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CUARTO DIA
Cuarto día
LAUDES
Donde Guillermo y Severino examinan el cadáver de Berengario y descubren
que tiene negra la lengua, cosa rara en un ahogado. Después hablan de
venenos muy dañinos
y de un robo ocurrido hace años
No me detendré a describir cómo informamos al Abad, cómo toda la abadía se
despertó antes de la hora canónica, los gritos de horror, el espanto y el dolor
pintados en todos los rostros, cómo se propagó la noticia entre todos los
habitantes de la meseta, mientras los servidores se persignaban y
pronunciaban conjuros. No sé si aquella manana el primer oficio se celebró de
acuerdo con las reglas, ni quiénes participaron en él. Yo seguí a Guillermo y a
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Severino, que hicieron envolver el cuerpo de Berengario y ordenaron que lo
colocasen sobre una mesa del hospital.
Una vez que el Abad y los demás monjes se hubieron alejado, el herbolario y
mi maestro examinaron atentamente el cadáver, con la frialdad propia de los
médicos.
-Ha muerto ahogado -dijo Severino-, de eso no hay duda. El rostro está
hinchado, el vientre tenso...
-Pero no ha sido otro quien lo ha ahogado -observó Guillermo-, porque se
habría resistido a la violencia del homicida y hubiésemos encontrado huellas de
agua alrededor de la bañera. En cambio, todo estaba limpio y en orden, como
si Berengario hubiese calentado el agua, hubiera llenado la bañera y se
hubiese tendido en ella por su propia voluntad.
-Esto no me sorprende -dijo Severino-. Berengario sufría de convulsiones, y yo
mismo le dije más de una vez que los baños tibios son buenos para calmar la
excitación del cuerpo y del alma. En varias ocasiones me pidió autorización
para entrar en los baños. Bien pudiera haber hecho eso esta noche...
-La anterior -observó Guillermo-, porque, como puedes ver, este cuerpo ha
estado al menos un día en el agua...
-Es posible que haya sucedido la noche anterior -admitió Severino.
Guillermo lo puso parcialmente al tanto de los acontecimientos de aquella
noche. No le dijo que habíamos entrado a escondidas en el scriptorium, pero,
sin revelarle todos los detalles, le dijo que habíamos perseguido a una sombra
misteriosa que nos había quitado un libro. Severino comprendió que Guillermo
sólo le estaba contando parte de la verdad, pero no indagó más. Observó que
la agitación de Berengario, suponiendo que fuese aquel ladrón misterioso,
podía haberlo inducido a buscar la tranquilidad en un baño reconfortante.
Berengario, dijo, era de naturaleza muy sensible, a veces una contrariedad o
una emoción le provocaban temblores, sudores fríos, se le ponían los ojos en
blanco y caía al suelo escupiendo una baba blancuzca.
-En cualquier caso -dijo Guillermo-, antes de venir aquí estuvo en alguna otra
parte, porque en los baños no he visto el libro que robó.
-Sí -confirmé con cierto orgullo-, he levantado la ropa que dejó junto a la bañera
y no he visto huellas de ningún objeto voluminoso.
-Muy bien -dijo Guillermo sonriéndome-. Por tanto, estuvo en alguna otra parte.
Después, podemos seguir suponiendo, para calmar su agitación, y quizá
también para sustraerse a nuestra búsqueda, entró en los baños y se metió en
el agua. Severino: ¿te parece que el mal que le aquejaba era suficiente para
que perdiera el sentido y se ahogara?
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-Quizá -respondió Severino dudando-. Por otra parte, si todo sucedió hace dos
noches, podría haber habido agua alrededor de la bañera, y luego haberse
secado. 0 sea que no podemos excluir la posibilidad de que lo hayan metido a
la fuerza en el agua.
-No --dijo Guillermo-. ¿Alguna vez has visto que la víctima de un asesino se
quite la ropa antes de que éste proceda a ahogarla?
Severino sacudió la cabeza, como si aquel argumento ya no fuese pertinente.
Hacía un momento que estaba examinando las manos del cadáver:
-Esto sí que es curioso... ---dijo.
-¿Qué?
-El otro día observé las manos de Venancio, una vez que su cuerpo estuvo
limpio de manchas de sangre, y observé un detalle al que no atribuí demasiada
importancia. Las yemas de dos dedos de su mano derecha estaban oscuras,
como manchadas por una sustancia de color negro. Igual que las yemas de
estos dos dedos de Berengario, ¿ves? En este caso, aparecen también
algunas huellas en el tercer dedo. En aquella ocasión pensé que Venancio
había tocado tinta en el scriptorium.
-Muy interesante ---observó Guillermo pensativo, mientras examinaba mejor los
dedos de Berengario. Empezaba a clarear, pero dentro la luz todavía era muy
débil; se notaba que mi maestro echaba de menos sus lentes-. Muy interesante
-repitió-. El índice y el pulgar están manchados en la s yemas, el medio sólo en
la parte interna, y mucho menos. Pero también hay huellas, más débiles, en la
mano izquierda, al menos en el índice y el pulgar.
-Si sólo fuese la mano derecha, serían los dedos de alguien que sostiene una
cosa pequeña, o una cosa larga y delgada...
-Como un estilo. 0 un alimento. 0 un insecto. 0 una serpiente. 0 una custodia. 0
un bastón. Demasiadas cosas. Pero como también hay signos en la otra mano,
podría tratarse igualmente de una copa: la derecha la sostiene con firmeza
mientras la izquierda colabora sin hacer tanta fuerza...
Ahora Severino estaba frotando levemente los dedos del muerto, pero el color
oscuro no desaparecía. Observé que se había puesto un par de guantes:
probablemente los utilizaba para manipular sustancias venenosas. Olfateaba,
pero no olía nada.
-Podría mencionarte muchas sustancias vegetales (e incluso minerales) que
dejan huellas de este tipo. Algunas letales, otras no. A veces los miniaturistas
se ensucian los dedos con polvo de oro...
-Adelmo era miniaturista ---dijo Guillermo-. Supongo que al ver su cuerpo
destrozado no se te ocurrió examinarle los dedos. Pero estos otros podrían
haber tocado algo que perteneció a Adelmo.
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-No sé qué decir --comentó Severino-. Dos muertos, ambos con los dedos
negros. ¿Qué deduces de ello?
-No deduzco nada: nihil sequitur geminis ex particularibus unquam. Sería
preciso reducir ambos casos a una regla común. Por ejemplo: existe una
sustancia que ennegrece los dedos del que la toca...
Completé triunfante el silogismo:
-Venancio y Berengario tienen los dedos manchados de negro, iergo han
tocado esa sustancia!
-Muy bien, Adso -d.ijo Guillermo---, lástima que tu silogismo no sea válido,
porque aut semel aut itermn medium generaliter esto, y en el silogismo que
acabas de completar el término medio no resulta nunca general. Signo de que
no está bien elegida la premisa mayor. No debería decir: todos los que tocan
cierta sustancia tienen los dedos negros, pues podrían existir personas que
tuviesen los dedos negros sin haber to cado esa sustancia. Debería decir: todos
aquellos y sólo aquellos que tienen los dedos negros han tocado sin duda
determinada sustancia. Venancio, Berengario, etcétera. Con lo que tendríamos
un Dar¡¡, o sea un impecable tercer silogismo de primera figura.
-¡Entonces tenemos la respuesta! --exclamé entusiasmado.
-¡Ay, Adso, qué confianza tienes en los silogismos! Lo único que tenemos es,
otra vez, la pregunta. Es decir, hemos supuesto que Venancio y Berengario
tocaron lo mismo, hipótesis por demás razonable. Pero una vez que hemos
imaginado una sustancia que se distingue de todas las demás porque produce
ese resultado (cosa que aún está por verse), seguimos sin saber en qué
consiste, dónde la encontraron y por qué la tocaron. Y, atención, tampoco
sabemos si la sustancia que tocaron fue la que los condujo a la muerte. Supón
que un loco quisiera matar a todos los que tocasen polvo de oro. ¿Diremos que
el que mata es el polvo de oro?
Me quedé confundido. Siempre había creído que la lógica era un arma
universal, pero entonces descubrí que su validez dependía del modo en que se
utilizaba. Por otra parte, al lado de mi maestro había podido descubrir, y con el
correr de los días habría de verlo cada vez más claro, que la lógica puede ser
muy útil si se sabe entrar en ella para después salir.
Mientras tanto, Severino, que no era un buen lógico, estaba reflexionando
sobre la base de su propia experiencia:
-El universo de los venenos es tan variado como variados son los misterios de
la naturaleza -dijo. Señaló una serie de vasos y frascos que ya habíamos
tenido ocasión de admirar, dispuestos en orden, junto a una cantidad de libros,
en los anaqueles que estaban adosados a las paredes-. Como ya te he dicho,
con muchas de estas hierbas, debidamente preparadas y dosificadas, podrían
hacerse bebidas y ungüentos mortales. Ahí tienes: datura stramonium,
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belladona, cicuta... pueden provocar somnolencia, excitación, o ambas cosas.
Administradas con cautela son excelentes medicamentos, pero en dosis
excesivas provocan la muerte.
-¡Pero ninguna de esas sustancias dejaría signos en los dedos!
-Creo que ninguna. Además hay sustancias que sólo son peligrosas cuando se
las ingiere, y otras que, por el contrario, actúan a través de la piel. El eléboro
blanco puede provocar vómitos a la persona que lo coge para arrancarlo de la
tierra. La ditaína y el fresnillo, cuando están en flor, embriagan a los jardineros
que los tocan, como si éstos hubiesen bebido vino. El -eléboro negro provoca
diarreas con sólo tocarlo. Otras plantas producen palpitaciones en el corazón,
otras en la cabeza. Hay otras que dejan sin voz. En cambio, el veneno de la
víbora, aplicado sobre la piel, sin que penetre en la sangre, sólo produce una
ligera irritación... Pero en cierta ocasión me mostraron una poción que , aplicada
en la parte interna de los muslos de un perro, cerca de los genitales, provoca
en breve plazo la muerte del animal, que se debate en atroces convulsiones
mientras sus miembros se van poniendo rígidos...
-Sabes mucho de venenos -observó Guillermo con un tono que parecía de
admiración.
Severino lo miró fijo, y sostuvo su mirada durante unos instantes:
-Sé lo que debe saber un médico, un herbolario, una persona que cultiva las
ciencias de la salud humana.
Guillermo se quedó un buen rato pensativo. Después rogó a Severino que
abriese la boca del cadáver y observara la lengua. Intrigado, Severino cogió
una espátula fina, uno de los instrumentos de su arte médica, e hizo lo que le
pedían. Lanzó un grito de estupor:
-¡La lengua está negra!
-De-modo que es así -murmuró Guillermo-. Cogió algo con los dedos y lo
tragó... Esto elimina los venenos que has citado primero, los que matan a
través de la piel. Sin embargo, no por ello nuestras inducciones se simplifican.
