva de los otros.
1
-No habrán sido los franciscanos los que defendieron la propiedad ajena -dije
con descaro.
Ubertino me lanzó una mirada severa:
-Los franciscanos piden la pobreza para sí mismos, pero nunca la han pedido
para los otros. No puedes atentar impunemente contra la propiedad de los
buenos cristianos; si lo haces, los buenos cristianos te señalarán como un
bandido. Eso fue lo que le sucedió a Gherardo, de quien llegó a decirse (mira,
no sé si es verdad, pero confío en la palabra de fray Salimbene, que conoció a
aquella gente) que para poner a prueba su fuerza de voluntad y su continencia
durmió con algunas mujeres sin tener relaciones sexuales. Pero, cuando sus
discípulos trataron de imitarlo, los resultados fueron muy diferentes... ¡Oh, no
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
183
son cosas que deba saber un muchacho! La hembra es vehículo del demonío..
Gherardo siguió gritando «penitenciágite», pero uno de sus discípulos, un tal
Guido Putagio, intentó apoderarse de la dirección del grupo, e iba con gran
pompa y con muchas cabalgaduras y gastaba mucho dinero y organizaba
grandes banquetes como los cardenales de la iglesia de Roma. Y en cierto
momento ambos se enfrentaron por el control de la secta, y sucedieron cosas
muy feas. Sin embargo, fueron muchos los que siguieron a Gherardo, no sólo
campesinos, sino también gente de las ciudades, inscrita en los
gremios, y Gherardo los hacía desnudar para que siguiesen desnudos a Cristo
desnudo y los enviaba a predicar por el mundo, pero él se hizo hacer un traje
sin mangas, blanco, de tela resistente, ¡y con esa ropa parecía más un bufón
que un religioso! Vivían a la intemperie, pero a veces subían a los púlpitos de
las iglesias interrumpiendo la asamblea del pueblo devoto y echando a los
predicadores. Y en cierta ocasión pusieron a un niño en el trono episcopal de la
iglesia de Sant Orso, en Ravena. Y se decían herederos de la doctrina de
Joaquín de Fiore.
-También los franciscanos lo dicen -repliqué-, también Gherardo da Borgo
San Donnino ¡también vos lo decís!
-Cálmate, muchacho. Joaquín de Fiore fue un gran profeta v fue el primero en
comprender que la llegada de Francisco marcaría la renovación de la iglesia.
Pero los seudoapóstoles utilizaron su doctrina para justificar las propias
locuras. Segalelli llevaba consigo a un apóstol femenino, una tal Tripia o Ripia,
que decía tener el don de la profecía. Una mujer, ¿entiendes?
-Pero padre -intenté alegar- vos mismo, la otra noche, hablabais de la santidad
de Chiara da Montefalco y de Angela da Foligno. . .
-¡Estas eran santas! ¡Vivían en la humildad reconociendo el poder de la iglesia,
no se arrogaron jamás el don de la profecía! En cambio, los seudoapóstoles
afirmaban que también las mujeres podían ir predicando de ciudad en ciudad,
como sostuvieron también muchos otros herejes. Y
ya no se hacía diferencia alguna entre célibes y casados, ni voto alguno fue
tenido ya por perpetuo. En suma, para no aburrirte demasiado con historias tan
tristes, cuyos matices no estás en condiciones de apreciar plenamente, te diré
que por último el obispo Obizzo, de Parma, decidió encarcelar a Gherardo.
Pero entonces sucedió algo extraño, que demuestra lo débil que es la
naturaleza humana, y lo insidiosa que es la hierba de la herejía. Porque el
obispo acabó liberando a
Gherardo, y lo sentó a su mesa, junto a él, y reía de sus bromas, y lo tenía
como bufón.
-Pero ¿por qué?
-Lo ignoro. O quizá sí, sepa por qué. E1 obispo era noble y no le gustaban los
mercaderes y artesanos de la ciudad. Quizá no dejaba de agradarle que con
sus predicas de pobreza Gherardo los atacase, y pasara de pedir limosna a
robar. Pero al final intervino el papa, y el obispo tuvo que tomar una actitud de
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
184
justa severidad. De modo que Gherardo acabó quemado como hereje
impenitente. Eso sucedió a comienzos de este siglo.
-¿Y qué tiene que ver fray Dulcino con todo esto?
-Tiene que ver, y esto demuestra que la herejía sobrevive a la propia
destrucción de los herejes. E1 tal Dulcino era el bastardo de un sacerdote que
vivía en la diócesis de Novara, en esta parte de Italia, un poco más hacia el
norte. Hay quien dice que nació en otra parte, en el valle de Ossola, o en la
Romaña. Pero eso no importa. Era un joven de ingenio agudísimo, y se le
dieron estudios, pero robó al sacerdote que se ocupaba de él y huyó hacia el
este, a la ciudad de Trento. Allí empezó a predicar lo mismo que había
predicado Gherardo, de manera aún más herética, pues afirmaba que era el
único apóstol verd adero de Dios y que todo debía ser común en el amor y que
era lícito ir con cualquier mujer, de modo que nadie podía ser acusado de
concubinato, aunque yaciese con su mujer o su hija.
-¿De verdad predicaba eso, o fue acusado de predicarlo? Porque he oído decir
que también a los espirituales se los acusó de crímenes, como sucedió con
aquellos frailes de Montefalco. . .
-De hoc satis -me interrumpió bruscamente Ubertino-. Aquellos habían dejado
de ser frailes. Eran herejes. Justamente, contaminados por Dulcino. Y por otra
parte, escucha: basta saber lo que Dulcino hizo después para reconocer su
impiedad. Tampoco sé cómo llegó a conocer las doctrinas de los
seudoapóstoles. Quizá pasó por Parma, cuando joven, y escuchó a Gherardo.
Lo que se sabe es que en la región de Bolonia estuvo en contacto con aquellos
herejes después de la muerte de Segalelli. Y se sabe con toda seguridad que
empezó a predicar en Trento. Allí sedujo a una muchacha hermosísima y de
familia noble, llamada Margherita, o ella lo sedujo a él, como Eloísa sedujo a
Abelardo, ¡porque no olvides que a través de la mujer penetra el diablo en el
corazón de los hombres! Entonces el obispo de Trento lo expulsó de su
diócesis, pero Dulcino ya había
reunido más de mil adeptos, e inició una larga marcha que volvió a Ilevarlo a la
región donde había nacido. Por el camino se le unían otros ilusos, seducidos.
por su palabra, y quizá también se le unieron muchos herejes valdenses de
estas tierras del norte. Cuando llegó a la región de Novara, Dulcino encontró un
ambiente favorable a su rebelión, porque los vasallos que gobernaban la
comarca de Gattinara en nombre del obispo de Vercelli habían sido expulsados
por la población, que por tanto acogió a los bandidos de Dulcino como buenos
aliados.
-¿Qué habían hecho los vasallos del obispo?
-Lo ignoro, y no me incumbe juzgarlo. Pero ya ves que la herejía suele ir unida
a la rebelión contra los señores. Por eso, el hereje empieza predicando la
pobreza y después acaba cediendo a todas las tentaciones del poder, la guerra
y la violencia. En Vercelli había una lucha entre las diferentes familias de la
ciudad, y los seudoapóstoles se aprovecharon de la situación, y las familias, a
su vez, supieron sacar ventaja del desorden introducido por los
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
185
seudoapóstoles. Los señores feudales reclutaban aventureros para saquear las
ciudades, y los ciudadanos pedían la protección del obispo de Novara.
-¡Qué historia tan complicada! Pero ¿Dulcino con quién estaba?
-No sé, estaba de parte suya, se había inmiscuido en todas esas disputas y se
aprovechaban de ellas para predicar la lucha contra la propiedad ajena en
nombre de la pobreza. EI y los suyos, que ya eran unos treinta mil, acamparon
sobre un monte llamado La Pared Pelada, no lejos de Novara, y allí
construyeron fortificaciones y habitáculos, y Dulcino ejercía su poder sobre toda
aquella muchedumbre de hombres y mujeres que vivían en la promiscuidad
más vergonzosa. Desde allí enviaba a sus fieles cartas en las que exponía su
doctrina herética. Decía y escribía que su ideal era la pobreza, y que no
estaban ligados por ningún vínculo de obediencia externa, y que él, Dulcino,
era el enviado de Dios para revelar las profecías e interpretar el sentido de las
escrituras del antiguo y del nuevo testamento. Y a los miembros del clero
secular, a los predicadores y a los franciscanos los llamaba ministros del
diablo, y eximía a todos de obedecerles. Y hablaba de cuatro edades en
la vida del pueblo de Dios: la primera, la del antiguo testamento, la de los
patriarcas y los profeta s, antes de la llegada de Cristo, en la que el matrimonio
era bueno porque la gente debía multiplicarse. La segunda, la edad de Cristo y
los apóstoles, que fue la época de la santidad y la castidad. Después vino la
tercera, en que los pontífices debieron aceptar primero las riquezas terrenales
para poder gobernar al pueblo. Pero cuando los hombres empezaron a alejarse
del amor a Dios vino Benito, que habló en contra de toda posesión temporal.
Cuando más tarde también los monjes de Benito se dedicaron a acumular
riquezas, vinieron los frailes de San Francisco y de Santo Domingo, aún más
severos que Benito en la predicación contra el dominio y la riqueza terrenales.
Y ahora que la vida de tantos prelados volvía a contradecir todos aquellos
preceptos justos, la tercera edad tocaba ya a su fin y había que convertirse a
las enseñanzas de los apóstoles.
-Pero entonces Dulcino predicaba lo mismo que ya habían predicado los
franciscanos, y entre ellos precisamente los espirituales, ¡y vos mismo, padre!
-¡Oh, sí! ¡Pero extraía una conclusión perversa! Decía que, para acabar con
esta tercera edad de la corrupción, todos los clérigos, los monjes y los frailes
debían morir de muerte muy cruel. Decía que todos los prelados de la iglesia,
los clérigos, las monjas, los religiosos y religiosas, y todos los miembros de la
orden de los predicadores y de los franciscanos, y los eremitas, y el propio
papa Bonifacio, deberían ser exterminados por el emperador que él, Dulcino,
eligiese, que habría de ser precisamente Federico de Sicilia.
-Pero, ¿acaso no fue Federico quien acogió en Sicilia a los espirituales
expulsados de Umbría? ¿Acaso no son los franciscanos los que piden que el
emperador, en este caso Ludovico, destruya el poder temporal del papa y los
cardenales?
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
186
-Lo propio de la herejía, o de la locura, es transformar los pensamientos más
rectos, y extraer de ellos unas consecuencias contrarias a las leyes de Dios y
de los hombres: Los franciscanos nunca han pedido al emperador que mate a
los otros sacerdotes.