Porque ahora debemos pensar que, tanto en su caso como en el de Venancio,
se trata de un acto voluntario, no casual, no debido a alguna distracción o
imprudencia, ni inducido por Ia fuerza. Ambos cogieron algo y se lo llevaron a
la boca, conscientes de lo que estaban haciendo...
-¿Un alimento? ¿Una bebida?
---Quizá. 0 quizá... ¿Qué sé yo? Un instrumento musical, por ejemplo una
flauta.
-Absurdo -dijo Severino.
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-Sin duda que es absurdo. Pero no debemos descuidar ninguna hipótesis, por
extraordinaria que sea. Ahora tratemos de remontarnos a la materia venenosa.
Si alguien que conociera los venenos tan bien como tú se hubiese introducido
aquí, ¿habría podido valerse de algunas de estas hierbas para preparar un
ungüento mortal capaz de dejar esos signos en los dedos y en la lengua? Un
ungüento que pudiera ponerse en una comida, en una bebida, en una cuchara
o algo similar, en algo que la gente se lleve comúnmente a la boca.
-Sí -admitió Severino-, pero ¿quién? Además, admitiendo incluso esa hipótesis,
¿cómo habría administrado el veneno a nuestros dos pobres hermanos?
Reconozco que tampoco yo lograba imaginarme a Venancio o Berengario
dispuestos a comerse o beberse una sustancia misteriosa que alguien les
hubiera ofrecido. Pero la rareza de la situación no parecía preocupar a
Guillermo.
-En eso ya pensaremos más tarde -dijo-. Ahora quisiera que tratases de
recordar algún hecho que quizás aún no has traído a tu memoria, no sé, que
alguien te haya hecho preguntas sobre tus hierbas, que alguien tenga fácil
acceso al hospital...
-Un momento. Hace mucho tiempo, hablo de años, lo guardaba en uno de
estos estantes una sustancia muy poderosa, que me había dado un hermano al
regresar de un viaje por países remotos. No supo decirme cuáles eran sus
componentes. Sin duda, estaba hecha con hierbas, no todas conocidas. Tenía
un aspecto viscoso y amarillento, pero el monje me aconsejó que no la tocara,
porque hubiese bastado un leve contacto con mis labios para que me matara
en muy poco tiempo. Me dijo que, ingerida incluso en dosis mínimas,
provocaba al cabo de media hora una sensación de gran abatimiento, después
una lenta parálisis de todos los miembros, y por último la muerte. Me la regaló
porque no quería llevarla consigo. La conservé durante mucho tiempo, con la
intención de someterla a algún tipo de examen. Pero cierto día hubo una gran
tempestad en la meseta. Uno de mis ayudantes, un novicio, había dejado
abierta la puerta del hospital, y la borrasca sembró el desorden en el cuarto
donde ahora estamos. Frascos quebrados, líquidos derramados por el suelo,
hierbas y polvos dispersos. Tardé un día en reordenar mis cosas, y sólo me
hice ayudar para barrer los potes y las hierbas irrecuperables. Cuando acabé,
vi que faltaba justo el frasco en cuestión. Primero me preo,cupé, pero después
me convencí de que se había roto y se había mezclado con el resto de los
desperdicios. Hice lavar bien el suelo del hospital, y los estantes...
-¿Y habías visto el frasco pocas horas antes de la tormenta?
-Sí... 0 mejor dicho, no, ahora que lo pienso. Estaba bien escondido detrás de
una fila de vasos, y no lo controlaba todos los días.
--0 sea que, según eso , podrían habértelo robado mucho tiempo antes de la
tormenta, sin que lo notaras.
-Ahora que lo dices, sí, bien pudiera haber sido así.
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-Y aquel novicio que te ayudaba podría haberlo robado y haberse aprovechado
luego de la tormenta para dejar adrede abierta la puerta y sembrar el desorden
entre tus cosas.
Severino pareció muy excitado:
-Sí, sin duda. Además, cuando pienso en lo sucedido, recuerdo que me
asombré de que la tempestad, por violenta que fuese, hubiera hecho tanto
desastre. ¡Estoy casi seguro de que alguien se aprovechó de la tempestad para
sembrar el desorden en el cuarto y provocar más daños de los que hubiese
podido causar el viento!
-¿Quién era el novicio?
-Se llamaba Agostino. Pero murió el año pasado: se cayó de un andamio
cuando, junto con otros monjes y sirvientes, estaba limpiando las esculturas de
la fachada de la iglesia. Además, ahora que recuerdo, me había jurado por
todos los santos que él no ha bía dejado abierta la puerta antes de la tormenta.
Fui yo quien en medio de mi furor le atribuí la responsabilidad M incidente.
Quizás en realidad no tuviese él la culpa.
-De modo que tenemos una tercera persona, probablemente mucho más
experta que un novicio, que sabía de la existencia de tu veneno. ¿A quién se lo
habías mencionado?
-En verdad, no lo recuerdo. Al Abad, sin duda, cuando le pedí permiso para
conservar una sustancia tan peligrosa. Y a algún otro quizá, precisamente en la
biblioteca, porque estuve buscando herbarios que me ayudasen a descubrir su
composición.
-¿No me has dicho que tienes contigo los libros que más necesitas para tu
arte?
-Sí, y muchos -dijo, señalando un rincón de la habitación donde se veía unos
estantes cargados de libros-. Pero en aquella ocasión buscaba ciertos libros
que, aquí no podría guardar, y que incluso Malaquías se mostró remiso a
mostrarme, hasta el punto de que tuve que pedir autorización al Abad -bajó el
tono de su voz, como si tuviese reparos en que yo escuchara lo que iba a decir-

Sabes, en un sitio desconocido de la biblioteca se guardan incluso obras de

nigromancia, de magia negra, recetas de filtros diabólicos. Dada la índole de mi
tarea, se me permitió consultar algunas de esas obras. Esperaba encontrar una
descripción de aquel veneno y de sus aplicaciones. Fue en vano.
--0 sea que se lo mencionaste a Malaquías.
-Sí, sin duda, y quizá también al propio Berengarlo, que era su ayudante. Pero
no saques conclusiones apresuradas: no recuerdo bien, quizá mientras
hablaba había otros monjes, ya sabes que a veces el scriptorium está lleno...
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-No sospecho de nadie. Sólo trato de comprender lo que pudo haber sucedido.
De todos modos, me dices que eso fue hace varios años, y es curioso que
alguien haya robado con esa anticipación un veneno que tardaría tanto en
utilizar. Esto indicaría la presencia de una voluntad maligna que habría
incubado largamente en la sombra un proyecto homicida.
Severino se persignó. Su rostro expresaba horror:
-¡Dios nos perdone a todos! -dijo.
No había nada más que comentar. Volvimos a cubrir el cuerpo de Berengario,
que aún debían preparar para las exequias.
Cuarto día
PRIMA
Donde Guillermo induce primero a Salvatore y después al cillerero a que
confiesen su pasado, Severino encuentra las lentes robadas, Incola trae las
nuevas y Guillermo,
con seis ojos, se va a descifrar el manuscrito de Venancio.
Ya salíamos cuando entró Malaquías. Pareció contrariado por nuestra
presencia, e hizo ademán de retirarse. Severino lo vio desde dentro y dijo:
«¿Me buscabas? Es por ... » Se interrumpió y nos miró. Malaquías le hizo una
seña, imperceptible, como para decirle: «Hablaremos después ... » Nosotros
estábamos saliendo, 61 estaba entrando, los tres nos encontramos en el vano
de la puerta. Malaquías dijo, de manera más bien redundante:
-Buscaba al hermano herbolario... Me... me duele la cabeza.
-Debe de ser el aire viciado de la biblioteca -le dijo Guillermo con tono solícito-.
Deberíais hacer fumigaciones.
Malaquías movió los labios como si quisiera decir algo mas , pero renunció a
hacerlo. Inclinó la cabeza y entró, mientras nosotros nos alejábamos.
-¿Qué va a hacer al laboratorio de Severino? -pregunté.
-Adso -me dijo con impaciencia el maestro---, aprende a razonar con tu cabeza
-después cambió de tema-: Ahora debemos interrogar a algunas personas. Al
menos -añadió mientras exploraba la meseta con la mirada-, mientras sigan
vivas. Por cierto: de ahora en adelante fijémonos en lo que comamos y
bebamos. Toma siempre tu comida del plato común, y tu bebida del jarro con
que ya
otros hayan llenado sus copas. Después de Berengario, somos los que más
sabemos de todo esto. Desde luego, sin contar al asesino.
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-¿A quién queréis interrogar ahora?
-Adso, habrás observado que aquí las cosas más interesantes suceden de
noche. De noche se muere, de noche se merodea por el scriptorium, de noche
se introducen mujeres en el recinto...' Tenemos una abadía diurna y una
abadía nocturna, y la nocturna parece, por desgracia, muchísimo más
interesante que la diurna. Por tanto, cualquier persona que circule de noche
nos interesa, incluido, por ejemplo, el hombre que viste la noche pasada con la
muchacha. Quizá la historia de la muchacha nada tenga que ver con la de los
venenos, o quizá sí. En cualquier caso, sospecho quién puede haber sido ese
hombre; y debe de saber también otras cosas sobre la vida nocturna de este
santo lugar. Y, hablando de Roma, precisamente allí lo tenemos.
Me señaló a Salvatore, quien también nos había visto. Advertí una leve
vacilación en su paso, como si, queriendo evitarnos, se hubiese detenido para
volverse por donde venía. Fue un instante. Evidentemente, había comprendido
que no podía evitar el encuentro, y siguió andando. Se volvió hacia nosotros
con una amplia sonrisa y un «benedicite» bastante hipócrita. Mi maestro
apenas lo dejó terminar yle espetó una pregunta:
-¿Sabes que mañana llega la inquisición?
Salvatore no pareció alegrarse por la noticia. Con un hilo de voz preguntó:
-¿Y mí?
-Tú deberías decirme la verdad a mí, que soy tu amigo, y que soy franciscano
como tú lo has sido, en vez de decirla mañana a esos otros, que conoces muy
bien.
Ante la dureza del acoso, Salvatore pareció abandonar todo intento de
resistencia. Miró con aire sumiso a Guillermo, como para indicarle que estaba
dispuesto a decirle lo que quisiera.
-Esta noche había una mujer en la cocina. ¿Quién estaba con ella?
-¡Oh, fémena que véndese come mercandía non puede numquam ser bona ni
tener cortesía! --recitó Salvatore.
-No quiero saber si era una buena muchacha. ¡Quiero saber quién estaba con
ella!
-¡Deu, qué taimosas son las fémenas! Día y noche piensan come burle al
hómine...
Guillermo lo cogió bruscamente del pecho:
-¿Quién era? ¿Tú o el cillerero?
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Salvatore comprendió que no podía seguir mintiendo. Empezó a contar una
extraña historia, a través de la cual, y no sin esfuerzo, nos enteramos de que,
para complacer al cillerero, le buscaba muchachas en la aldea, y las introducía
de noche en el recinto por pasadizos cuya localización evitó revelarnos. Pero
juró por lo más sagrado que obraba de buen corazón, sin ocultar al mismo
tiempo su cómica queja por no haber encontrado la manera de satisfacer él
también su deseo, la manera de que, después de haberse entregado al
cillerero, la muchacha también le diese algo a él. Todo eso lo dijo entre
sonrisas lúbricas y viscosas, y haciendo guiños, como dando a entender que
hablaba con hombres hechos de carne, habituados a las mismas prácticas. Y
me miraba de hurtadillas. Pero yo no podía hacerle frente como hubiese
querido, pues me sentía unido a él por un secreto común, me sentía su
cómplice y compañero de pecado.
Entonces Guillerino decidió jugarse el todo por el todo y le preguntó
abruptamente:
-¿Conociste a Remigio antes o después de haber estado con Dulcino?
Salvatore se arrodilló a sus pies, rogándole entre lágrimas que no lo perdiera,
que lo salvase de la inquisición. Guillermo le juró solemnemente que nada diría
de lo que llegase a saber, y Salvatore no vaciló en poner al cillerero a nuestra
merced. Se habían conocido en la Pared Pelada, siendo ambos miembros de la
banda de Dulcino. Con el cillerero había huido y había entrado en el convento
de Casale, con él había pasado a los cluniacenses. Mascullaba implorando
perdón, y estaba claro que no se le podría extraer nada más. Guillermo decidió
que valía la pena coger por sorpresa a Remigio, y soltó a Salvatore, quien
corrio a refugiarse en la iglesia
El cillerero se encontraba en la parte opuesta de la abadía, frente a los
graneros, y estaba haciendo tratos con unos aldeanos del valle. Nos miró con
aprensión, e intentó mostrarse muy ocupado, pero Guillermo insistió en que
debía hablarle. Hasta aquel momento, nuestros contactos con ese hombre
habían sido escasos; él había sido cortés con nosotros, y nosotros con él.
Aquella mañana Guillermo lo abordó como habría hecho con un monje de su
propia orden. El cillerero pareció molesto por esa confianza, y al principio
respondió con mucha cautela.
-Supongo que tu oficio te obliga a recorrer la abadía incluso cuando los demás
ya duermen -dijo Guillermo.
-Depende -respondió Remigio-, a veces hay algún pequeño asunto que
resolver y debo dedicarle unas horas de mi sueño.
-¿Nunca te ha sucedido algo, en esos casos, que pueda indicarnos quien se
pasea, sin la justificación que tienes tú, entre la cocina y la biblioteca?
-Si algo hubiese visto, se lo habría dicho al Abad.
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-Correcto -admitió Guillermo, y cambió abruptamente de tema-: La aldea de
abajo no es demasiado rica, ¿verdad?
-Sí y no, hay algunos prebendados que dependen de la abadía y comparten
nuestra riqueza, en los años de abun dancia. Por ejemplo, el día de San Juan
recibieron doce moyos de malta, un caballo, siete bueyes, un toro, cuatro
novillas, cinco terneros, veinte ovejas, quince cerdos, cincuenta pollos y
diecisiete colmenas. Y además veinte cerdos ahumados, veintisiete hormas de
manteca de cerdo, media medida de miel, tres medidas de jabón, una red de
pesca...
-Ya entiendo, ya entiendo -lo interrumpió Guillermo-, pero reconocerás que con
eso aún no me entero de cuál es la situación de la aldea, de cuántos de sus
habitantes son prebendados de la abadía, y de la cantidad de tierra de que
disponen los que no lo son...
-¡Oh! En cuanto a eso, una familia normal llega a tener unas cincuenta tablas
de terreno.
-¿Cuánto es una tabla?
-Naturalmente, cuatro trabucos cuadrados.
-¿Trabucos cuadrados? ¿Y cuánto es eso?
-Treinta y seis pies cuadrados por trabuco. 0, si prefieres, ochocientos trabucos
lineales equivalen a una milla piamontesa. Y calcula que una fami lia, en las
tierras situadas hacia el norte, puede cosechar aceitunas con las que obtienen
no menos de medio costal de aceite.
-¿Medio costal?
-Sí, un costal equivale a cinco heminas, y una hemina a ocho copas.
-Ya entiendo -dijo mi maestro desalentado-. Cada país tiene sus propias
medidas. Vosotros, por ejemplo, ¿medís el vino por azumbres?
---0por rubias. Seis rubias hacen una brenta, y ocho brentas un botal. Si lo
prefieres, un rubo equivale a seis pintas de dos azumbres.
-Creo que ya he entendido --dijo Guillermo con tono de resignación.
-¿Deseas saber algo más? -preguntó Remigio, y creí advertir un matiz
desafiante en su voz.
-¡Sí! Te he preguntado cómo viven abajo porque hoy en la biblioteca estuve
pensando en los sermones de Humbert de Romans a las mujeres, en particular
sobre el capítulo Ad mulieres pauperes in villulis, donde dice que estas últimas
están más expuestas que las otras a caer en los pecados de la carne, debido a
su miseria; y dice sabiamente que peccant enim mortaliter, cum peccant cum
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quocumque laico, mortalius vero quando cum Clerico in sacris ordinibus
constituto, maxime vero quando cum Religioso mundo mortuo. Sabes mejor
que yo que en lugares santos como las abadías nunca faltan las tentaciones
del demonio meridiano. Me preguntaba si en tus contactos con la gente de la
aldea no habrás sabido de algunos monjes que, Dios no lo quiera, hayan
inducido a fornicar a algunas muchachas.
Aunque mi maestro dijo todo eso con un tono casi distraído, mi lector habrá
adivinado lo mucho que sus palabras perturbaron al pobre cillerero. No puedo
decir si palideció, pero diré que tanto esperaba que palideciera, que lo vi
palidecer.
-Me preguntas algo que, de haberlo sabido, ya se lo habría dicho al Abad -
respondió en tono humilde . De todos modos, si, como supongo, estas
informaciones pueden servir para tu pesquisa, no te ocultaré nada que llegue a
saber. Incluso, ahora que me lo mencionas, a propósito de tu primera
pregunta... La noche que murió el pobre Adelmo yo andaba por el patio...
Sabes, un asunto de gallinas... Me habían llegado noticias de que un herrador
entraba de noche a robar en el gallinero... Pues bien, aquella noche divisé, de
lejos, o sea que no podría jurarlo, a Berengarío, que regresaba al dormitorio por
detrás del coro, corno si viniese del Edificio... No me asombré, porque hacía
tiempo que entre los monjes se rumoreaba sobre Berengario, tal vez ya te
hayas enterado...
-No, dímelo.
-Bueno, ¿cómo te diría? Se sospechaba que Berengario nutría pasiones que...
no convienen a un monje.
_¿Acaso me estás sugiriendo que tenía relaciones con muchachas de la aldea,
tal como acabo de preguntarte?
El cillerero tosió, incómodo, y en sus labios se dibujó una sonrisa más bien
obscena:
-¡Oh, no ... ! Pasiones aún más inconvenientes...
-¿Porque un monje que se deleita carnalmente con muchachas de la aldea
satisface, en cambio, pasiones de algún modo convenientes?
-No he dicho eso, pero tú mismo sabes que hay una jerarquía en la
depravación, como la hay en la virtud. La carne puede ser tentada según la
naturaleza y... contra la naturaleza.
-¿Me estás diciendo que Berengario sentía deseos carnales por personas de
su sexo?
-Digo que corría ese rumor... Te hablaba de esto como prueba de mi sinceridad
y de mi buena voluntad.
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-Y yo te lo agradezco. Y estoy de acuerdo contigo en que el pecado de
sodomía es mucho peor que otras formas de lujuria, sobre las que francamente
no me interesa demasiado investigar...
-Miserias, miserias, dondequiera que existan -dijo el cillerero con filosofía.
-Miserias, Remigio. Todos somos pecadores. Nunca buscaría la brizna de paja
en 'el ojo del hermano, porque tanto temo tener una gran viga en el mío. Pero
te agraden ceré por todas las vigas de las que quieras hablarme en el futuro.
Así hablaremos de troncos grandes y robustos, y dejaremos que las briznas de
paja revoloteen por el aire. ¿Cuánto decías que es un trabuco?
-Treinta y seis pies cuadrados. Pero no te preocupes. Cuando quieras saber
algo en especial, ven a verme. Puedes tenerme por un amigo fiel.
-Te tengo por tal -dijo Guillermo con fervor---. Ubertino me ha dicho que en una
época perteneciste a la misma orden que yo. Nunca traicionaría a un antiguo
hermano, sobre todo en estos días en que se espera la llegada de una legación
pontificia, presidida por un gran inquisidor, famoso por haber quemado a tantos
dulcinianos. ¿Decías que un trabuco equivale a treinta y seis pies cuadrados?
El cillerero no era tonto. Decidió que no valía la pena seguir jugando al gato y el
ratón, sobre todo porque empezaba a sospechar que el ratón era él.
-Fray Guillermo -dijo-, veo que sabes mucho más de lo que suponía. No me
traiciones, y yo no te traicionaré. Es cierto, soy un pobre hombre camal, y cedo
a las lisonjas de la carne. Salvatore me ha dicho que ayer noche tú o tu novicio
lo sorprendisteis en la cocina. Has viajado mucho, Guillermo, y sabes que ni
siquiera los cardenales de Aviñón son modelos de virtud. Sé que no me estás
interrogando por estos miserables pecadillos. Y también me doy cuenta de que
has sabido algo sobre la vida que llevé en el pasado. Una vida caprichosa,
como solemos tenerla los franciscanos. Hace años creí en el idea de la
pobreza; abandoné la comunidad para entregarme a la vida errante. Creí en lo
que predicaba Dulcino, como muchos otros de mi condición. No soy un hombre
culto, he recibido las órdenes pero apenas sé decir misa. No sé mucho de
teologia. Y, quizá, tampoco logro interesarme demasiado por las ideas. Ya ves,
en una época intenté rebelarme contra los señores, ahora estoy a su servicio, y
para servir al señor de estas tierras mando sobre los que son como yo.
Rebelarse o traicionar, los simples no tenemos demasiadas opciones.
-A veces los simples comprenden mejor las cosas que los doctos -dijo
Guillermo.
-Quizá -respondió el cillerero encogiéndose de hombros-. Pero ni siquiera sé
por qué entonces hice lo que hice. Mira, en el caso de Salvatore era
comprensible, los suyos eran siervos de la gleba, había tenido una infancia de
miseria y enfermedad... Dulcino representaba la rebelión, y la destrucción de
los señores. En mi caso era distinto, procedía de una familia de la ciudad, no
huía del hambre. Fue... no sé cómo decirlo, una fiesta de locos, un bello
carnaval... Allá en la montaña, con Dulcino, antes de que nos viésemos
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
222
obligados a comer la carne de nuestros compañeros muertos en la batalla,
antes de que muriesen tantos de inanición que era imposible comerlos a todos
y había que arrojarlos por las laderas del Rebello para que se los comiesen los
pájaros y las fieras... o quizá también entonc es... respirábamos un aire...