Ahora sé que se engañaba, porque, cuando unos meses más tarde el bávaro
impuso su propio orden en Roma, Marsilio y otros franciscanos hicieron a los
religiosos fieles al papa precisamente lo que Dulcino había pedido que se les
hiciera. Con esto no quiero decir que Dulcino estuviese en lo justo; en todo
caso, diría que también Marsilio estaba equivocado. Pero empezaba a
preguntarme, sobre todo después de la conversación de aquella tarde con
Guillermo, cómo los simples que seguian a Dulcino hubiesen podido distinguir
entre las promesas de los espirituales y la aplicación que de ellas hacía
Dulcino. ¿Acaso su culpa no consistía en que llevaba a la práctica lo que unos
hombres con fama de ortodoxos habían predicado en un plano puramente
místico? ¿O acaso radicaba ahí la diferencia, y la santidad consistía en esperar
que Dios nos otorgase lo que sus santos nos habían prometido, sin tratar de
obtenerlo por vías terrenales? Ahora sé que es así y sé por qué Dulcino
se equivocaba: no hay que transformar el orden de las cosas, aunque haya que
esperar con fervor su transformación. Pero aquella noche me debatía entre
ideas contradictorias.
-Por último -estaba diciéndome Ubertino-, la herejía siempre se reconoce
porque va acompañada de soberbia. En una segunda carta, del año 1303,
Dulcino se designaba jefe supremo de la congregación apostólica, y nombraba
lugartenientes suyos a la pérfida Margherita (una mujer), a
Longino da Bergamo, a Federico da Novara, a Alberto Carentino y a Valderico
da Brescia. Y después empezaba a desvariar acerca de una sucesión de papas
venideros: dos buenos -el primero y el último- y dos malos -el segundo y el
tercero-. E1 primero es Celestino; el segundo, Bonifacio VIII, de quien los
profetas dicen: “La soberbia de tu corazón te ha envilecido, ¡oh, tú, que vives
en las grietas de las rocas!” A1 tercer papa no lo nombra, pero de él habría
dicho Jeremías: “como león en la selva”. Y, oh, infamia, según Dulcino el león
era Federico de Sicilia. Todavía no sabía quién habría de ser el cuarto papa, el
papa santo, el papa angélico del que hablaba el abad Joaquín. Este papa sería
elegido por Dios, y entonces Dulcino y todos los suyos (que en aquel momento
ya eran cuatro mil) recibirían juntos la gracia del Espíritu Santo, y la iglesia
resultaría renovada, para no volver a corromperse, hasta el fin del mundo. Pero
en los tres años anteriores a su advenimiento debería consumarse todo el mal.
Y eso fue lo que trató de hacer Dulcino, llevando la guerra a todas partes. Y el
cuarto papa, y en esto se ve cómo se burla el demonio de sus súcubos, fue
precisarnente Clemente V, que convocó la cruzada contra Dulcino. E hizo bien,
porque en aquellas cartas Dulcino ya sostenía doctrinas inconciliables con la
ortodoxia. Dijo que la iglesia romana era una meretriz, que no era obligatorio
obedecer a los sacerdotes, que todos los poderes espirituales pertenecían a la
secta de los apóstoles, que sólo éstos formaban la nueva iglesia, que ellos
podían anular el matrimonio, que para salvarse era necesario pertenecer a la
secta, que ningún papa podía absolver del pecado, que no debían pagarse los
diezmos, que había más perfección en la vida sin votos que en la vida con
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
187
votos, que, para rezar, una iglesia consagrada no valía más que un establo, y
que podía adorarse a Cristo tanto en los bosques como en las iglesias.
-¿Es cierto que dijo todo eso?
-Sí, seguro, pues lo escribió. Y desgraciadamente hizo cosas todavía peores.
Una vez instalado en la Pared Pelada, empezó a saquear las aldeas de abajo,
a hacer incursiones para aprovisionarse. . . En suma, desencadenó una
verdadera guerra contra las comarcas vecinas.
-¿Todas estaban en su contra?
-No se sabe. Quizás algunas lo apoyaban, ya te he dicho que había sabido
insertarse en la inextrincable maraña de discordias que agitaba la región. A
todo esto, llegó el invierno, el invierno de 1305, uno de los más rigurosos de
aquellas decadas, y la miseria se instaló en las comarcas
circundantes. Dulcino envió una tercera carta a sus seguidores, y otros muchos
se unieron a su gente. Pero allí arriba la vida se había vuelto imposible y el
hambre llegó a ser tal que comieron la carne de los caballos y otros animales, y
heno cocido. Y muchos murieron.
-Pero, ¿contra quién peleaban en aquel momento?
-E1 obispo de Vercelli había apelado a Clemente V y éste había convocado
una cruzada contra los herejes. Se decretó la indulgencia plenaria para todos
aquellos que participaran en la misma, y se pidió ayuda a Ludovico de Saboya,
a los inquisidores de Lombardía y al arzobispo de Milán. Fueron muchos los
que cogieron la cruz para auxiliar a las gentes de Vercelli y de Novara,
desplazándose incluso desde Saboya, desde Provenza y desde Francia, y
todos se pusieron bajo las órdenes del obispo de Vercelli. Los choques entre
las vanguardias de ambos ejércitos se sucedían con mucha frecuencia, pero
las fortificaciones de Dulcino eran inexpugnables, y los impíos se las
arreglaban para recibir refuerzos.
-¿De quiénes?
-De otros impíos, creo, satisfechos por todo aquel desorden. Sin embargo,
hacia finales de dicho año de 1305 el heresiarca se vio obligado a retirarse de
la Pared Pelada, dejando a los heridos y a los enfermos, y se dirigió hacia el
territorio de Trivero, en uno de cuyos montes se hizo fuerte. E1 monte se
llamaba Zubello, pero desde entonces se lo llamó Rubello o Rebello, porque en
él se habían hecho fuertes los rebeldes contra la iglesia. No puedo contarte
todo lo que sucedió allí, pero, en suma, los estragos fueron tremendos. Sin
embargo, los rebeldes tuvieron que rendirse, Dulcino y los suyos fueron
capturados, y con toda justicia acabaron en la hoguera.
-¿También la bella Margherita?
Ubertino me miró:
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
188
-¿No te has olvidado de eso, verdad? Sí, dicen que era bella, y muchos
señores del lugar trataron de casarse con ella para salvarla de la hoguera. Pero
no quiso. Murió impenitente junto a su impenitente amante. Y esto ha de
servirte de lección: guárdate de la meretriz de Babilonia, aunque se encarne en
la más exquisita de las criaturas.
-Ahora explicadme, padre. Me he enterado de que el cillerero del convento, y
quizá también Salvatore, se encontraron con Dulcino, y que de alguna manera
estuvieron con él. . .
-Calla, no pronuncies juicios temerarios. Conocí al cillerero en un convento
franciscano. Aunque es verdad que después de los acontecimientos
relacionados con Dulcino. En aquellos años, antes de que decidiesen
refugiarse en la orden de San Benito, muchos espirituales corrieron graves
riesgos, y debieron abandonar sus conventos. Ignoro dónde estuvo Remigio
antes de nuestro encuentro, pero sé que siempre ha sido un buen fraile, al
menos desde el punto de vista de la ortodoxia. En cuanto al resto, ¡ay!, la carne
es débil. . .
-¿Qué queréis decir?
-No son cosas que debas saber. Pero, en fin, puesto que ya hemos tocado el
tema, y puesto que debes estar en condiciones de distinguir entre el bien y el
mal... –tuvo aún un momento de vacilación-, te diré que me han llegado
rumores, aquí, en la abadía, de que el cillerero es incapaz de resistir ciertas
tentaciones. . . Pero son rumores. Debes aprender a ni siquiera pensar en esas
cosas -me atrajo de nuevo hacia sí, y, abrazándome con fuerza, me señaló la
estatua de la Virgen-: Debes iniciarte en el amor inmaculado. En esta mujer
que aquí ves la feminidad se ha sublimado. Por eso puedes decir que ella sí es
bella, como la amada del Cantar de los Cantares. En ella -dijo con el rostro
extasiado en un rapto de goce interior, como el Abad el día antes, al hablar de
las gemas y el oro de sus utensilios-, en ella hasta la gracia del cuerpo se
convierte en signo de las bellezas celestiales, por eso el escultor la ha
representado con todas las gracias que deben adornar a una mujer -me señaló
el busto elegante de la Virgen, que mantenía erguido y firme un corpiño
ajustado en el centro por unos cordoncillos con los que jugueteaban las
manitas del Niño Jesús-. ¿Ves? Pulchra enim sunt ubera quae paululum
supereminent et tument modice, nec fluitantia licenter, sed leniter restricta,
repressa sed non depressa. . . ¿Qué te inspira la visión de esa dulcísima
imagen?
Me ruboricé violentamente, corno agitado por un fuego interior. Ubertino debió
de advertirlo, o quizá percibió el ardor de mis mejillas, porque en seguida
añadió:
-Pero debes aprender a distinguir entre el fuego del amor sobrenatural y el
deliquio de los sentidos. Hasta a los santos les cuesta distinguirlos.
-Pero ¿cómo se reconoce el amor bueno? –pregunté tembloroso.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
189
-¿Qué es el amor? Nada hay en el mundo, ni hombre ni diablo ni cosa alguna,
que sea para mí tan sospechosa como el amor, pues éste penetra en el alma
más que cualquier otra cosa. Nada hay que ocupe y ate más el corazón que el
amor. Por eso, cuando no dispone de armas para gobernarse, el alma se
hunde, por el amor, en la más honda de las ruinas. Y creo que, sin la seducción
de Margherita, Dulcino no se habría condenado, y que, sin la vida perversa y
promiscua de la Pared Pelada, muchos no se habrían sentido atraídos por su
rebelión. Y fíjate que no te digo estas cosas sólo del amor malo, del que,
naturalmente, todos han de huir como de algo diabólico, sino también, y lleno
de miedo, del amor bueno que se da entre Dios y el hombre. y entre éste y su
prójimo. Porque a menudo sucede que dos o tres, hombres o mujeres, se amen
bastante cordialmente, y sientan especial afecto unos por otros, y deseen vivir
siempre juntos, y cada uno está‚ siempre dispuesto a hacer lo que el otro
desee. Y te confieso que un sentimiento como éste fue el que abrigué por
mujeres virtuosas como Angela y Chiara. Pues bien, también, ese amor es
bastante reprobable, aunque tenga un sentido espiritual y está‚ inspirado en
Dios. . . Porque, si el alma, indefensa, se entrega al fuego del amor, a pesar de
no ser éste carnal, también acaba cayendo, o bien agitándose en el desorden.
Oh. el amor tiene efectos muy diversos; primero ablanda al alma, luego la
enferma. . . Pero más tarde ésta siente el fuego verdadero del amor divino, y
grita, y se lamenta, y es como piedra que en el horno se calcina, y se deshace
y crepita lamida por las llamas.. .
-¿Y es bueno ese amor?
Ubertino me acarició la cabeza, y al mirarlo vi que sus ojos estaban llenos de
lágrimas:
-Sí, este sí que es amor bueno. -Retiró la mano de mis hombros-. ¡Pero qué
difícil, qué difícil es distinguirlo del otro! Y a veces, cuando tu alma es tentada
por los demonios, te sientes como el hombre colgado del cuello: con las manos
atadas a la espalda y los ojos vendados, suspendido de la horca, pero aún
vivo, sin nadie que lo ayude ni lo conforte ni lo cure, girando en el vacío. . .
Su rostro ya no sólo estaba bañado de lágrimas sino también cubierto por un
velo de sudor.
-Ahora vete -me dijo impaciente-, te he dicho lo que querías saber. Aquí el coro
de los ángeles, allá la boca del infierno. Vete, y alabado sea el Señor.
Se prosternó de nuevo ante la Virgen y oí un sollozo quedo. Estaba rezando.
No salí de la iglesia. La conversación con Ubertino había despertado en mi
alma, y en mis vísceras, un extraño ardor, un desasosiego indescriptible. Quizá
fue eso lo que me impulsó a desobedecer. Y decidí regresar solo a la
biblioteca. Ni siquiera yo sabía qué buscaba. Quería explorar solo un sitio
desconocido, me fascinaba la idea de poder orientarme en él sin la ayuda de mi
maestro. Subí a la biblioteca como Dulcino había subido al monte Rubello.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
190
Llevaba conmigo la lámpara (¿por qué la había traído?, ¿acaso porque va
alimentaba secretamente aquel provecto?), y atravesé el Osario casi con los
ojos cerrados. No tardé en llegar al scriptorium.
Creo que era una noche marcada por la fa talidad, porque, mientras curioseaba
entre las mesas, vi que en una había abierto un manuscrito que algún monje
estaba copiando en aquellos días. E1 título atrajo en seguida mi atención:
Historia fratris Pulcini Heresiarche. Creo que era la mesa de Pietro da Sant
Albano, quien según había oído decir estaba escribiendo una monumental
historia de la herejía (desde luego, el proyecto quedó interrumpido a raíz de los
sucesos de la abadía. . . pero no anticipemos los acontecimientos). No era raro,
pues, que estuviese allí aquel texto, y también había
otros sobre temas parecidos, sobre los patarinos y los flagelantes. Sin
embargo, su presencia me pareció un signo sobrenatural, no sé si celeste o
diabólico. De modo que me incliné sobre él comido por la curiosidad. No era
muy largo. En la primera parte narraba, con muchos más detalles que ya no
recuerdo, los mismos hechos que me había descrito Ubertino. También
mencionaba los múltiples crímenes cometidos por los dulcinianos durante la
guerra y el asedio. Y había una descripción de. la batalla final, que fue muy
cruenta. Pero también me enteré de cosas que Ubertino no me había contado,
y a través de alguien que evidentemente había sido testigo de los hechos, y'
cuya imaginación aún seguía impresionada por los mismos.
Así fue como supe que en marzo de 1307, el sábado santo, Dulcino, Margherita
y, Longino, por fin apresados, fueron conducidos a la ciudad de Biella y
entregados al obispo. quien esperó la decisión papal. Cuando el papa tuvo
noticia de los hechos escribió lo siguiente al rey de Francia, Felipe: “Han
llegado hasta nosotros noticias muy gratas, que nos llenan de gozo y de júbilo,
porque después de muchos peligros, fatigas, estragos y de repetidas
incursiones, ese demonio testaferro, hijo de Belcebu y horrendísimo heresiarca,
Dulcino, se encuentra finalmente preso. junto con sus secuaces. en nuestras
cárceles, por obra de nuestro venerable hermano Raniero, obispo de Vercelli,
habiendo sido capturado el día de la santa cena del Señor. Y matada ese
mismo día la numerosa gente que con él estaba”. El papa no tuvo piedad con
los prisioneros, y ordenó al obispo que los condenara a muerte. De modo que
en julio de aquel mismo año, el día uno del mes, los herejes fueron entregados
al brazo secular. Mientras las campanas de la ciudad tocaban a rebato, los
pusieron en un carro rodeados por sus verdugos; detrás iban los soldados, y
así recorrieron toda la ciudad, deteniéndose en cada esquina para lacerar las
carnes de los reos con tenazas candentes. Primero quemaron a Margherita,
ante la vista de Dulcino, a quien no se le movió ni un músculo de la cara, como
tampoco había emitido lamento alguno cuando las tenazas se hincaron en su
carne. Después el carro siguió su marcha, mientras los verdugos metían sus
instrumentos en unos recipientes donde ardía abundante fuego. Otras torturas
padeció Dulcino, pero siguió mudo, salvo cuando le cortaron la nariz, porque
entonces encogió levemente los hombros, y cuando le arrancaron el miembro
viril, pues en ese momento lanzó un largo suspiro, como un quejido resignado.
Sus últimas palabras sonaron a impenitencia, y avisó que al tercer día
resucitaría. Después lo quemaron y sus cenizas se dispersaron al viento.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
191
Cerré el manuscrito con manos temblorosas. Como me habían dicho, Dulcino
era culpable de muchos crímenes, pero había muerto horrendamente en la
hoguera. Y una vez allí su comportamiento... ¿había sido firme como el de los
mártires, o perverso como el de los condenados? Mientras subía
tambaleándome por la escalera, comprendí por qué estaba tan perturbado. De
pronto recordé una escena que había visto no muchos meses antes, a poco de
llegar a Toscana. Me pregunté incluso cómo había podido olvidarla hasta aquel
momento, como si mi alma enferma hubiese querido borrar un recuerdo que la
oprimía cual una pesadilla. En realidad, no la había olvidado, porque cada vez
que oía hablar de los fraticelli volvía a ver aquellas imágenes, pero para
expulsarlas en seguida hacia lo más recóndito de mi espíritu, como si el haber
sido testigo de aquel horror fuese ya un pecado.
Donde primero oí hablar de los fraticelli fue en Florencia. Vi quemar a uno en la
hoguera. Fue poco antes de ir a Pisa para encontrarme con fray Guillermo.
Como se demoraba en llegar a esa ciudad, mi padre me había autorizado a
visitar Florencia, que habíamos oído elogiar por sus bellísimas iglesias.
Después de recorrer un poco la Toscana, para aprender mejor la lengua vulgar
italiana, había pasado una semana en Florencia, porque tanto había oído
hablar de ella que deseaba conocerla.
Apenas llegué tuve noticias de que un importante proceso estaba causando
conmoción en la ciudad. En aquellos días un hereje de los fraticelli, acusado de
crímenes contra la religión, había sido llevado ante el obispo y otros
eclesiásticos y estaba siendo sometido a un severo interrogatorio. Decidí, pues,
seguir a mis informantes hasta el lugar de los acontecimientos. Por el camino oí
decir que el hereje, Ilamado Michele, era en realidad un hombre muy piadoso,
que había predicado la penitencia y la pobre za, repitiendo las palabras de San
Francisco, y que había sido arrastrado ante los jueces por la malicia de ciertas
mujeres, que, fingiendo confesarse con él, le habían atribuido después
proposiciones heréticas, e, incluso, que los hombres del obispo lo habían
cogido en casa de aquellas mujeres, lo que mucho me sorprendió, porque un
hombre de iglesia no debería administrar los sacramentos en sitios tan poco
adecuados, pero esa parecía ser la debilidad de los fraticelli, la de no saber
respetar las conveniencias, y quizás había algo de cierto en el rumor según el
cual, además de ser herejes, eran personas de costumbres dudosas (así como
se decía siempre que los cátaros eran búlgaros y sodomitas).
Llegué hasta la iglesia de San Salvatore, donde se desarrollaba el proceso.
pero no pude entrar debido a la gran muchedumbre congregada a sus puertas.
Había algunos encaramados a las ventanas, y desde allí, cogidos de las rejas,
contaban a los demás lo que oían y veían. En aquel momento estaban
leyéndole a fray Michele la confesión que había hecho el día anterior, donde
afirmaba que Cristo y sus apóstoles nunca tuvieron nada en propiedad, ni en
privado ni en común, pero Michele protestaba diciendo que el notario había
añadido “muchas consecuencias falsas” gritaba
Eso lo oí desde fuera: “¡Deberéis responder por esto el día del juicio!” Pero los
inquisidores leyeron la confesión tal como la habían redactado y al final le
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
192
preguntaron si quería adherirse humildemente a las opiniones de la iglesia y de
todo el pueblo de la ciudad. Y oí gritar en alta voz a Michele que quería
adherirse a lo que él creía, o sea que “quería tener por pobre a Cristo
crucificado, y por hereje al papa Juan XXII, puesto que afirmaba lo contrario”.
Se produjo entonces una gran discusión, en la que los inquisidores, muchos de
los cuales eran franciscanos, querían hacerle entender que las Escrituras no
decían lo que él decía, mientras él, a su vez. los acusaba de negar la regla de
su propia orden, y ellos contraatacaban preguntándole si acaso pretendía
enseñarles a interpretar las Escrituras a ellos, que eran maestros en la materia.
Y fray Michele, en verdad muy terco, no cedía, hasta que los otros empezaron
a provocarlo con frases como “y entonces queremos que consideres a Cristo
propietario y al papa Juan católico y santo”. Y Michele, insumiso, replicaba:
“No, es hereje.” Y los otros decían que jamás habían visto alguien tan firme en
su iniquidad. Pero entre la muchedumbre agolpada fuera del edificio muchos
decían que era como Cristo en medio de los fariseos, y comprendí que entre el
pueblo había muchos que creían en la santidad de fray Michele.
Por último, los hombres del obispo se lo llevaron de nuevo a la cárcel con los
pies en el cepo. Por la tarde me enteré de que muchos frailes amigos del
obispo habían ido a insultarlo y a pedirle que se retractara, pero que él
respondía como alguien que estuviese seguro de su verdad. Y repetía a todo el
mundo que Cristo era pobre y que San Francisco y Santo Domingo también lo
habían dicho, y que si profesar esa opinión justa le valía el ser condenado al
suplicio. tanto mejor, porque dentro de poco tiempo podría ver lo que dicen las
Escrituras, y a los veinticuatro ancianos venerables del Apocalipsis, y
Jesucristo, y San Francisco, y los mártires gloriosos. Y me contaron que dijo:
“Si con tanto fervor leemos la doctrina de ciertos santos abades, con cuanto
mayor fervor y goce hemos de desear encontrarnos entre ellos.” Y al oír ese
tipo de cosas los inquisidores salían de la cárcel con expresión sombría,
exclamando indignados (y eso pude escucharlo): “¡Es la piel del diablo!”
A1 día siguiente nos enteramos de que la condena ya había sido dictada. Fui al
obispado donde pude ver el pergamino y copié parte del texto en mi tablilla.
Empezaba así: “In nomine Domini amen. Hec está quedam condemnatio
corporalis et sententia condemnationis corporalis lata, data et in hiis scriptis
sententialiter pronumptiata et promulgata...” etcétera, y proseguía con una
severa descripción de los pecados y culpas del mencionado Michele, que
transcribo en parte para que el lector juzgue con prudencia:
Johannem vocatum fratrem Micchaelem Iacobi, de comitatu Sancti
Frediani, hominem male condictionis, et pessime conversationis, vite et
fame, hereticum et heretica labe pollutum et contra fidem catholicam
credentem et affirmantem. . . Deum pre oculis non habendo sed potius
humani generis inimicum, scienter, studiose, appensate, nequiter et
animo et intentione, exercendi hereticam pravitatem stetit et conversatus
fuit cum Fraticellis. vocatis Fraticellis della povera vita hereticis et
scismaticis et eorum pravam sectam et heresim secutus fuit et sequitur
contra fidem cactolicam. . . et accessit ad diccam civitatem Florentie et in
locis publicis dicte civitatis in dicta inquisitinne contentis, credidit, tenuit et
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
193
pertinaciter affirmavit ore et corde... quod Christus redentor noster non
habuit rem aliquam in proprio vel comuni sed habuit a quibuscumque
rebus quas sacra seriptura eum habuisse testatur, tantum simplicem tacti
usum.