¿Puedo decir de libertad? Antes no sabía qué era la libertad. Los predicadores
nos decían: «La verdad os hará libres.» Nos sentíamos libres, y pensábamos
que era la verdad. Pensábamos que todo lo que hacíamos era justo...
-¿Y allí comenzasteis... a uniros libremente con una mujer? -pregunté, casi sin
darme cuenta; seguía obsesionado por lo que me había dicho Ubertino la
noche anterior, así como por lo que luego había leído en el scriptorium, y
también por lo que yo mismo había vivido.
Guillermo me miró con asombro; probablemente no esperaba que fuese tan
audaz, tan indiscreto. El cillerero me echó una mirada de curiosidad, como si
fuese un bicho raro.
-En el Rebello -dijo-, había gente que se había pasado la infancia durmiendo de
a diez, o incluso más, en habitaciones de pocos codos de amplitud: hermanos y
hermanas, padres e hijas. ¿Cómo quieres que tomaran. la eva situación?
Ahora hacían por elección lo que antes abían hecho por necesidad. Y además
de noche, cuando temes la llegada de las tropas enemigas y te aprietas a tu
compañero, contra el suelo, para no sentir frío... Los herejes... Vosotros,
monjecillos que venís de un castillo y acabáis en una abadía, creéis que es un
modo de pensar inspirado por el demonio. Pero es un modo de vivir, y es... ha
sido... una experiencia nueva... No había más amos, y Dios, nos decían, estaba
con nosotros. No digo que tuviésemos razón, Guillermo, y de hecho aquí me
tienes, pues no tardé en abandonarlos. Lo que sucede es que nunca he
logrado comprender vuestras disputas sobre la pobreza de Cristo y el uso y el
hecho y el derecho. Ya te dije que fue un gran carnaval, y en carnaval todo se
hace
al revés. Después te vuelves viejo, no sabio, te vuelves glotón. Y aquí hago el
glotón... Puedes cond enar a un hereje, pero ¿querrías condenar a un glotón?
-Está bien, Remigio -dijo Guillermo-. No te interrogo por lo que sucedió
entonces, sino por lo que ha sucedido hace poco. Ayúdame, y te aseguro que
no buscaré tu ruina. No puedo ni quiero juzgarte. Pero debes decirme lo que
sabes sobre los hechos que ocurren en la abadía. Te mueves demasiado, de
noche y de día, como para no saber algo. ¿Quién mató a Venancio?
-No lo sé, te lo juro. Sé cuándo murió, y dónde.
-¿Cuándo? ¿Dónde?
-Deja que te cuente. Aquella noche, una hora después de completas, entré en
la cocina...
-¿Por dónde y para qué?
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
223
-Por la puerta que da al huerto. Tengo una llave que los herreros me hicieron
hace tiempo. La puerta de la cocina es la única que no está atrancada por
dentro. ¿Para qué?... No importa, tú mismo has dicho que no quieres acusarme
por las debilidades de mi carne... -sonrió incómodo-. Pero tampoco quisiera
que creyeses que me paso los días fornicando... Aquella noche buscaba algo
de comida para regalársela a la muchacha que Salvatore había introducido en
el recinto.
-¿Por dónde?
Oh, además del portalón, hay otras entradas en la muralla. El Abad las conoce,
yo también... Pero aquella noche la muchacha no vino, yo mismo hice que se
volviera, precisamente por lo que acababa de descubrir, como ahora te
contaré. Fue por eso que intenté que regresara ayer noche. Si hubieseis
llegado un poco después, me habríais encontrado a mí y no a Salvatore. Fue él
quien me avisó que había gente en el Edificio, y entonces volví a mi celda...
-Volvamos a la noche del domingo al lunes.
-Pues bien: entré en la cocina y vi a Venancio en el suelo, muerto.
-¿En la cocina?
-sí, junto a la pila. Quizás acababa de bajar del scriptorium.
-¿No había rastros de lucha?
-No. Mejor dicho, junto al cuerpo había una taza quebrada, y signos de agua en
el suelo.
_¿Cómo sabes que era agua?
-No lo sé. Pensé que era agua. ¿Qué otra cosa podía ser?
Como más tarde me indicó Guillermo, aquella taza podía significar dos cosas
distintas. 0 bien que precisamente allí, en la cocina, alguien había dado a beber
a Venancio una poción venenosa, o bien que el pobrecillo ya había ingerido el
veneno (pero ¿dónde? y ¿cuándo?) y había bajado a beber para calmar un
ardor repentino, un espasmo, un dolor que le quemaba las vísceras, o la lengua
(pues, sin duda, la suya debía de estar negra como la de Berengario).
De todos modos, por el momento eso era todo lo que podía saberse. Al
descubrir el cadáver, Remigio, despavorido, se había preguntado qué hacer, y
había resuelto no hacer nada. Si hubiese pedido socorro, se habría visto
obligado a reconocer que merodeaba de noche por el Edificio, y tampoco
habría ayudado al hermano que ya estaba perdido. De modo que había
decidido dejar las cosas tal como estaban, esperando que alguien descubriera
el cuerpo a la mañana siguiente, cuando se abriesen las puertas. Había corrido
a detener a Salvatore, que ya estaba introduciendo a la muchacha en la
abadía. Después, él y su cómplice se habían ido a dormir, si sueño podía
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
224
llamarse aquélla agitada vigilia que se prolongó hasta maitines. Y en maitines,
cuando los porquerizos fueron a avisar al Abad, Remigio creyó que el cadáver
había sido descubierto donde él lo había dejado, y se había quedado de una
sola pieza al descubrirlo en la tinaja. ¿Quién había hecho desaparecer el
cadáver de la cocina? De eso Remigio no tenía la menor idea.
-El único que puede moverse libremente por el Edificio es Malaquías -dijo
Guillermo
El cillerero reaccionó con energía:
-No, Malaquías no. Es decir, no creo... En todo caso, no he sido yo quien te ha
dicho algo contra Malaquías...
-Tranquilízate, cualquiera que sea la deuda que te ate a Malaquías. ¿Sabe algo
de ti?
-Sí -dijo el cillerero ruborizándose y se ha comportado como un hombre
discreto. Si estuviese en tu lugar, vigilaría a Bencio. Mantenía extrañas
relaciones con Berengario y Venancio... Pero te juro que esto es todo lo que vi.
Si me entero de algo, te lo diré.
-Por ahora puede bastar. Vendré a verte cuando te necesite.
El cillerero, sin duda aliviado, volvió a sus negocios, y reprendió con dureza a
los aldeanos que entre tanto habían desplazado no sé qué sacos de. simientes.
En eso llegó Severino. Traía en la mano las lentes de Guillermo, las que le
habían robado dos noches antes.
-Estaban en el sayo de Berengario -dijo-. Te las había visto en la nariz, el otro
día en el scriptorium. Son tuyas, ¿verdad?
-¡Alabado sea Dios! -exclamó jubiloso Guillermo-. ¡Hemos resuelto dos
problemas! ¡Tengo mis lentes y por fin estoy seguro de que fue Berengario el
hombre que la otra noche nos robó en el scriptorium!
No acababa de decir eso cuando llegó corriendo Nicola da Morimondo, más
exultante incluso que Guillermo. Tenía en sus manos un par de lentes
acabadas, montadas en su horquilla:
-¡Guillermo! -gritaba-. ¡Lo conseguí yo solo, están listas, creo que funcionan!
Entonces vio que Guillermo tenía otras lentes en la cara, y se quedó de piedra.
Guillermo no quiso humillarlo. Se quitó las yiejas lentes y probó las nuevas:
-Son mejores que las otras -dijo-. 0 sea que guardaré las viejas como reserva y
usaré siempre las tuyas. -Después me dijo-: Adso, ahora voy a mi celda para
leer aquellos folios. ¡Por fin! Espérame por ahí. Y gracias, gracias a todos
vosotros, queridísimos hermanos.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
225
Estaba sonando la hora tercia y me dirigí al coro, para recitar con los demás el
himno, los salmos, los versículos y el Kyrie. Los demás rezaban por el alma del
difunto Berengario. Yo daba gracias a Dios por habernos hecho encontrar no
uno sino dos pares de lentes.
Era tal la serenidad que olvidé todas las cosas feas que había visto y oído; me
quedé dormido y sólo desperté cuan-do acabó el oficio. De pronto recordé que
aquella noche no había dormido, y la idea de que, además, había abusado de
mis fuerzas no dejó de inquietarme. Entonces, ya fuera de la iglesia, el
recuerdo de la muchacha empezó a obsesionarme.
Traté de distraerme, y empecé a andar con paso vivo por la meseta. Sentía
como un ligero vértigo. Golpeaba mis manos entumecidas una con otra.
Pataleaba contra el suelo. Aún tenía sueño, pero sin embargo me sentía
despierto y lleno de vida. No entendía qué me estaba pasando.
Cuarto día
TERCIA
Donde Adso se hunde en la agonía del amor, y luego llega Guillermo con el
texto de Venancio, que sigue siendo indescifrable aun después de haber sido
descifrado.
En realidad, los terribles acontecimientos que sucedieron a mi encuentro
pecaminoso con la muchacha casi borraron el recuerdo de ese episodio, y, por
otra parte, no bien me hube confesado con fray Guillermo, mi alma se liberó del
remordimiento que la había asaltado cuando despertó luego de haber incurrido
en tan grave falta, hasta el punto de llegar a sentir que, con las palabras,
también había transferido al fraile la carga que estas últimas estaban
destinadas a significar. En efe cto, ¿para qué sirve el purificante baño de la
confesión, si no es para descargar el peso del pecado, y del remordimiento que
éste entraña, en el seno mismo de Nuestro Señor, y para que, con el perdón, el
alma gane renovada y aérea ligereza, capaz de hacernos olvidar el cuerpo
atormentado por la iniquidad? Pero yo no me había liberado del todo. Ahora
que deambulaba bajo el pálido y frío sol de aquella mañana invernal, en medio
del ajetreo de hombres y animales, afluyó el recuerdo de aquellos
acontecimientos vividos en circunstancias muy diferentes. Como si de todo lo
sucedido ya no quedase el arrepentimiento ni las palabras consoladoras del
baño penitencial, sino sólo imágenes de cuerpos y miembros humanos. Ante mi
mente sobreexcitada danzaba, hinchado de agua, el fantasma de Berengario, y
me estremecía de asco y de piedad. Luego, como para huir de aquel lémur, mi
mente buscaba otras imágenes que aún estuviesen frescas en el receptáculo
de la memoria, y mis ojos (los del alma, pero casi debería decir también los
carnales) no podían dejar de. ver la imagen de la muchacha, bella y terrible
como un ejército dispuesto para el combate.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
226
Me he comprometido (viejo amanuense de un texto hasta ahora nunca escrito,
pero que durante largas décadas ha estado hablando en la intimidad de mi
mente) a ser un cronista fiel, y no sólo por amor a la verdad, ni por el deseo (sin
duda, muy lícito) de instruir a mis futuros lectores: sino también para que mi
memoria marchita y fatigada pueda liberarse de unas visiones que la han
hostigado durante toda la vida. Por tanto, debo decirlo todo, con decencia pero
sin vergüenza. Y debo decir, ahora, y con letras bien claras, lo que entonces
pensé y casi intenté ocultar ante mí mismo, mientras deambulaba por la
meseta, echando de pronto a correr para poder atribuir al movimiento de mi
cuerpo las repentinas palpitaciones de mi corazón, deteniéndome para admirar
lo que hacían los campesinos y fingiendo que me distraía contemplándolos,
aspirando a pleno pulmón el aire frío, como quien bebe vino para olvidar su
miedo o su dolor.