Pero no eran éstos los únicos crímenes que se le imputaban. Y entre los
restantes había uno que me pareció feísimo, aunque no estoy seguro (tal como
se desarrolló el proceso) de que en verdad llegara a afirmar tanto, pero, en
suma, ¡se decía que aquel franciscano había sostenido que Santo Tomás de
Aquino no era santo ni gozaba de la salvación eterna, sino que estaba
condenado y hundido en la perdición! Y la sentencia concluía confirmando la
pena, pues el acusado en ningún momento había querido retractarse:
Costat nobis etiam ex predictis et ex dicta sententia lata per dictum
dominum episcopum florentinum. dictum Iohannem fore hereticum. nolle
se tantis herroribus, et heresi corrigere et emendare, et se ad rectam
viam fidei dirigere, habentes dictum Johannem pro irreducibili, pertinace
et hostinato in dictis suis perversis herroribus, nec ipse Iohannes de
dictis suis sceleribus et herroribus perversis valeat gloriari, et ut eius
pena aliis transeat in exemplum; idcirco, dictum Iohannem vocatum
fratrem Micchaelem hereticum et scismaticum quod ducatur ad locum
iustitie consuetum, et ibidem igne et flammis igneis accensis
concremetur et comburatur, ita quod penitus moriatur et anima a corpore
separetur.
Y aún después de haberse hecho pública la sentencia, acudieron a la cárcel
unos eclesiásticos para advertir a Michele de lo que sucedería, e incluso les oí
decir: “Fray Michele, ya está lista la mitra v los manteletes, y en ellos han
pintado unos fraticelli junto con unos diablos.” Querían asustarlo para conseguir
que por fin se retractara. Pero fray Michele se hincó de rodillas y dijo: “Pienso
que junto a la hoguera estará nuestro padre Francisco y, más aún, creo que
estarán Jesús y los apóstoles y los gloriosos mártires Antonio y Bartolomé” Lo
cual era una manera de rechazar por última vez las ofertas de los inquisidores.
A la mañana siguiente también yo acudí al puente del obispado, donde se
habían reunido los inquisidores, ante cuya presencia fue traído, siempre con el
cepo puesto, fray Michele. Uno de sus fieles se arrodilló ante él para recibir la
bendición. y los soldados lo prendieron y se lo llevaron en seguida a la cárcel.
Después, los inquisidores volvieron a leerle la sentencia al condenado y
volvieron a preguntarle si quería arrepentirse. Cada vez que la sentencia decía
que era un hereje, Michele respondía “hereje no soy, pecador sí, pero católico”,
y, cuando el texto decía “el venerabilísimo y santísimo papa Juan XXII" Michele
respondía “no, hereje”. Entonces el obispo ordenó a Mlichele que se arrodillase
ante él, y Michele dijo que no se arrodillaba ante herejes. Y cuando lo hicieron
arrodillar por la fuerza, murmuró: “Dios no me culpará por esto”. Y como lo
habían conducido hasta allí ataviado con todos los paramentos sacerdotales,
empezó una ceremonia en cuyo transcurso le fueron quitando uno por uno
dichos paramentos, hasta quedar sólo con esa especie de falda larga que en
Florencia llaman cioppa. Y, como es costumbre cuando se priva a un cura de la
dignidad sacerdotal, con un hierro afilado le cortaron las yemas de los dedos y
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
194
le afeitaron la cabeza. Después fue entregado al capitán y sus hombres,
quienes lo trataron con mucha rudeza y volvieron a ponerle el cepo para
llevarlo de nuevo a la cárcel, mientras él iba diciendo a la multitud: “per
Dominum moriemur”. Según me informaron, hasta el día siguiente no sería
quemado. Y en el transcurso de aquel día fueron otra vez a preguntarle si
quería confesarse y comulgar. Pero se negó a cometer pecado aceptando los
sacramentos de quien estaba en pecado. Y creo que no obró bien, porque con
ello mostró que estaba corrupto por la herejía de los patarinos.
Llegó por fin la mañana del suplicio, y fue a buscarlo un confaloniero que me
parecía persona amiga, porque le preguntó qué clase de hombre era y por qué
se empecinaba cuando era suficiente con que afirmase lo que todo el pueblo
afirmaba y aceptase la opinión de la santa madre iglesia. Pero Michele se
mantuvo más firme que nunca y dijo: “Creo en Cristo pobre crucificado”. Y el
confaloniero se marchó haciendo un ademán de impotencia. Entonces llegaron
el capitán y sus hombres, quienes cogieron a Michele y lo llevaron al patio,
donde estaba el vicario del obispo, que volvió a leerle la confesión y la
sentencia. Michele volvió a hablar para rechazar unas opinione s falsas que se
le atribuían, y en verdad eran cosas tan sutiles que no las recuerdo, y en aquel
momento tampoco pude comprenderlas del todo. Pero eran fundamentales
pues de ellas dependía, sin duda, la vida de Michele, y en general la suerte
reservada a los fraticelli. Lo cierto era que yo no alcanzaba a comprender por
qué los hombres de la iglesia y del brazo secular se ensañaban así contra unas
personas que querían vivir en la pobreza y que consideraban que Cristo no
había poseído bienes terrenales. Porq ue, decía para mí, en todo caso deberían
temer a los hombres que quieren vivir en la riqueza y apoderarse del dinero de
los otros, y sumir a la iglesia en el pecado e introducir en ella prácticas
simoníacas. Y así se lo dije a uno que estaba junto a mí¡, porque no podía
quedarme callado. Y este se sonrió y me dijo que, cuando un fraile practica la
pobreza, se convierte en un mal ejemplo para el pueblo, que acaba por
rechazar a los frailes que no la practican. Y añadió que aquella prédica de la
pobreza metía ideas malas en la cabeza de la gente, que llegaría a
enorgullecerse de su pobreza, y el orgullo puede conducir a muchos actos
orgullosos. Y acabó diciendo que yo debería saber que predicar a favor de la
pobreza de los frailes entrañaba tomar partido por el emperador y que esto no
complacía demasiado al papa; si bien me aclaró que no veía muy bien cómo se
llegaba a esa conclusión. Los argumentos me parecieron válidos, aunque los
hubiese expuesto una persona de poca cultura. Sólo que entonces ya no
comprendía por qué fray Michele quería morir de un modo tan horrendo con la
finalidad de complacer al emperador, o tal vez para dirimir una disputa entre
contrapuestas órdenes religiosas.
En efecto, alguien entre los presentes estaba diciendo: “No es un santo. Lo ha
enviado Ludovico para sembrar la discordia entre los ciudadanos. Los fraticelli
son toscanos pero detrás de ellos están los enviados del imperio.” Otros, en
cambio: “Pero si es un loco, un endemoniado, que está hinchado de orgullo y
goza con el martirio por maldita soberbia. Estos frailes leen demasiadas vidas
de santos, ¡mejor sería que se casaran!” Y otros aun: ”No, todos los cristianos
deberían ser así y estar dispuestos a dar testimonio de su fe como en la época
de los paganos.” Y mientras escuchaba aquellas voces, sin saber ya qué
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
195
pensar, de pronto volví a ver la cara del condenado, pues los que se agolpaban
delante me lo quitaban a menudo de la vista. Y vi el rostro del que mira algo
que no es de esta tierra, como a veces lo he visto en las estatuas de los santos
arrebatados en visiones místicas. Y comprendí que, ya fuera un loco o un
vidente, estaba decidido a morir porque creía que con ello derrotaría a su
enemigo, cualquiera que éste fuese. Y comprendí que su ejemplo traería la
muerte de otros muchos. Y lo único que me asombró fue su enorme firmeza,
porque aún hoy no sé si lo que en esos hombres prevalece es un amor
orgulloso de la verdad en que creen, que los lleva a morir, o bien un orgulloso
deseo de muerte, que los lleva a dar testimonio de su verdad, cualquiera que
ésta sea. Y esto me pasma de admiración y temor.
Pero volvamos al suplicio, pues ya todos se estaban dirigiendo hacia el lugar
de la ejecución.
EI capitán y sus hombres lo sacaron por la puerta, vestido con su faldilla, en
parte desabotonada, y caminaba con pasos largos y mirando al suelo, mientras
recitaba su plegaria, y parecía un mártir. Había una multitud increíble de gente
y muchos gritaban: “¡No mueras!” Y él les respondía: “Quiero morir por Cristo.”
“Pero tú no mueres por Cristo” le decían, y él replicaba: “Muero por la verdad.”
Al llegar a un sitio llamado la esquina del Procónsul, alguien le gritó que rogara
a Dios por todos ellos, y él bendijo a la muchedumbre. Y en los Fondamenti de
Santa Liperata uno le dijo: “¡Qué necio eres, cree en el papa!”, y él respondió:
“Ese papa ya es como un dios para vosotros” y añadió: “Questái vostri paperi
v'hanno ben conci” (que, como me explicaron, era un juego de palabras, o
agudeza, en dialecto toscano, donde los papas aparecían como animales). Y
todos se asombra.ron de que fuese a la muerte haciendo bromas.
En San Giovanni le gritaron: “¡Salva la vida!”, y él respóndió: “¡Salvaos de los
pecados!” En el Mercado Viejo le gritaron: “¡Sálvate, sálvate!”, y él respondió:
“¡Salvaos del infierno!” En el Mercado Nuevo le gritaron: “¡Arrepiéntete,
arrepiéntete!”, y él respondió: “¡Arrepentíos de la usura!” Y, al llegar a la Santa
Croce, vio a los frailes de su orden en la escalinata y les reprochó que no
siguieran la regla de San Franc isco. Y algunos se encogieron de hombros, pero
otros sintieron vergüenza y se cubrieron el rostro con la capucha.
Y cuando iba hacia la puerta de la Justicia muchos le dijeron: “¡Abjura, abjura,
no quieras la muerte!”, y él: “Cristo murió por nosotros." Y ellos: “Pero tú no
eres Cristo, ¡no debes morir por nosozros!”, y él “Pero quiero morir por él”. En
el prado de la Justicia uno le dijo si no podía hacer como cierto fraile superior
de su orden, que había abjurado, pero Michele respondió que aquel fraile no
había abjurado, y vi que entre la muchedumbre muchos asentían y alentaban a
Michele para que se mantuviera firme. Entonces yo y muchos otros
comprendimos que eran partidarios suyos. Y nos apartamos.
Salimos, por último, y frente a la puerta vimos la pira, o chozo, como lo llaman
allí, porque los leños forman una especie de cabañita. Y alrededor montaron
guardia unos caballeros armados, para impedir que la gente se acercase
demasiado. Y entonces cogieron a fray Michele y lo ataron al poste. Y todavía
pude oír que alguien le gritaba: “Pero, ¿qué es esto? ¿Por quién quieres
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
196
morir?”, y él respondió: “Es una verdad que hay, dentro de mí, y de la que sólo
puedo dar testimonio con mi muerte.” Encendieron el fuego. Y fray Michele, que
ya había entonado el Credo, entonó a continuación el Te Deum. Quizá llegó a
cantar ocho versículos. Después se inclinó como para estornudar y cayó al
suelo, porque se habían quemado las ligaduras. Y ya estaba muerto, porque
antes de que todo el cuerpo se queme el hombre muere por el gran calor que
hace estallar el corazón y el humo que invade el pecho.
Después ardió toda la choza, como una antorcha, y el resplandor fue muy
grande, y de no ser por el pobre cuerpo carbonizado de Michele, que aún podía
verse entre los leños incandescentes, habría dicho que estaba contemplando la
zarza ardiente. Y tan cerca estuve de tener una visión que (recordé mientras
subía a la biblioteca) espontáneamente brotaron de mis labios unas palabras
sobre el rapto extático que había leído en los libros de Santa Hildegarda: “La
llama consiste en una claridad esplendente, un vigor ingénito y un ardor ígneo,
mas la claridad esplendente la tiene para relucir, y el ardor ígneo para quemar.”
Recordé algunas frases de Ubertino sobre el amor. La imagen de Michele en la
hoguera se confundió con la de Dulcino, y la de Dulcino con la de la bella
Margherita. Volví a sentir el desasosiego que había experimentado en la
iglesia.
Traté de pasarlo por alto y avancé con decisión hacia el laberinto.
Era la primera vez que entraba solo. Las largas sombras que la lámpara
proyectaba sobre el suelo me aterraban tanto como las visiones de las otras
noches. A cada momento temía encontrarme con un nuevo espejo, porque es
tal la magia de los espejos que no dejan de inquietarte aunque sepas que se
trata de espejos.
Por lo demás. no intentaba orientarme, ni evitar la habitación de los perfumes
que producen visiones. Caminaba como afiebrado, sin saber adónde quería ir.
En realidad, no me alejé demasiado del punto de part ida, porque poco después
volví a aparecer en la sala heptagonal por la que había entrado. En una mesa
había algunos libros que me pareció no haber visto la noche anterior. Supuse
que eran obras que Malaquías había retirado del scriptorium y que aún no
había devuelto a sus lugares. No sabía a qué distancia me encontraba de la
sala de los perfumes, porque estaba un poco atontado, y quizá fuera por algún
efluvio que llegaba hasta allí, a no ser que se debiese a lo que había estado
recordando momentos antes. Abrí un volumen exquisitamente ilustrado cuyo
estilo me indujo a pensar que procedía de los monasterios de la última Tule.
En la página donde empezaba el santo evangelio del apóstol Marcos, me
impresionó la imagen de un león. Sin duda, era un león, aunque nunca había
visto yo uno de carne y hueso. El miniaturista había reproducido con fidelidad
sus rasgos, quizás inspirándose en la visión de los leones de Hibernia, tierra de
criaturas monstruosas, y me persuadí de que ese animal, como dice, por lo
demás, el Fisiólogo, reúne en sí todos los caracteres de las cosas más
horrendas al mismo tiempo más majestuosas. Así, aquella imagen evocaba
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
197
simultáneamente en mí la imagen del enemigo y la de Nuestro Señor
Jesucristo; no sabía qué clave simbólica debía usar para interpretarla, y
temblaba de pies a cabeza, no sólo por temor, sino también por el viento que
penetraba a través de las rendijas de las paredes.
E1 león que vi tenía una boca llena de dientes, y una cabeza primorosamente
cubierta de escamas, como la de las serpientes, el cuerpo, enorme, estaba
plantado sobre cuatro patas robustas cuyas zarpas exhibían unas uñas agudas
y feroces. La imagen pintada en el pergamino hacía pensar en una de aquellas
alfombras orientales que más tarde pude contemplar, donde, sobre un fondo de
escamas rojo y verde esmeralda se dibujaban, amarillos como la peste, unos
robustos y horrendos arquitrabes hechos con huesos. Amarilla era también la
cola, que se retorcía por encima del lomo hasta la cabeza, para acabar en una
última voluta rematada con mechones blancos y negros.
Ya grande era la impresión que me había producido el león (más de una vez
me había vuelto para mirar hacia atrás, como si temiese la aparición repentina
de un animal como aquél), cuando decidí mirar otros folios y, al comienzo del
evangelio de Mateo, mis ojos tropezaron con la imagen de un hombre. No sé
por qué me asusté más que al ver el león: el rostro era humano, pero el cuerpo
estaba metido en una especie de casulla rígida que llegaba hasta los pies, y
aquella casulla o coraza tenía incrustadas piedras duras de color rojo y
amarillo. Me pareció que esa cabeza, que asomaba enigmática por encima de
un castillo de rubíes y topacios, era (¡hasta qué punto el terror me hacía
blasfemar!) la del misterioso asesino cuyas huellas intangibles estábamos
siguiendo. Más tarde comprendí por qué establecía una relación tan estrecha
entre la fiera y el hambre acorazado, de una parte, y el laberinto, de la otra:
porque los dos, al igual que todas las figuras de aquel libro, emergían de una
trama que era un entrelazamiento de laberintos, donde las líneas de ónix y
esmeralda, los hilos de crisopacio, las cintas de berilo parecían aludir en su
conjunto a la maraña de salas y pasillos que me rodeaba en aquel momento.
Mis ojos se perdían, en la página, por senderos rutilantes como mis pies
estaban haciéndolo en la angustiosa sucesión de las salas, y al ver
representada en aquellos folios mi marcha errante por la biblioteca me llené de
inquietud y pensé que cada uno de esos libros contaba, con matices
secretamente burlones, la historia que yo estaba viviendo en aquel momento.
“De te fabula narratur”, dije para mí, y me pregunté si aquellas páginas no
contendrían ya la historia de los instantes que me esperaban en el futuro.
Abrí otro libro, y me pareció que procedía de la escuela hispánica. Los colores
eran violentos, los rojos parecían sangre o fuego. Era el libro de la revelación
del apóstol, y otra vez, como la noche anterior, volví a caer en la página de la
mulier amicta sole . Pero no era el mismo libro, la miniatura era distinta, aquí el
artista había pintado con más detalle las facciones de la mujer. Comparé el
rostro, los pechos, los sinuosos flancos, con la estatua de la Virgen que había
contemplado junto a Ubertino. Aunque de signo distinto, también esta mujer me
pareció bellísima. Pensé que no debía insistir en aquellos pensamientos, y
pasé algunas páginas. Encontré otra mujer, pero esa vez se trataba de la
meretriz de Babilonia. No me impresionaron tanto sus facciones como la idea
de que era una mujer como la otra, y de que sin embargo, mientras aquella era
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
198
el receptáculo de todas las virtudes, ésta era el vehículo de todos los vicios.
Pero en ambos casos los rasgos eran femeninos, y en determinado momento
ya no supe reconocer dónde estaba la diferencia. Otra vez sentí aquella
agitación interna la imagen de la Virgen que había contemplado en la iglesia se
confundió con la de la bella Margherita. “Estoy condenado'. Dije para mí. O
bien: “¡Estoy loco!” Y decidi que no podía quedarme en la biblioteca.
Por suerte estaba cerca de la escalera. Me precipité a riesgo de tropezar v
quedarme sin luz. En seguida estuve bajo las amplias bóvedas del scriptorium,
pero, sin detenerme ni un instante, me lancé por la escalera en dirección al
refectorio.
Allí me detuve. jadeante. Por las vidrieras penetraba la luz de la luna. La noche
era tan luminosa que mi lámpara, indispensable para recorrer las celdas y
pasillos de la biblioteca, resultaba casi superflua. Sin embargo, no la apagué,
como si me hiciese falta su compañía. Todavía jadeaba; pensé que beber un
poco de agua me ayudaría a recobrar la calma. Como la cocina estaba al lado,
atravesé el refectorio y abrí lentamente una de las puertas que daba a la otra
mitad de la planta baja del Edificio.
En ese momento mi terror lejos de disminuir, aumentó. Porque en seguida me
di cuenta de que había alguien en la cocina, junto al horno de pan. O al menos
me di cuenta de que en ese rincón brillaba una lámpara, de modo que,
asustadísimo, apagué la mía. Era tal mi susto que asusté al otro
(o a los otros), porque su lámpara se apagó en seguida. Pero inútilmente.
porque la luz nocturna iluminaba bastante la cocina como para dibujar ante mí,
en el suelo, una o varias sombras confusas.
Helado de miedo. no me atrevía a retroceder ni a avanzar. Oí un cuchicheo. y
me pareció escuchar, muy queda, una voz de mujer. Después, una sombra
oscura y voluminosa surgió del grupo informe que se recortaba vagamente
junto al horno, y huyó hacia la salida: la puerta, que debía de estar entornada,
se cerró tras ella.
Nos quedamos, yo parado en el umbral de la puerta que daba al refectorio, y
algo indeterminado junto al horno. Algo indeterminado y -¿cómo decirlo?-
gimiente. En efecto, desde la sombra me llegaba un gemido, como un llanto
apagado, un sollozo rítmico, de miedo.
Nada hay que infunda más valor al miedoso que el miedo ajeno: sin embargo,
no fue un impulso de valor el que hizo que me acercara a aquella sombra.
Diría, más bien, que fue un impulso de ebriedad bastante parecido al que había
experimentado en el momento de las visiones. Algo en la cocina era similar al
humo que me había sorprendido en la biblioteca la noche anterior. O quizá
fuesen sustancias diferentes, pero sus efectos sobre mis sentidos exacerbados
eran indiscernibles. Percibí un olor acre a traganta, alumbre y tártaro,
sustancias que los cocineros usaban para aromatizar el vino. O tal vez fuese
que, como supe más tarde, aquellos días estaban preparando la cerveza
(bebida bastante apreciada en aquella comarca del norte de la península), que
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
199
allí se elaboraba siguiendo la modalidad de mi país, o sea con brezo, mirto de
los pantanos y romero de estanque silvestre. Aromas que, más que mi nariz,
embriagaron mi mente.
Mi instinto racional me incitaba a gritar “vade retro!” y alejarme de la cosa
gimiente -sin duda, un súcubo que me enviaba el maligno-, pero algo en mi vis
appetitiva me impulsó hacia adelante, como si quisiese tomar parte en un
hecho prodigioso.
Así me fui acercando a la sombra, hasta que la luz nocturna, que penetraba por
los ventanales, me permitió divisar a una mujer temblorosa, que, con una
mano, apretaba un envoltorio contra su pecho, y que, llorando, retrocedía hacia
la boca del horno.
Que Dios, la Beata Virgen y todos los santos del Paraíso me asistan ahora en
el relato de lo que entonces me sucedió. E1 pudor, y la dignidad propia de mi
condición (de monje ya anciano en este bello monasterio de Melk, ámbito de
paz y de serena meditación), me aconsejarían atenerme a la más pía
prudencia. Para preservar tanto mi propia paz como la de mi lector, debería
limitarme a decir que me sucedió algo malo, pero que no es decente explicar
en qué consistió.