En vano. Pensaba en la muchacha. Mi carne había olvidado el placer, intenso,
pecaminoso y fugaz (esa cosa vil) que me había deparado la unión con ella,
pero mi alma no había olvidado su rostro, y ese recuerdo no acababa de
parecerle perverso, sino que más bien la hacía palpitar como si en aquel rostro
resplandeciese toda la dulzura de la creación.
De manera confusa y casi negándome a aceptar la verdad de lo que estaba
sintiendo, descubrí que aquella pobre, sucia, impúdica criatura, que (quizá con
qué perversa constancia) se vendía a otros pecadores, aquella hija de Eva que,
debilísima como todas sus hermanas, tantas veces había comerciado con su
carne, era, sin embargo, algo espléndido y maravilloso. Mi intelecto sabía que
era pábulo de pecado, pero mi apetito sensitivo veía en ella el receptáculo de
todas las gracias. Es difícil decir qué sentía yo en aquel momento. Podría tratar
de escribir que, todavía preso en las redes del pecado, deseaba,
pecaminosamente, verla aparecer en cualquier momento, y casi espiaba el
trabajo de los obreros por si, de la esquina de una choza o de la oscuridad de
un establo, surgía la figura que me había seducido. Pero no estaría escribiendo
la verdad, o bien estaría velándola para atenuar su fuerza y su evidencia.
Porque la verdad es que «veía» a la muchacha, la veía en las ramas del árbol
desnudo, que palpitaban levemente cuando algún gorrión aterido volaba hasta
ellas en busca de abrigo; la veía en los ojos de las novillas que salían del
establo, y la oía en el balido de los corderos que se cruzaban en mi camino.
Era como si toda la creación me hablara de ella, y deseaba, sí, volver a verla,
pero también estaba dispuesto a aceptar la idea de no volver a verla jamás, y
de no unirme más a ella, siempre y cuando pudiese sentir el gozo que me
invadía aquella mañana, y tenerla siempre cerca aunque estuviese, por toda la
eternidad, lejos de mí. Era, ahora intento comprenderlo, como si el mundo
entero, que, sin duda, es como un libro escrito por el dedo de Dios, donde cada
cosa nos habla de la inmensa bondad de su creador, donde cada criatura es
como escritura y espejo de la vida y de la muerte, donde la más humilde rosa
se vuelve glosa de nuestro paso por la tierra, como si todo, en suma, sólo me
hablase del rostro que apenas había logrado entrever en la olorosa penumbra
de la cocina. Me entregaba a esas fantasías porque me decía para mí (mejor
dicho, no lo decía, porque no eran pensamientos que pudiesen traducirse en
palabras) que, si el mundo entero está destinado a hablarme del poder, de la
bondad y de la sabiduría del creador, y si aquella mañana el mundo entero me
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
227
hablaba de la muchacha, que (por pecadora que fuese) era también un capítulo
del gran libro de la creación, un versículo del gran salmo entonado por el
cosmos... Decía para mí (lo digo ahora) que, si tal cosa sucedía, era porque
estaba necesariamente prevista en el gran plan teofánico que gobierna el
universo, cuyas partes, dispuestas como las cuerdas de la lira, componen un
milagro de consonancia y armonía. Como embriagado, gozaba de la presencia
de la muchacha en las cosas que veía, y, al desearla en ellas, viéndolas mi
deseo se colmaba. Y, sin embargo, en medio de tanta dicha, sentía una
especie de dolor, en medio de todos aquellos fantasmas de una presencia, la
penosa marca de una ausencia. Me resulta difícil explicar este misterio de
contradicción, signo de que el espíritu humano es bastante frágil y nunca
recorre puntualmente los senderos de la razón divina, que ha construido el
mundo como un silogismo perfecto, sino que sólo toma proposiciones aisladas,
y a menudo inconexas, de ese silogismo, lo que explica la facilidad con que
somos víctima de las ilusiones que urde el maligno. ¿Era una trampa del
maligno lo que tanto me perturbaba aquella mañana? A-hora pienso que sí,
porque entonces era sólo un novicio, pero también pienso que el humano
sentimiento que me embargó no era malo en si mismo, sino sólo en relación
con el estado en que me encontraba. Porque en sí mismo era el sentimiento
que impulsa al hombre hacia la mujer para que ambos se unan, como quiere el
apóstol de los gentiles, y sean carne de una sola carne, y juntos procreen
nuevos seres humanos y se asistan entre sí desde la juventud hasta la vejez.
Salvo que el apóstol lo dijo pensando en quienes buscan remedio para la
concupiscencia y en quien no quiere quemarse, pero no sin recordar que
mucho más preferible es el estado de castidad, al que, como monje, me había
consagrado. Por tanto, lo que aquella mañana me aquejaba era malo para mí,
pero quizá bueno, sumamente bueno, para otros, y por eso a.hora percibo que
mi confusión no se debía a la perversidad de mis pensamientos, que en sí eran
honestos y agradables, sino a la perversidad de la relación entre dichos
pensamientos y los votos que había pronunciado. En consecuencia, hacía mal
en gozar de algo que era bueno en un sentido y malo en otro, y mi falta
consistía en tratar de conciliar el dictado del alma racional con el apetito
natural. Ahora sé que mi sufrimiento se debía al contraste entre el apetito
intelectual, donde tendría que haberse manifestado el imperio de la voluntad, y
el apetito sensible, sujeto de las pasiones humanas. En efecto, actus appetitus
sensitivi in quantum habent transmutationem corporalem annexam, passiones
dicuntur, non autem actus voluntatis. Y mi acto apetitivo estaba acompañado
justamente de un temblor de todo el cuerpo, un impulso físico destinado a
concluir en gritos y agitación. El doctor angélico dice que las pasiones en sí
mismas no son malas, pero que han de moderarse mediante la voluntad guiada
por el alma racional. Sólo que aquella mañana mi alma racional estaba
adormecida por la fatiga que refrenaba al apetito irascible, volcado hacia el bien
y el mal como metas por conquistar, pero no al apetito concupiscible, volcado
hacia el bien y el mal como metas conocidas. Para justificar la irresppnsable
frivolidad con que entonces me comporté, puedo decir ahora, remitiéndome a
las palabras del doctor angélico, que, sin duda, estaba poseído por el amor,
que es pasión y ley cósmica, porque hasta la gravedad de los cuerpos es amor
natural. Y había sido seducido naturalmente por esa pasión, porque en ella
appetitus tendit in appetibile realiter consequen durri ut sit ibi finis motus. En
virtud de lo cual, naturalmente, amor facit quod ipsae res quae amantur, amanti
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
228
al¡quo modo uniantur et amor est magis cognitivus quam cognitio. En efecto, en
aquel momento veía a la muchacha mucho mejor que la noche precedente, y la
comprendía intus et in cute porque en ella me comprendía a mí mismo y en mí
a ella misma. Me pregunto ahora si lo que sentía era el amor de amistad, en el
que lo similar ama a lo similar y sólo quiere el bien del otro, o el amor de
concupiscencia, en el que se quiere el bien propio, y en el que quien carece
sólo quiere aquello que puede completarlo. Y creo que amor de concupiscencia
había sido el de la noche, en el que quería de la muchacha algo que nunca
había tenido, mientras que aquella mañana, en cambio, nada quería de la
muchacha, y sólo quería su bien, y deseaba que se viese libre de la cruel
necesidad que la obligaba a entregarse por un poco de comida, y que fuese
feliz, y tampoco quería pedirle nada en lo sucesivo, sino poder seguir pensando
en ella y poder seguir viéndola en las ovejas, en los bueyes, en los árboles, en
el sereno resplandor que rodeaba de júbilo el recinto de la abadía.
Ahora sé que la causa del amor es el bien; y el bien se define por el
conocimiento, y sólo puede amarse lo que se ha aprehendido que es bueno,
mientras que a la muchacha... Sí, había aprehendido que era buena para el
apetito irascible, pero también que era mala para la voluntad. Pero si entonces
mi alma se agitaba entre tantos y tan opuestos movimientos, era por la
semejanza entre lo que sentía y el amor más santo tal como lo describen los
doctores: me producía el éxtasis, en que el amante y el amado quieren lo
mismo (y, por una misteriosa iluminación, en aquel momento sabía que la
muchacha, estuviera donde estuviese, quería lo mismo que yo quería), y esto
me producía celos, pero no los malos, que Pablo condena en la primera a los
Corintios; porque son principium contentionis y no admiten el consortium in
amato, sino aquellos a los que se refiere Dionisio en los Nombres Divinos,
donde incluso de Dios se dice que tiene celos propter multtun amorem quem
habet ad existentia (y yo amaba a la muchacha precisamente porque existía, y
estaba contento, no envidioso, de que existiera). Estaba celoso del modo en
que, para el doctor angélico, los celos son motus in amatum, celos de amistad
que incitan a moverse contra todo lo que perjudica al amado (y en aquel
momento sólo pensaba en liberar a la muchacha del poder de quien estaba
comprando su carne manchándola con sus nefastas pasiones).
Ahora sé, como dice el doctor, que el amor puede dañar al amante cuando es
excesivo. Y el mío lo era. He intentado explicar lo que sentí entonces, y en
modo alguno intento justificar aquellos sentimientos. Estoy hablando de unos
ardores culpables que padecí en mi juventud. Eran malos, pero en honor a la
verdad debo decir que en aquel momento me parecieron muy buenos. Y que
esto sirva de enseñanza para todo aquel que como yo caiga en las redes de la
tentación. Hoy, ya viejo, conocería mil formas de escapar a tales seducciones
(y me pregunto hasta dónde debo enorgullecerme por ello, puesto que las
tentaciones del demonio meridiano ya no pueden alcanzarme, pero sí otras, de
modo que ahora me pregunto si lo que estoy haciendo en este momento no
será entregarme pecaminosamente a la pasión terrenal de evocar el pasado,
estúpido intento de escapar al flujo del tiempo, y a la muerte).
Fue casi un instinto milagroso el que entonces me salvó. La muchacha se me
aparecía en la naturaleza y en las obras humanas que había a mi alrededor. De
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
229
modo que, movido por una feliz intuición del alma, traté de sumirme en la
detallada contemplación de dichas obras. Observé el trabajo de los vaqueros,
que estaban sacando a los bueyes del establo; de los porquerizos, que estaban
llevando comida a los cerdos; de los pastores, que azuzaban a los perros para
que reunieran las ovejas; de los labradores, que llevaban escanda y mijo a los
molinos, y salían con sacos llenos de rica harina. Me sumergí en la
contemplación de la naturaleza, tratando de olvidar mis pensamientos, de mirar
a los seres tal como se nos aparecen, y, al contemplarlos, de olvidarme
gozosamente de mí mismo.