Pero me he comprometido a contar, sobre aquellos hechos remotos, toda la
verdad, y la verdad es indivisible, resplandece con su propia luz, y no admite
particiones dictadas por nuestros intereses y por nuestra vergüenza. EI
problema consiste más bien en contar lo que sucedió, no como lo veo y lo
recuerdo ahora (aunque todavía lo recuerde todo con implacable intensidad, sin
saber si aquellos hechos y pensamientos quedaron grabados con tanta claridad
en mi memoria por el acto de contricción que vino después, o por la
insuficiencia de este último, de modo que aún sigo torturándome, evocando en
mi mente dolorida hasta el más mínimo detalle de aquel vergonzoso
acontecimiento), sino tal como lo vi y lo sentí entonces. Y si puedo hacerlo, con
fidelidad de cronista, es porque cuando cierro los ojos, soy capaz de repetir no
sólo todo lo que en aquellos momentos hice, sino también todo lo que pensé
como si estuviese copiando un pergamino escrito en aquel momento. De modo
que así debo hacerlo, y que San Miguel Arcángel me proteja: pues para
edificación de los lectores futuros, y para flagelación de mi culpa, me propongo
cantar ahora cómo puede caer un joven en las celadas que le tiende el
demonio, para que éstas puedan quedar en evidencia y ser descubiertas, y
para que quienes cayeren en ellas puedan desbaratarlas.
Se trataba, pues, de una mujer. ¡Qué digo! De una muchacha. Como hasta
entonces mi trato con los seres de ese sexo había sido muy limitado (y gracias
a Dios siguió siéndolo en lo sucesivo), no sé qué edad podía tener. Sé que era
joven, casi adolescente, quizá tuviese dieciséis o dieciocho primaveras, o quizá
veinte, y, me impresionó la intensa, concreta, humanidad que emanaba de
aquella figura. No era una visión, y en todo caso me pareció valde bona. Tal
vez porque temblaba como un pajarillo en invierno, y lloraba, y tenía miedo de
mí.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
200
De modo que, pensando que es deber del buen cristiano socorrer al prójimo,
me acerqué con mucha suavidad, y en buen latín le dije que no debía temer
porque era un amigo, en todo caso no un enemigo, y sin duda no el enemigo,
como quizá s ella estaba temiendo.
Tal vez por la mansedumbre que irradiaba mi mirada, la criatura se calmó, y se
me acercó. Me di cuenta de que no entendía mi latín, e instintivamente le hablé
en mi lengua vulgar alemana, cosa que la asustó muchísimo, no sé si por los
sonidos duros, insólitos para la gente de aquella comarca, o porque esos
sonidos le recordaron alguna experiencia previa con soldados de mi tierra.
Entonces sonreí, porque pensé que el lenguaje de los gestos y del rostro es
más universal que el de las palabras, y se calmó. También ella me sonrió y dijo
unas palabras.
La lengua vulgar que utilizó me era casi desconocida, en todo caso era distinta
de la que había aprendido un poco en Pisa, pero por la entonación comprendí
que me decía algo agradable, y creí entender algo así como: “Eres joven, eres
hermoso...” Es muy raro que un novicio, cuya infancia haya transcurrido por
completo en un monasterio, tenga ocasión de escuchar afirmaciones acerca de
su belleza. Más aun, con frecuencia se le advierte que la belleza corporal es
algo fugaz e indigno de consideración. Pero las trampas que nos tiende el
enemigo son innumerables y confieso que aquella referencia a mi hermosura,
aunque no fuese veraz, acarició dulcemente mis oídos y me colmó de emoción.
Sobre todo porque, mientras eso decía, la muchacha extendió su mano y con
las yemas de los dedos rozó mi mejilla, por entonces aún imberbe. Sentí como
un desvanecimiento, pero en aquel momento no sospeché que podía haber
pecado alguno en todo ello. Tal es el poder del demonio, que quiere ponernos
a prueba y borrar de nuestra alma las huellas de la gracia.
¿Qué sentí? ¿Qué vi? Sólo recuerdo que las emociones del primer instante
fueron indecibles, porque ni mi lengua ni mi mente habían sido educadas para
nombrar ese tipo de sensaciones. Y así fue hasta que acudieron en mi ayuda
otras palabras interiores, oídas en otro momento y en otros sitios, y dichas, sin
duda, con otros fines, pero que me parecieron prodigiosamente adecuadas
para describir el gozo que estaba sintiendo, como si hubiesen nacido con la
única misión de expresarlo. Palabras que se habían ido acumulando en las
cavernas de mi memoria y ahora subían a la superficie (muda) de mis labios,
haciéndome olvidar que en las escrituras o n los libros de los santos habían
servido para expresar realidades mucho más esplendorosas. Pero ¿existía
realmente una diferencia entre las delicias de que habian hablado los santos y
las que mi ánimo conturbado experimentaba en aquel instante? En aquel
instante se anuló mi capacidad de percibir con lucidez la diferencia. Anulación
que, según creo, es el signo del naufragio en los abismos de la identidad.
De pronto me pareció que la muchacha era como la virgen negra pero bella de
que habla el Cantar. Llevaba un vestidito liso de tela ordinaria, que se abría de
manera bastante impúdica en el pecho, y en el cuello tenía un collar de
piedrecillas de colores, creo que de ínfimo valor. Pero la cabeza se erguía
altiva sobre un cuello blanco como una torre de marfil, los ojos eran claros
como las piscinas de Hesebón. la nariz era una torre del Líbano, la cabellera,
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
201
como púrpura. Sí, su cabellera me pareció como un rebaño de cabras, y sus
dientes como rebaños de ovejas que suben del lavadero, de a pares, sin que
ninguna adelante a su compañera. Y empecé a musitar: “¡Qué hermosa eres,
amada mía! ¡Qué hermosa eres! Tu cabellera es como un rebaño de cabras
que baja de los montes de Galaad, como cinta de púrpura son tus labios, tu
mejilla es como raja de granada, tu cuello es como la torre de David, que mil
escudos adornan.” Y consternado me preguntaba quién sería la que se alzaba
ante mí como la aurora, bella como la luna, resplandeciente como el sol,
terribilis ut castrorum acies ordinata.
Entonces la criatura se acercó aún más, arrojó a un rincón el oscuro envoltorio
que había estado apretando contra el pecho, y volvió a alzar la mano para
acariciar mi rostro, y volvió a decir las palabras que ya había dicho. Y mientras
yo no sabía si escapar de ella o acercármele aún más, mientras mi cabeza
latía como si las trompetas de Josué estuviesen a punto de derribar los muros
de Jericó, y al mismo tiempo la deseaba y tenía miedo de tocarla, ella sonrió de
gozo, lanzó un débil gemido de cabra enternecida, y soltó los lazos que
cerraban su vestido a la altura del pecho; y se quitó el vestido del cuerpo como
una túnica, y quedó ante mí como debió de haber estado Eva ante Adán en el
jardín del Edén. “Pulchra sunt ubera quae paululum superminent et tument
modice”, musité repitiendo la frase que había dicho Ubertino, porque sus senos
me parecieron como dos cervatillos, dos gacelas gemelas pastando entre los
lirios, su ombligo una copa redonda siempre colmada de vino embriagador, su
vientre una gavilla de trigo en medio de flores silvestres.
“O sidus clarum puellarum”, le grité, “o porta clausa. fons hortorum, cella custos
unguentorum, cella pigmentaria!” y sin quererlo me encontré contra su cuerpo,
sintiendo su calor, y el perfume acre de unos unguentos hasta entonces
desconocidos. Recordé: “¡Hijos, nada puede el hombre cuando llega el loco
amor!” y comprendí que, ya fuese lo que sentía una celada del enemigo o un
don del cielo, nada podía hacer para frenar el impulso que me arrastraba, y
grité: “O, langueo” y: “Causam languoris video nec caveo!” Porque además un
olor de rosas emanaba de sus labios y eran bellos sus pies en las sandalias, y
las piernas eran como columnas y como columnas también sus torneados
flancos, dignos del más hábil escultor “¡Oh, amor, hija de las delicias! Un rey ha
quedado preso en tu trenza” musitaba para mí, y caí en sus brazos, y iuntos
nos desplomamos sobre el suelo de la cocina y no sé si fue mi iniciativa o
fueron las artes de ella, pero me encontré libre de mi sayo de novicio v no
tuvimos vergüenza de nuestros cuerpos et cuncta erant bona.
Y me besó con los besos de su boca, y sus amores fueron más deliciosos que
el vino, y delicias para el olfato eran sus perfumes. y era hermoso su cuello
entre las perlas y sus mejillas entre los pendientes, qué hermosa eres, amada
mía, qué hermosa eres, tus ojos son palomas (decía) muestrame tu cara, deja
que escuche tu voz, porque tu voz es armoniosa y tu cara encantadora, me has
enloquecido de amor, hermana mía, ha bastado una mirada, uno solo de tus
collares, para enloquecerme, panal que rezuma son tus labios, tu lengua
guarda tesoros de miel y de leche, tu aliento sabe a manzanas, tus pechos a
racimos de uva, tu paladar escancia un vino exquisito que se derrama entre los
dientes y los labios embriagando en un instante mi corazón enamorado...
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
202
Fuente en su jardín, nardo y azafrán, canela y cinamorno, mirra y aloe, comía
mi panal y mi miel, bebía mi vino y mi leche, ¿quién era? ¿Quién podía ser
aquella que surgía como la aurora, hermosa como la luna, resplandeciente
como el sol, terrible como un escuadrón con sus banderas?
¡Oh, Señor!, cuando el alma cae en éxtasis, la única virtud reside en amar lo
que se ve (¿verdad?), la máxima felicidad reside en tener lo que se tiene,
porque allí la vida bienaventurada se bebe en su misma fuente (¿acaso no está
dicho?), porque allí se saborea la vida verdadera que después de ésta mortal,
nos tocar vivir junto a los ángeles en la eternidad. . . Esos eran mis
pensamientos, y me parecía que por fin se estaban cumpliendo las profecías,
mientras la muchacha me colmaba de goces indescriptibles, y era como si todo
mi cuerpo fuese un ojo por delante y por detrás, y pudiese ver al mismo tiempo
todo lo que había alrededor. Y comprendí. Que de allí, del amor, surgen al
mismo tiempo la unidad y la suavidad y el bien y el beso y el abrazo, como ya
había oído decir creyendo que me hablaban de algo distinto. Y sólo en un
momento, mientras mi goce estaba por tocar el cenit, pensé que quizás estaba
siendo poseído, y de noche, por el demonio meridiano, obligado por fin a
revelar su verdadera naturaleza demoníaca al alma en éxtasis que le pregunta
“¿quién eres?” él, que sabe arrebatar el alma y engañar al cuerpo. Pero en
seguida me convencí de que las diabólicas eran mis vacilaciones, porque nada
podía ser más justo, más bueno, más santo que lo que entonces estaba
sintiendo, con una suavidad que crecía por momentos. Como la ínfima gota de
agua, que al mezclarse con el vino desaparece y adquiere el color y el sabor
del vino, como el hierro incandescente, que se vuelve casi indiscernible del
fuego y pierde su forma primitiva, como el aire inundado por la luz del sol, que
se transforma en supremo resplandor y se funde en idéntica claridad, hasta el
punto de no parecer iluminado, sino él mismo luz iluminante, así me sentía yo
morir en tierna licuefacción, sólo con fuerzas para musitar las palabras del
salmo: “Mi pecho es como vino nuevo, sin respiradero, que rompe odres
nuevos”, y de pronto vi una luz enceguecedora y en medio una forma del color
del zafiro que ardía con un fuego esplendoroso y muy suave, y esa luz brillante
se irradió a través del fuego esplendoroso, y ese fuego esplendoroso a través
de la forma rutilante, y esa luz enceguecedora junto con el fuego esplendoroso
a través
de toda la forma.