¡Qué hermoso era el espectáculo de la naturaleza aún no tocada por el saber,
a menudo perverso, del hombre!
Vi al cordero, cuyo nombre es como una muestra de reconocimiento por su
pureza y bondad. En efecto, el nombre agnus deriva del hecho de que este
animal agnoscit, reconoce a su madre, reconoce su voz en medio del rebaño, y
la madre, por su parte, entre tantos corderos de idéntica forma e idéntico
balido, reconoce siempre, y sólo, a su hijo, y lo alimenta. Vi a la oveja, cuyo
nombre es ovis, ab oblatione, pues desde los tiempos primitivos se la ha
utilizado en los sacrificios rituales; la oveja que, según su costumbre, cuando
llega el invierno busca con avidez la hierba y se harta de forraje antes de que el
hielo queme los campos de pastoreo. Y los rebaños estaban vigilados por
perros, cuyo nombre, canes, deriva de canor, por el ladrido. Animal que se
destaca de los otros por su perfección, y cuya singular agudeza le permite
reconocer al amo, y puede adiestrarse para cazar fieras en los bosques, para
proteger el rebaño de los lobos, y además protege la casa y los hijos de su
amo, llegando a veces a morir por defenderlos. El rey Garamante, apresado
por sus adversarios, fue devuelto a su patria por una jauría de doscientos
perros, que se abrieron camino a través de las filas enemigas. Al morir su amo,
el perro de Jasón, Licio, ya no quiso comer, y murió de inanición; el del rey
Lisímaco se arrojó a la hoguera de su amo para morir con él. El perro tiene el
poder de cicatrizar las heridas lamiéndolas con su lengua, y la lengua de sus
cachorros puede curar las lesiones intestinales. Por naturaleza, tiene el hábito
de utilizar dos veces la misma comida, después de haberla vomitado. Esta
sobriedad es símbolo de perfección espiritual, así como el poder taumatúrgico
de su lengua es símbolo de la purificación de los pecados que se obtiene a
través de la confesión y la penitencia. Pero el hecho de que el perro vuelva a lo
que ha vomitado también es signo de que, después de la confesión, se vuelve
a los mismos pecados de antes, y esta moraleja me fue bastante útil aquella
mañana para amonestar a mi corazón mientras admiraba las maravillas de la
naturaleza.
A todo esto, mis pasos me llevaron hacia los establos de los bueyes, que
estaban saliendo en gran cantidad guiados por los boyeros. De golpe los vi tal
como eran, y son: símbolo de amistad y bondad, porque, mientras trabaja, cada
buey se vuelve en busca de su compañero de arado, y si por casualidad éste
se encuentra ausente, lo llama con afectuosos mugidos. Los bueyes aprenden,
obedientes, a regresar solos al establo cuando llueve, y cuando se han
refugiado junto al pesebre, estiran todo el tiempo la cabeza para ver si ha
acabado el mal tiempo, porque tienen ganas de volver al trabajo. Y junto con
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
230
los bueyes también estaban saliendo los becerros, cuyo nombre -vitulus-, tanto
en las hembras como en los machos, deriva de la palabra viriditas, o también
de la palabra virgo, porque a esa edad aún son frescos, jóvenes y castos, y
muy mal había hecho, decía para mí, viendo en sus graciosos movimientos una
imagen de la incasta muchacha. En todo esto pensaba, reconciliado con el
mundo y conmigo mismo, mientras observaba los alegres trabajos matinales. Y
dejé de pensar en la muchacha o, mejor dicho, me esforcé por transformar la
pasión que sentía hacia ella en un sentimiento de gozo interior y de piadosa
serenidad.
Pensé que el mundo era bueno, y maravilloso, que la bondad de Dios se
manifiesta también a través de las bestias más horribles, como explica Honorio
Augustoduniense. Es verdad que hay serpientes tan grandes que devoran
ciervos y atraviesan los océanos, y que existe la bestia cenocroca, con cuerpo
de asno, cuernos de íbice, pecho y fauces de león, pie de caballo, pero hendido
como el del buey, con un tajo en la boca, que llega hasta las orejas, la voz casi
humana y un solo hueso, muy sólido, en lugar de dientes. Y existe la bestia
mantícora, con rostro de hombre, tres filas de dientes, cuerpo de león, cola de
escorpión, ojos glaucos, la piel del color de la sangre y la voz parecida al silbido
de las serpientes, monstruo ávido de carne humana. Y hay monstruos de pies
con ocho dedos, morro de lobo, uñas ganchudas, piel de oveja y ladrido de
perro, que al envejecer no se vuelven blancos sino negros, y que viven muchos
más años que nosotros. Y hay criaturas con ojos en los hombros y dos
agujeros en el pecho que hacen las veces de nariz, porque no tienen cabeza, y
otras que viven a las orillas del río Ganges, y se alimentan sólo del olor de
cierta clase de manzana, y, cuando están lejos de ella, mueren. Pero incluso
todas estas bestias inmundas cantan en su diversidad la gloria del Creador y su
sabiduría, al igual que el perro, el buey, la oveja, el cordero y el lince. Qué
grande es, dije entonces para mí, repitiendo las palabras de Vincenzo
Belovacense, la más humilde belleza de este mundo, y con qué agrado el ojo
de la razón considera atentamente no sólo los modos, los números y los
órdenes de las cosas, dispuestas con tanta armonía por todo el ámbito del
universo, sino también el curso de las épocas, que sin cesar van pasando a
través de sucesiones y caídas, signadas por la muerte, como todo lo que ha
nacido. Como pecador que soy, cuya alma pronto ha de abandonar esta prisión
de la carne, confieso que en aquel momento me sentí arrebatado por un
impulso de espiritual ternura hacia el Creador y la regla que gobierna este
mundo, y colmado de respetuoso júbilo admiré la grandeza y el equilibrio de la
creación.
En tal excelente disposición de ánimo, me encontró mi maestro cuando, llevado
por mis pasos y sin darme cuenta, después de haber dado casi toda la vuelta a
la abadía, regresé al sitio donde dos horas antes nos habíamos separado. Allí
estaba Guillermo, y lo que me dijo desvió el curso de mis pensamientos para
dirigirlos de nuevo hacia los tenebrosos misterios de la abadía.
Parecía muy contento. Tenía en la mano el folio de Venancio, que por fin había
podido descifrar. Fuimos a su celda, para estar lejos de oídos indiscretos, y me
tradujo lo que había leído. Después de la frase escrita en alfabeto zodiacal
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
231
(secretum finis Africae manus supra idolum age primum et septimum de
quatuor), el texto en griego decía lo siguiente:
El veneno terrible que da la purificación...
La mejor arma para destruir al enemigo...
Sírvete de las personas humildes, viles y feas, saca placer de su falta...
No debes morir... No en las casas de los nobles y los poderosos, sino en
las aldeas de los campesinos, después de abundante comida y
libaciones... Cuerpos rechonchos, rostros deformes.
Violan vírgenes y se acuestan con meretrices, no malvados, sin temor.
Una verdad distinta, una imagen distinta de la verdad...
Las venerables higueras.
La piedra desvergonzada rueda por la llanura... Ante los ojos.
Hay que engañar y sorprender engañando, decir lo contrario de lo que
se creía, decir una cosa y referirse a otra.
Para ellos las cigarras cantarán desde el suelo.
Eso era todo. En mi opinión, demasiado poco, casi nada. Parecía el delirio de
un demente, y se lo dije a Guillermo.
---Quizá. Y sin duda mi traducción agrava su demencia. Mi conocimiento del
griego es bastante aproximativo. Sin embargo, aun suponiendo que Venancio
estuviese loco, o que lo estuviese el autor del libro, seguiríamos sin saber por
qué tantas personas, y no todas locas, se han afanado tanto, primero para
esconder el libro, y luego para recuperarlo.
-¿Estas frases proceden del libro misterioso?
-No hay duda de que las escribió Venancio. Tú mismo puedes ver que no se
trata de un pergamino antiguo. Deben de ser apuntes que tomó mientras leía el
libro; si no, no las habría escrito en griego. Sin duda, Venancio copió,
abreviándolas, ciertas frases que había encontrado en el volumen sustraído al
finis Africae. Lo llevó al scriptorium y empezó a leerlo, anotando lo que le
parecía importante. Después sucedió algo. 0 bien se sintió mal, o tal vez oyó
que alguien subía. Entonces guardó el libro, junto con los apuntes, debajo de
su mesa, casi seguro que con la idea de retomarlo la noche siguiente. De todos
modos, sólo partiendo de este folio podremos reconstruir la naturaleza del libro
misterioso, y sólo sobre la base de la naturaleza de ese libro podrá inferirse la
naturaleza del homicida. Porque en todo crimen que se comete para
apoderarse de un objeto, la naturaleza del objeto debiera proporcionar una
idea, por pálida que fuese de la naturaleza del asesino. Cuando se mata por un
puñado de oro, el asesino ha de ser alguien ávido de riquezas. Cuando se
mata por un libro, el asesino ha de ser alguien empeñado en reservar para sí
los secretos de dicho libro. Por tanto, es preciso averiguar qué dice ese libro
que no tenemos.
-¿Y partiendo de estas pocas líneas seríais capaz de descubrir de qué libro se
trata?
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
232
---QueridoAdso, estas palabras parecen proceder de un libro sagrado, palabras
cuyo sentido va más allá de lo que dice la letra. Al leerlas esta mañana,
después de haber hablado con el cillerero, me impresionó el hecho de que
también en ellas se alude a los simples y a los campesinos, como portadores
de una verdad distinta a la verdad de los sabios. El cillerero dio a entender que
está unido a Malaquías por una extraña complicidad. ¿Acaso Malaquías habrá
escondido algún peligroso texto herético que Remigio pudo haberle entregado?
En tal caso, lo que Venancio habría leído y apuntado serían unas misteriosas
instrucciones acerca de una comunidad de hombres rústicos y viles, en
rebelión contra todo y contra todos. Pero...
-¿Qué?
-Pero hay dos hechos que no encajan en mi hipótesis. Uno es que Venancio no
parecía interesado en tales asuntos: era un traductor de textos griegos, no un
predicador de herejías... El otro es que esta primera hipótesis no explicaría la
presencia de frases como la de las higueras, la piedra o las cigarras...
-Quizá son enigmas y significan otra cosa -sugerí-. ¿0 tenéis otra hipótesis?
-sí, pero aún es muy confusa. Tengo la impresión, al leer esta página, de que
ya he leído algunas de las palabras que figuran en ella, y recuerdo frases casi
idénticas que he visto en otra parte. Me parece, incluso, que aquí se habla de
algo que ya se ha mencionado en estos días... Pero no puedo recordar de qué
se trata. He de pensar en esto. Quizá tenga que leer otros libros.
-¿Cómo? ¿Para saber qué dice un libro debéis leer otros?