Mientras, casi desmayado, caía sobre el cuerpo al que me acababa de unir,
comprendí, en un último destello de lucidez, que la llama consiste en una
claridad esplendente, un vigor ingénito y un ardor ígneo, mas la claridad
esplendente la tiene para relucir y el ardor ígneo para quemar. Después
comprendí qué abismo de abismos esto entrañaba.
Ahora que, con mano temblorosa (no sé si por horror del pecado que estoy
evocando, o por añoranza pecaminosa del hecho que rememoro) escribo estas
líneas, advierto que, para describir aquel éxtasis abominable, he utilizado las
mismas palabras que, pocas páginas más arriba, utilicé para describir el fuego
en que se consumía el cuerpo martirizado del hereje Michele. No es casual que
mi mano, fiel ejecutora de los designios del alma, haya trazado las mismas
palabras para expresar dos experiencias tan disímiles, porque probablemente
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
203
entonces, cuando las viví, me impresionaron de la misma manera, como han
vuelto a hacerlo hace un momento, cuando intentaba revivirlas en el
pergamino. Hay un arte secreto que permite nombrar con palabras análogas
fenómenos distintos entre sí: es el arte por el cual las cosas divinas pueden
nombrarse con nombres de cosas terrenales, y así, mediante símbolos
equívocos, puede decirse que Dios es león o leopardo, que la muerte es
herida, el goce llama, la llama muerte, la muerte abismo, el abismo perdición, la
perdición deliquio y el deliquio pasión.
¿Por qué, para nombrar el éxtasis de muerte que me había impresionado en el
mártir Michele, usaba las palabras a que había re currido la santa para nombrar
el éxtasis (divino) de vida, y por qué sólo podía valerme de esas mismas
palabras para nombrar el éxtasis (pecaminoso y efímero) de goce terreno, que
en seguida se había convertido también en sentimiento de muerte y
aniquilación? Era un muchacho entonces, pero en este momento trato de
reflexionar no sólo sobre la forma en que, a pocos meses de distancia, viví dos
experiencias igualmente excitantes y dolorosas, sino también sobre la forma en
que, aquella noche en la abadía, a pocas horas de distancia, por la memoria y
los sentidos, evoqué una y aprehendí la otra, y además sobre la forma en que,
hace un momento, al redactar estas líneas, he vuelto a vivirlas, y sobre el
hecho de que, las tres veces, su exgresión íntima haya consistido en las
palabras nacidas de la experiencia distinta de un alma santa que sentía cómo
iba aniquilándose en la visión de la divinidad. ¿No habré blasfemado (entonces,
ahora)? ¿Qué había de común entre el deseo de muerte de Michele, el rapto
que sentí al verlo arder en la hoguera, el deseo de unión carnal que sentí con la
muchacha, el místico pudor que me indujo a traducirlo en forma alegórica, y
aquel deseo de gozosa aniquilación que incitaba a la santa a morir de su propio
amor para vivir más eternamente? ¿Es posible que cosas tan equívocas se
digan de una manera tan unívoca? Sin embargo, parecería que esto es lo que
nos enseñan los más sabios doctores: omnis ergo figura tanto evidentius
veritatem demonstrat quanto apertius per dissimilem similitudinem figuram se
esse et non veritatem probat. Pero. si el amor por el fuego y e1 abismo son
figura del amor por Dios, ¿pueden ser también figura del amor por la muerte y
del amor por el pecado? Sí, como el león y la serpiente son a1 mismo tiempo
figura de Cristo y del demonio. Lo que sucede es que la justeza de la
interpretación sólo puede establecerse recurriendo a la autoridad de los padres,
y en el caso que me atormenta no existe una auctoritas a la que mi mente dócil
pueda remitirse, y la duda me abrasa (¡y otra vez la figura del fuego interviene
para definir el vacío de verdad y la plenitud del error que me aniquilan!). ¿Qué
sucede. Señor en mi alma, ahora que me dejo atrapar por el torbellino de los
recuerdos, desencadenando esta conflagración de épocas diferentes, como si
estuviese por alterar el orden de los astros y la secuencia de sus movimientos
celestes? Sin duda, transgredo los límites de mi inteligencia enferma y
pecadora. ¡Animo!, retomemos la tarea que humildemente me he propuesto.
Estaba hablando de lo que sucedió aquel día y de la confusión total de los
sentidos en que me hundí. Ya está , he dicho lo que recordé entonces: que a
eso se limite mi débil pluma de cronista fiel y veraz.
Permanecí tendido, no sé por cuánto tiempo, junto a la muchacha. Con un
movimiento muy leve, su mano seguía tocando por sí sola mi cuerpo, bañado
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
204
ahora de sudor. Sentía yo un regocijo interior, que no era paz, sino como un
rescoldo, como fuego que perdura bajo la ceniza cuando la llama está ya
muerta. No dudaría en llamar bienaventurado (murmuré como en sueños) a
quien le fuera concedido sentir algo similar, aunque sólo pocas veces (y de
hecho aquella fue la única ocasión en que lo sentí), en esta vida, y sólo a toda
prisa, y sólo por un instante. Como si ya no existiésemos, como si hubiésemos
dejado por completo de sentirnos nosotros mismos, como rendidos,
aniquilados, y si algún mortal (decía para mí) pudiera probar lo que he probado,
rechazaría de inmediato este mundo perverso, se sentiría confundido por la
maldad de la vida cotidiana, sentiría el peso del cuerpo mortal. . . ¿No era eso
lo que me habían enseñado? Aquel impulso de mi alma toda a perderse en la
beatitud era, sin duda (ahora lo comprendía), la irradiación del sol eterno, y por
el goce que éste produce el hombre se abre, se ensancha, se agranda. y en su
interior se abre una garganta vida que después resulta muy difícil volver a
cerrar, tal es la herida que abre la espada del amor, y nada hay aquí abajo más
dulce y más terrible. Pero tal es el derecho del sol, sus rayos son flechas que
van a clavarse en el herido, y las llagas se agrandan, y el hombre se abre y se
dilata, y hasta sus venas estallan, v sus fuerzas ya no pueden ejecutar las
órdenes que reciben y sólo obedecen al deseo, el alma arde abismada en el
abismo de lo que está tocando, mientras siente que su deseo y su verdad son
superados por la realidad que ha vivido y sigue viviendo.
Y al llegar a este punto, uno asiste estupefacto a su propio desvanecimiento.
Inmerso en esas sensaciones de inenarrable goce interior, me adormecí
Cuando, poco más tarde. volví a abrir los ojos, la luz de la noche, quizá debido
a la presencia de alguna nube, era mucho menos intensa. Tendí la mano hacia
un lado y no sentí el cuerpo de la muchacha. Volví la cabeza: ya no estaba.
La ausencia del objeto que había desencadenado mi deseo y saciado mi sed,
me hizo ver de golpe tanto la vanidad de ese deseo como la perversidad de
esa sed. Omne animal triste post coitum. Adquirí conciencia del hecho de que
había pecado. Ahora, después de tantos y tantos años, mientras sigo llorando
amargamente mi falta, no puedo olvidar que aquella noche sentí un goce muy
intenso, y ofendería al Altísimo, que ha creado todas las cosas en bondad y en
belleza, si no admitiese que incluso en aquella historia de dos pecadores
sucedió algo que de por sí, naturaliter, era bueno y bello. Cuando lo que
debería yo hacer sería pensar en la muerte, que se acerca. Pero entonces era
joven, y no pensé en la muerte, sino que, copiosa y sinceramente, lloré por mi
pecado.
Me levanté temblando, porque, además, había estado mucho tiempo sobre las
gélidas losas de la cocina y tenía el cuerpo aterido. Me vestí con la sensación
de estar afiebrado. Entonces divisé en un rincón el envoltorio que la muchacha
había abandonado al huir. Me incliné para examinarlo: era una especie de lío
de tela enrollada, y parecía proceder de la cocina. Lo abrí y al principio no
reconocí su contenido, ya sea por falta de luz o por su forma informe. Después
comprendí: entre coágulos de sangre y jirones de carne más fláccida y
blancuzca, surcado de lívidos nervios, lo que mis ojos contemplaban, ya muerto
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
205
pero aún palpitante de vida -la vida gelatinosa de las vísceras muertas-, era un
corazón de gran tamaño.
Un velo oscuro cayó sobre mis ojos, una saliva acídula me llenó la boca. Lancé
un grito y me desplomé como se desploma un cuerpo muerto.
Tercer dia
NOCHE
Donde Adso, trastornado, se confiesa a Guillermo y medita sobre la función de
la mujer en el plan de la creación, pero después descubre el cadáver de un
hombre
Cuando volv¡ en mí, alguien estaba mojándome la cara. Era fray Guillermo.
Tenía una lámpara y me había puesto algo bajo la cabeza.
-¿Qué ha sucedido, Adso -me preguntó-, para que andes de noche por la
cocina robando despojos?
En pocas palabras: Guillermo se había despertado, había ido a buscarme no sé
por qué razón, y al no encontrarme había sospechado que estaba haciendo
alguna bravata en la biblioteca. Cuando se acercaba al Edificio por el lado de la
cocina, había visto una sombra que salía en dirección al huerto (era la
muchacha que se alejaba, quizá porque había oído que alguien venía). Había
tratado de reconocerla y de seguir sus pasos, pero ella (o sea, lo que para él
era una sombra) había llegado hasta la muralla y había desaparecido.
Entonces Guillermo -después de explorar los alrededores- había entrado en la
cocina y me había descubierto inconsciente.
Cuando, todavía aterrorizado, le señalé el envoltorio que contenía el corazón, y
balbucí algo acerca de un nuevo crimen, se echó a reír:
-¡Pero Adso! ¿Qué hombre tendría un corazón tan grande? Es un corazón de
vaca, o de buey; justo hoy han matado un animal. Mejor explícame cómo se
encuentra en tus manos.
Oprimido por los remordimientos y atolondrado, además, por el terror, no pude
contenerme y prorrumpí en sollozos, mientras le pedía que me administrase el
sacramento de la confesión. Así lo hizo y le conté todo sin ocultarle nada.
Fray Guillermo me escuchó con mucha seriedad, pero con una sombra de
indulgencia. Cuando hube acabado, adoptó una expresión severa y me dijo:
-Sin duda, Adso, has pecado, no sólo contra el mandamiento que te obliga a no
fornicar, sino también contra tus deberes de novicio. En tu descargo obra la
circunstancia de que te has visto en una de aquellas situaciones en las que
hasta un padre del desierto se habría condenado. Y sobre la mujer como fuente
de tentación ya han hablado bastante las escrituras. De la mujer dice el
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
206
Eclesiastés que su conversación es como fuego ardiente, y los Proverbios
dicen que se apodera de la preciosa alma del hombre, y que ha arruinado a los
más fuertes. Y también dice el Eclesiastés: Hallé que es la mujer más amarga
que la muerte y lazo para el corazón, y sus manos, ataduras. Y otros han dicho
que es vehículo del demonio. Aclarado esto, querido Adso, no logro
convencerme de que Dios haya querido introducir en la creación un ser tan
inmundo sin dotarlo al mismo tiempo de alguna virtud. Y me resulta inevitable
reflexionar sobre el hecho de que El les haya concedido muchos privilegios y
motivos de consideración, sobre todo tres muy importantes. En efecto, ha
creado al hombre en este mundo vil, y con barro, mientras que a la mujer la ha
creado en un segundo momento, en el paraíso, y con la noble materia humana.
Y no la ha hecho con los pies o las vísceras del cuerpo de Adán, sino con su
costilla. En segundo lugar, el Señor, que todo lo puede, habría podido
encarnarse directamente en un hombre, de alguna manera milagrosa, pero, en
cambio, prefirió vivir en el vientre de una mujer, signo de que ésta no era tan
inmunda. Y cuando apareció después de la resurrección, se le apareció a una
mujer. Por último, en la gloria celeste ningún hombre será rey de aquella patria,
pero sí habrá una reina, una mujer que jamás ha pecado. Por tanto, si el Señor
ha tenido tantas atenciones con la propia Eva y con sus hijas, ¿es tan anorque
también nosotros nos sintamos atraídos por las gracias y la nobleza de ese
sexo? Lo que quiero decirte,
Adso, es que, sin duda, no debes volver a hacerlo, pero que tampoco es tan
monstruoso que hayas caído en la tentacion. Y, por otra parte, que un monje, al
menos una vez en su vida, haya experimentado la pasión carnal, para, llegado
el momento, poder ser indulgente y comprensivo con los pecadore s a quienes
deberá aconsejar y confortar... pues bien, querido Adso, es algo que no debe
desearse antes de que suceda, pero que tampoco conviene vituperar una vez
sucedido. Así que, ve con Dios, y no hablemos más de esto. En cambio, para
no pensar demasiado en algo que mejor será olvidar, si es que lo logras -y me
pareció que en aquel momento su voz vacilaba, como ahogada por una
emoción muy profunda-, preguntémonos qué sentido tiene lo que ha sucedido
esta noche. ¿Quién era esa muchacha y con quién tenía cita?
-Eso sí que no lo sé, y no he visto al hombre que estaba con ella.
-Bueno, pero podemos deducir quién era basándonos en una serie de indicios
inequívocos. Ante todo, era un hombre feo y viejo, con el que una muchacha no
va de buena gana, sobre todo si es tan hermosa como la describes, aunque me
parece, querido lobezno, que en la siuación en que te encontrabas cualquier
bocado te habría sabido exquisito.
-¿Por qué feo y viejo?
-Porque la muchacha no iba con él por amor, sino por un paquete de riñone s.
Sin duda se trataba de una muchacha de la aldea, que, quizás no por primera
vez, se
entregaba a algún monje lujurioso por hambre, obteniendo como recompensa
algo en que hincar el diente, ella y su familia.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
207
-¡Una meretriz! -exclamé horrorizado.
-Una campesina pobre, Adso. Probablemente, con herianitos que alimentar. Y
que, si pudiera hacerlo, se entregaría por amor, y no por lucro. Como lo ha
hecho esta noche. En efecto, me dices que te ha encontrado joven y hermoso,
y que te ha dado gratis y por amor lo que a otros, en-cambio, habría dado por
un corazón de buey y unos trozos de pulmón. Y tan virtuosa se ha sentido por
su entrega gratuita, tan aliviada, que ha huido sin tomar nada a cambio. Por
esto, pues, pienso que el otro, con quien te ha comparado, no era joven ni
hermoso.
Confieso que, por hondo que fuese mi arrepentimiento, aquella explicación me
llenó de un orgullo muy agradable, pero callé, y dejé que mi maestro
prosiguiera.
-Ese viejo repelente debía de ser alguien que, por alguna razón vinculada con
su oficio, pudiera bajar a la aldea y tener contacto con los campesinos. Debía
de conocer la manera de hacer entrar y salir gente por la muralla. Además,
debía saber que en la cocina estarían estos despojos (probablemente, mañana
dirían que, como la puerta había quedado abierta, un perro había entrado y se
los había comido). Por último, debía de tener algún sentido de la economía, y
cierto interés en que la cocina no se viese privada de vituallas más preciosas,
porque, si no, le habría dado un bistec u otro trozo más exquisito. Como ves, la
imagen de nuestro desconocido se perfila con mucha claridad, y todas estas
propiedades, o accidentes, convienen perfectamente a una sustancia que me
atrevería a definir como nuestro cillerero, Remigio da Varagine. 0, si me
equivocara, como nuestro misterioso Salvatore. Quien, además, por ser de esta
región, sabe hablar bastante bien con la gente del lugar, y sabe cómo
convencer a una muchacha para que haga lo que quería hacerle hacer, si no
hubieses llegado tú.
-Sin duda, así es -dije convencido-. Pero ¿para qué nos sirve saberlo ahora?
-Para nada, y para todo. El episodio puede estar o no relacionado con los
crímenes que investigamos. Además, si el cillerero ha sido dulciniano, una cosa
explica la otra, y viceversa. Y, por último, ahora sabemos que, de noche, esta
abadía es escenario de múltiples y agitados acontecimientos. Quién sabe si
nuestro cillerero, o Salvatore, que con tanto desenfado la recorren en la
oscuridad, no sabrán acaso más de lo que dicen.
-Pero ¿nos lo dirán a nosotros?
-No, si nos andamos con contemplaciones y pasamos por alto sus pecados.
Pero, en caso de que debiéramos averiguar algo a través de ellos, ahora
sabemos cómo convencerlos de que hablen. Con otras palabras, en caso de
necesidad, el cillerero o Salvatore estarán en nuestro poder, y que Dios nos
perdone esta prevaricación, puesto que tantas otras cosas perdona -dijo, y me
miró con malicia, y yo no tuve ánimo para comentar la justicia o injusticia de
sus consideraciones.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
208
-Y ahora deberíamos irnos a la cama, porque sólo falta una hora para maitines.
Pero te veo todavía agitado, pobre Adso, todavía atemorizado por el pecado
que has cometido.... Nada como un buen alto en la iglesia para relajar el ánimo.
Por mi parte, te he absuelto, pero nunca se sabe. Ve a pedirle confirmación al
Señor.
Y me dio una palmada bastante enérgica en la cabeza, quizá como prueba de
viril y paternal afecto, o como indulgente penitencia. 0 quizá (como
pecaminosamente pensé en aquel momento) por una especie de envidia
benigna, natural en un hombre sediento como él de experiencias nuevas e
intensas.
Nos dirigimos a la iglesia por nuestro camino habitual, que yo atravesé a toda
prisa y con los ojos cerrados, porque aquella noche todos aquellos huesos me
recordaban demasiado que también yo era polvo, y lo insensato que había sido
el acto orgulloso de mi carne.
Al llegar a la nave, divisamos una sombra ante el altar mayor. Creí que todavía
era Ubertino. Pero era Alinardo, que en un primer momento no nos reconoció.
Dijo que como ya no podía dormir, había decidido pasar la noche rezando por
el joven monje desaparecido (ni siquiera se acordaba -del nombre). Rezaba por
su alma, en caso de que estuviera muerto, y por su cuerpo, si es que yacía
enfermo o solo en algún sitio.
-Demasiados muertos -dijo-, demasiados muertos... Pero estaba escrito en el
libro del apóstol. Con la primera trompeta, el granizo; con la segunda, la tercera
parte del mar se convierte en sangre... La tercera trompeta anuncia la caída de
una estrella ardiente sobre la tercera parte de los ríos y fuentes. Y os digo que
así ha desaparecido nuestro tercer hermano. Y temed por el cuarto, porque
será herida la tercera parte del sol, y de la luna y las estrellas, de suerte que la
oscuridad será casi completa...
Mientras salíamos del transepto, Guillermo se preguntó si no habría alguna
verdad en las palabras del anciano.
-Pero -le señalé-, eso supondría que una sola mente diabólica, guiándose por
el Apocalipsis, ha premeditado las tres muertes, suponiendo que también
Berengario esté muerto. Sin embargo, sabemos que la de Adelmo fue
voluntaria.
-Así es -dijo Guillermo-, aunque la misma mente diabólica, o enferma, podría
haberse inspirado en la muerte de Adelmo para organizar en forma simbólica
las otras dos. En tal caso, Berengario debería de estar en un río o en una
fuente. Y en la abadía no hay ríos ni fuentes, al menos no lo bastante
profundos para que alguien pueda ahogarse o ser ahogado...
-Sólo hay baños -dije casi al azar.
-¡Adso! -exclamó Guillermo-. ¿Sabes que puede ser una idea? ¡Los baños!
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
209
-Pero ya los habrán revisado...
-Esta mañana he observado a los servidores mientras buscaban. Han abierto la
puerta del edificio de los baños y han echado una ojeada general, pero no han
hurgado, porque entonces no pensaban que debían buscar algo oculto, y
esperaban encontrarse con un cadáver que yaciese teatralmente en alguna
parte, como el de Venancio en la tinaja... Vayamos a echar un vistazo. Todavía
está oscuro, y creo que nuestra lámpara tiene aún buena llama.
Así lo hicimos. Nos resultó fácil abrir la puerta del edificio de los baños, junto al
hospital.
Ocultas entre sí por amplias cortinas, había una serie de bañeras, no recuerdo
cuántas. Los monjes las usaban para su higiene los días que fijaba la regla, y
Severino las usaba por razones terapéuticas, porque nada mejor que un baño
para calmar el cuerpo y la mente. En un rincón había una chimenea que
permitía calentar el agua sin dificultad. Vimos que estaba sucia de cenizas
recientes, y ante ella había un gran caldero volcado. El agua se sacaba de la
fuente que había en un rincón.
Miramos en las primeras bañeras, que estaban vacías. Sólo la última, oculta
tras una cortina, estaba llena, y junto a ella se veían, en desorden, unas ropas.
A primera vista, a la luz de nuestra lámpara, sólo vimos la superficie calma del
líquido. Pero, cuando la iluminamos desde arriba, vislumbramos en el fondo,
exánime, un cuerpo humano, desnudo. Lentamente, lo sacamos del agua: era
Berengario. Como dijo Guillermo, su rostro sí era el de un ahogado. Las
facciones estaban hinchadas. El cuerpo, blanco y fofo, sin pelos, parecía el de
una mujer, salvo por el espectáculo obsceno de las fláccidas partes pudendas.
Me ruboricé, y después tuve un estremecimiento. Me persigné, mientras
Guillermo bendecía el cadáver.

Ad blocker interference detected!


Wikia is a free-to-use site that makes money from advertising. We have a modified experience for viewers using ad blockers

Wikia is not accessible if you’ve made further modifications. Remove the custom ad blocker rule(s) and the page will load as expected.

Also on FANDOM

Random Wiki