-A veces es así. Los libros suelen hablar de otros libros. A menudo un libro
inofensivo es como una simiente, que al florecer dará un libro peligroso, o
viceversa, es el fruto dulce de una raíz amarga. ¿Acaso leyendo a Alberto no
puedes saber lo que habría podido decir Tomás? ¿0 leyendo a- Tomás lo que
podría haber dicho Averroes?
-Es cierto --dije admirado.
Hasta entonces había creído que todo libro hablaba de las cosas, humanas o
divinas, que están fuera de los libros. De pronto comprendí que a menudo los
libros hablan de libros, o sea que es casi como si hablasen entre sí. A la luz de
esa reflexión, la biblioteca me pareció aún más inquietante. Así que era el
ámbito de un largo y secular murmullo, de un diálogo imperceptible entre
pergaminos, una cosa viva, un receptáculo de poderes que una mente humana
era incapaz de dominar, un tesoro de secretos emanados de innumerables
mentes, que habían sobrevivido a la muerte de quienes los habían producido, o
de quienes los habían ido transmitiendo.
-Pero entonces --dije-, ¿de qué sirve esconder los libros, si de los libros visibles
podemos remontamos a los ocultos?
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
233
-Si se piensa en los siglos, no sirve de nada. Si se piensa en años y días,
puede servir de algo. De hecho, ya ves que estamos desorientados.
-¿De modo que una biblioteca no es un instrumento para difundir la verdad,
sino para retrasar su aparición? -pregunté estupefacto.
-No siempre, ni necesariamente. En este caso, sí.
Cuarto día
SEXTA
Donde Adso va a buscar trufas y se encuentra con un grupo de franciscanos
que llega a la abadía, y por una larga conversación que éstos mantienen con
Guillermo y Ubertino se saben cosas muy lamentables sobre Juan XXII.
Después de estas consideraciones, mi maestro decidió no hacer nada más. Ya
he dicho que a veces tenía momentos así, de total inactividad, como si se
detuviese el ciclo incesante de los astros, y él con ellos y ellos con él. Eso fue
lo que sucedió aquella mañana. Se tendió sobre su jergón con la mirada en el
vacío y las manos cruzadas sobre el pecho, moviendo apenas los labios, como
si estuviese recitando una plegaria, pero en forma irregular y sin devoción.
Pensé que estaba pensando, y decidí respetar su meditación. Regresé a los
corrales y vi que el sol ya no brillaba. La mañana había sido bella y límpida,
pero ahora (casi agotada la primera mitad del día) se estaba poniendo húmeda
y neblinosa. Grandes nubes llegaban por el norte e invadían la meseta,
envolviéndola en una ligera neblina. Parecía bruma, y quizá también surgiese
bruma del suelo, pero a aquella altura era difícil distinguir entre esta última, que
venía de abajo, y la niebla, que se desprendía de las nubes. Apenas se
divisaba ya la mole de los edificios más distantes.
Vi a Severino que, muy animado, estaba reuniendo a los porquerizos y algunos
cerdos. Me dijo que iban a buscar trufas en las laderas de las montañas y en el
valle. Yo aún no conocía ese fruto exquisito de la espesura, que crecía en los
bosques de aquella península, y que parecía típico de las tierras benedictinas,
ya fuese en Norcia -donde era negro- o en las tierras donde me encontraba---
más blanco y más perfumado. Severino me explicó en qué consistía y lo
sabroso que era, preparado en las formas más diversas. Y me dijo que era muy
difícil de encontrar, porque se escondía bajo la tierra, más hondo que las setas,
y que los únicos animales capaces de descubrirlo, guiándose por el olfato, eran
los cerdos. Pero que, cuando lo encontraban, querían devorarlo, y había que
alejarlos en seguida para impedir que lo desenterraran. Más tarde supe que
muchos caballeros no desdeñaban ese tipo de cacería, y que seguían a los
cerdos como si fuesen sabuesos de noble raza, y seguidos a su vez por
servidores provistos de azadas. Recuerdo incluso que, años después, un señor
de mi tierra, sabiendo que había estado en Italia, me preguntó si yo también
había visto que allí los señores salían a apacentar cerdos, y me eché a reír
porque comprendí que se refería a la búsqueda de la trufa. Pero, como le dije
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
234
que esos señores buscaban con tanto afán bajo la tierra el «tar-tufo», como
llaman allí a la trufa, para luego comérselo, entendió que se trataba de «der
Teufel», o sea, del diablo, y se santiguó con gran devoción, mirándome atónito.
Aclarada la confusión, ambos nos echamos a reír. Tal es la magia de las
lenguas humanas, que a menudo, en virtud de un acuerdo entre los hombres,
con sonidos iguales significan cosas diferentes.
Intrigado por los preparativos de Severino, decidí seguirlo. Porque comprendí
además que con esa excursión trataba de olvidar los tristes acontecimientos
que pesaban sobre todos nosotros, y pensé que, ayudándole a olvidar sus
pensamientos, quizá lograse, si no olvidar, al menos refrenar los míos.
Tampoco esconderé, puesto que me he propuesto escribir siempre, y sólo, la
verdad, que en, el fondo me seducía la idea de que una vez en el valle, quizá
podría ver, aunque fuese de lejos, a cierta persona. Pero para mí, y casi en voz
alta, dije que, como aquel día se esperaba a las dos legaciones, quizá podría
ver la llegada de alguna de ellas.
A medida que descendíamos por las vueltas de la ladera, el aire se hacía más
claro, no porque apareciese de nuevo el sol, pues arriba el cielo estaba
cubierto de nubes, sino porque la niebla iba quedando por encima de nuestras
cabezas y podíamos distinguir las cosas con claridad. E, incluso, cuando
hubimos descendido un buen trecho, me volví para mirar la cima de la
montaña, y no vi nada: desde la mitad de la ladera, la cumbre del monte, la
meseta, el Edificio, todo, había desaparecido entro las nubes.
La mañana en que llegamos, cuando subíamos entre las montañas, todavía era
visible, en ciertas vueltas del camino, a no más de diez millas de distancia, y
quizá a menos, el mar. Nuestro viaje había estado lleno de sorpresas, porque
de golpe nos encontrábamos en una especie de terraza elevada a cuyo pie se
veían golfos de una belleza extraor- dinaria, y poco después nos metíamos en
gargantas muy profundas, donde las montañas se erguían tan cerca unas de
otras que desde ninguna era posible divisar el espectáculo lejano de la costa,
mientras que a duras penas el sol lograba llegar hasta el fondo de los valles.
Nunca como en aquella parte de Italia había visto una compenetración -tan
íntima y tan inmediata de mar y montañas, de litorales y paisajes alpinos, y en
el viento que silbaba en las gargantas podía escucharse la alternante pugna
entre los bálsamos marinos y el gélido soplo rupestre.
Aquella mañana, en cambio, todo era gris, casi blanco como la leche, y no
había horizontes, incluso cuando las gargantas se abrían hacia las costas
lejanas. Pero me demoro en recuerdos que poco interesan para los fines de la
historia que nos preocupa, paciente lector de mi relato.
De modo que no me detendré a narrar las variadas vicisitudes de nuestra
búsqueda de los «derteufel». Sí hablaré de la legación de frailes franciscanos
que fui el primero en avistar, para correr en seguida al monasterio y dar parte a
Guillermo de su llegada.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
235
Mi maestro dejó que los recién llegados entraran y fueran saludados por el
Abad según el rito establecido. Después avanzó hacia el grupo, y aquello fue
una sucesión de abrazos y saludos fraternales.
Ya había pasado la hora de la comida, pero estaba dispuesta una rica mesa
para los huéspedes, y el Abad tuvo la delicadeza de dejarlos solos, y a solas
con Guillermo, dispensándolos de los deberes de la regla, para que pudieran
comer libremente y, al mismo tiempo, cambiar impresiones entre sí, puesto
que, en definitiva, se trataba, que Dios me perdone la odiosa comparación, de
una especie de consejo de guerra, que debía celebrarse lo más pronto posible,
antes de que llegasen las huestes enemigas, o sea, la legación de Aviñón.
Es inútil decir que los recién llegados también se encontraron en seguida con
Ubertino, a quien todos saludaron con una sorpresa, una alegría y una
veneración explicables no sólo por su prolongada ausencia sino también por
los rumores que habían circulado acerca de su muerte, así como por las
cualidades de aquel valeroso guerrero que desde hacía décadas venía librando
una batalla que también era la de ellos.
Más tarde, cuando describa la reunión del día siguiente, mencionaré a los
frailes que integraban el grupo. Entre otras razones, porque entonces hablé
muy poco con ellos, concentrado como estaba en el consejo tripartito que de
inmediato formaron Guillermo, Ubertino y Michele da Cesena.
Michele debía de ser un hombre muy extraño: ardiente de pasión franciscana
(a veces sus gestos y el tono de su voz eran como los de Ubertino en los
momentos de rapto místico), muy humano y jovial en su carácter terrestre de
hombre de la Romaña, capaz, como tal, de apreciar la buena mesa, y feliz de
reunirse con los amigos; sutil y evasivo, capaz de volverse de golpe hábil y
astuto como un zorro, simulador como un topo, cuando se rozaban problemas
vinculados con las relaciones entre los poderosos; capaz de estallar en
carcajadas, de crear tensiones fortísimas, de guardar elocuentes silencios,
experto en desviar la mirada del interlocutor cuando éste hacía preguntas que
obligaban a recurrir a la distracción para disimular el deseo de no responderle.
En las páginas precedentes ya he dicho algo sobre él, cosas que había oído
decir, quizá por personas que, a su vez, también las habían oído decir. Ahora,
en cambio, podía entender mejor muchas de las actitudes contradictorias y los
repentinos cambios de objetivos políticos que en los últimos años habían
desconcertado incluso a sus propios amigos y seguidores. Ministro general de
la orden de los franciscanos, era, en principio, el heredero de San Francisco, y,
de hecho, el heredero de sus intérpretes: debía competir con la santidad y
sabiduría de un predecesor como Buenaventura da Bagnoregio; debía
asegurar el respeto de la regla pero, al mismo tiempo, la riqueza de la orden,
tan grande y poderosa,debía prestar oídos a las cortes y a las magistraturas
ciudadanas, que proporcionaban a la orden, aunque fuese en forma de
limosnas, donaciones y legados que constituían su riqueza y su prosperidad; y,
al mismo tiempo, debía Vigilar que la necesidad de penitencia no arrastrase
fuera de la orden a los espirituales más fervientes, disolviendo la espléndida
comunidad, a cuya cabeza se encontraba, en una constelación de bandas
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
236
heréticas. Debía contentar al papa, al imperio, a los frailes de la vida pobre, y,
sin duda, también a San Francisco que lo vigilaba desde el cielo, y al pueblo
cristiano que lo vigilaba desde la tierra. Cuando Juan condenó a todos los
espirituales acusándolos de herejía, Mi -, chele no tuvo reparos en entregarle
cinco de los más tercos frailes de Provenza, dejando que el pontífice los
enviase a la hoguera. Pero al advertir (y no debió de haber andado lejos la
mano de Ubertino) que en la orden muchos simpatizaban con los partidarios de
la simplicidad evangélica, había dado los pasos adecuados para que, cuatro
años después, el capítulo de Perusa se adhiriese a las tesis de los quemados.
Desde luego, esto había obedecido a su voluntad de integrar en la práctica y en
las instituciones de la orden una exigencia capaz de convertirse en herejía, y
obrando de ese modo había deseado que lo que ahora deseaba la orden fuese
deseado también por el papa. Pero, mientras esperaba convencer a este
último, cuyo consentimiento le resultaba imprescindible para lograr sus
objetivos, no había desdeñado el apoyo del emperador y de los teólogos
imperiales. Sólo dos años antes de la fecha en que lo vi, había ordenado a sus
hermanos, en el capítulo general de Lyon, que siempre se refiriesen a la
persona del papa con moderación y respeto (pero meses antes este último
había hablado de los franciscanos protestando contra «sus ladridos, sus
errores y sus locuras»). Y, sin embargo, ahora compartía amistosamente la
mesa con personas que hablaban del papa con un respeto menos que nulo.
El resto ya lo he dicho. Juan quería que fuese a Aviñón, y él quería y no quería
ir, y en la reunión del día siguiente debería decidirse de qué manera y con qué
garantías habría de realizarse un viaje que no tendría que aparecer como un
acto de sumisión pero tampoco como un desafío. Creo que Michele nunca se
había encontrado personalmente con Juan, al menos desde que éste era papa.
En cualquier caso, hacía tiempo que no lo veía, y sus amigos se apresuraron a
pintarle con, tonos muy negros el retrato de aquel simoníaco.
-Hay algo que tendrás que aprender -le estaba diciendo Guillermo-: a no confiar
en sus juramentos, pues siempre se las ingenía para respetar la letra y violar el
contenido.
-Todos saben -decía Ubertino - lo que sucedió cuando fue elegido...
-¡Yo no hablaría de elección, sino de imposición! -intervino un comensal, al que
luego oí que llamaban Hugo de Newcastle, y cuyo acento era muy parecido al
de mi maes, tro-. Por de pronto, ya la muerte de Clemente V no ha estado
nunca muy clara. El rey nunca le había perdonado que hubiera prometido un
proceso póstumo contra Bonifacio VHI y que después hubiese hecho cualquier
cosa para no condenar a su predecesor. Nadie sabe bien cómo murió en
Carpentras. El hecho es que, cuando los cardenales celebraron allí su
cónclave, no designaron nuevo papa, porque (y con razón) la discusión versó
sobre si la sede debería estar en Aviñón o en Roma. No sé bien qué sucedió
en aquellos días, una masacre, me dicen, los cardenales amenazados de
muerte por el sobrino del papa muerto, sus servidores horriblemente
asesinados, el palacio en llamas, los cardenales apelando al rey, éste diciendo
que nunca había querido que el papa abandonase Roma, que tuvieran
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
237
paciencia e hiciesen una buena elección... Después, la muerte de Felipe el
Hermoso, también Dios sabe cómo.
---0 el diablo lo sabe -dijo santiguándose Ubertino, y lo mismo hicieron los
otros.
---0 el diablo lo sabe -admitió Hugo con una sonrisa burlona----. En resumen, le
sucede otro rey, que sobrevive dieciocho meses y luego muere, y también
muere su heredero, pocos días después de haber nacido, y su hermano, el
regente, asume el trono...
-Felipe V, el mismo que, cuando aún era conde de Poitiers, había vuelto a
reunir a los cardenales que huían de Carpentras -dijo Michele.
-Así es -prosiguió Hugo-, hizo que el cónclave volviera a reunirse en Lyon, en el
convento de los dominicos, y juró velar por su indemnidad y no mantenerlos
prisioneros. Pero apenas estuvieron a su merced, no sólo los hizo encerrar con
llave (lo que, por lo demás, concordaría con el uso establecido), sino que
también ordenó que se les fuera reduciendo la comida a medida que pasasen
los días sin que tomaran ninguna decisión. Además, prometió a cada uno que
apoyaría sus pretensiones al solio pontificio. Finalmente, cuando asumió el
trono, los cardenales, cansados después de dos años de prisión, por miedo a
seguir así durante el resto de sus días, y con tan mala comida, aceptaron
cualquier cosa, los muy glotones, y acabaron elevando a la cátedra de Pedro a
ese gnomo casi octogenario...
-¡Gnomo sí! -exclamó riendo Ubertino-. ¡Y de aspecto enclenque, pero más
robusto y astuto de lo que se creía!
-Hijo de zapatero -gruñó uno de los enviados.
-¡Cristo era hijo de carpintero! -lo amonestó Ubertino,-. Esto no importa. Es un
hombre instruido, ha estudiado leyes en Montpellier y medicina en París, ha
sabido cultivar sus amistades con habilidad suficiente como para obtener los
obispados y el sombrero cardenalicio cuando lo consideró oportuno, y cuando
fue consejero de Roberto el Sabio, en Nápoles, su perspicacia causó el
asombro de muchos. Y como obispo de Aviñón dio a Felipe el Hermoso los
consejos justos (quiero decir, justos para los fines de aque lla sórdida empresa)
para que lograra la ruina de los templarios. Y después de la elección supo
escapar a una conjura de los cardenales, que querían matarlo... Pero no me
refería a esto, sino a su habilidad para traicionar los juramentos sin que pueda
acusárselo de perjurio. Cuando fue elegido, y para ello prometió al cardenal
Orsini que volvería a trasladar la sede pontificia a Roma, juró por la hostia
consagrada que si no cumplía esa promesa no volvería a montar en un caballo
o en un mulo... Pues bien, ¿sabéis que hizo, el muy zorro? Después de la
coronación, en Lyon (contra la voluntad del rey, que quería que la ceremonia se
celebrase en Aviñón), ¡regresó a Aviñón en barco!
Todos los frailes se echaron a reír. El papa sería un perjuro, pero no podía
negársele cierto ingenio.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
238
-Es un desvergonzado -comentó Guillermo-. ¿No ha dicho Hugo que ni siquiera
trató de ocultar su mala fe? ¿No me has contado, Ubertino, lo que le dijo a
Orsini el día que llegó a Aviñón?
-Sí -dijo Ubertino-, le dijo que el cielo de Francia era tan hermoso que no veía
por qué debía poner el pie en una ciudad llena de ruinas como Roma. Y que,
puesto que el papa tenía, como Pedro, el poder de atar y desatar, él ejercía ese
poder y decidía quedarse donde estaba, y donde tan bien se sentía. Y cuando
Orsini trató de recordarle que su deber era vivir en la colina vaticana, lo llamó
secamente a la obediencia, y dio por concluida la discusión. Pero allí no acabó
la historia del juramento. Al bajar del barco debía montar una yegua blanca,
seguido de sus cardenales montados en caballos negros, como lo quiere la
tradición. Pero, en cambio, fue a pie hasta el palacio episcopal. Y creo que
nunca más montó a caballo. ¿Y de este hombre esperas, Michele, que respete
las garantías que pueda darte?
Michele estuvo un rato en silencio. Luego dijo:
-Puedo comprender que el papa desee quedarse en Aviñón, no se lo discuto.
Pero él tampoco podrá discutir nuestro deseo de pobreza y nuestra
interpretación del ejemplo de Cristo.
-No seas ingenuo, Michele -intervino Guillermo-. Vuestro, nuestro deseo pone
en evidencia la perversidad del suyo. Debes comprender que desde hace
siglos no ha habido en el trono pontificio un hombre más codicioso. Las
meretrices de Babilonia, contra las que antaño arremetió nuestro Ubertino, los
papas corruptos que mencionaban los poetas de tu país, como ese Alighieri,
eran mansos y sobrios corderillos comparados con Juan. ¡Es una urraca
ladrona, un usurero judío! ¡Se trafica más en Aviñón que en Florencia! Me he
enterado de la innoble transacción con' el sobrino de Clemente, Bertrand de
Goth, el de la masacre de Carpentras (donde, entre otras cosas, a los
cardenales los aliviaron del peso de sus joyas): Bertrand se había apoderado
del tesoro de su tío, que no era ninguna bagatela, y Juan conocía muy bien el
detalle de lo robado (en la Cum venerabiles enumera con precisión las
monedas, los vasos de oro y plata, los libros, las alfombras, las piedras
preciosas, los paramentos ... ), pero fingió ignorar que Bertrand se había alzado
con más de un millón y medio de florines de oro durante el saqueo de
Carpentras, y discutió sobre otros treinta mil florines que éste declaraba haber
recibido de su tío para «un fin piadosq.», o sea para una ' cruzada. Se decidió
que Bertrand retuviese la mitad de esa suma para la cruzada, y que el resto
pasara al santo solio. Pero Bertrand nunca hizo la cruzada, al menos todavía
no la ha hecho, y el papa tampoco ha visto un florín.
---0 sea que no es tan hábil como se dice -observó Michele.
-Es la única vez que lo han engañado en cuestiones de dinero -dijo Ubertino-.
Ya puedes ir sabiendo con qué raza de mercader tendrás que lidiar. En todos
los demás casos ha mostrado una habilidad diabólica para embolsar dinero. Es
un rey Midas, todo lo que toca se convierte en oro y va a parar a las arcas de
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
239
Aviñón. Cada vez que he entrado en sus habitaciones he visto banqueros,
cambistas, mesas cargadas de oro, y clérigos contando y apilando florín sobre
florín... Y ya verás el palacio que se ha hecho construir, con lujos que antes
sólo podían atribuirse al emperador de Bizancio o al Gran Kan de los tártaros.
¿Ahora comprendes por qué ha emitido tantas bulas contra la idea de la
pobreza? ¿Sabes que, por odio a nuestra orden, ha hecho esculpir a los
dominicos imágenes de Cristo donde éste aparece con corona real, túnica de
oro y púrpura, y calzado suntuoso? En Aviñón 'se han exhibido crucifijos en los
que se ve a Jesús con una sola mano clavada, pues con la otra toca una bolsa
que cuelga de-su cintura, para significar que El autoriza el uso del dinero con
fines religiosos...
-¡Oh, qué desvergonzado! -exclamó Michele-. ¡Pero eso es pura blasfemia!
-Ha añadido -prosiguió Guillermo- una tercera corona a la tiara papal, ¿verdad,
Ubertino?
-Sí. Al comienzo del milenio, el papa Hildebrando había adoptado una, con la
inscripción Corona regni de manu De¡; hace poco, el infame Bonifacio añadió
una segunda, con las palabras Diadema imperii de manu Petri y ahora Juan no
ha hecho más que perfeccionar el símbolo: tres coronas, el poder espiritual, el
poder temporal y el poder eclesiástico. Un símbolo de los reyes persas, un
símbolo pagano...
Había un fraile que hasta entonces había permanecido en silencio, ocupado
con gran devoción en tragar los exquisitos platos que el Abad había mandado
traer a la mesa de los visitantes. Escuchaba distraído lo que decían unos y
otros, lanzando cada tanto una risa sarcástica dirigida al pontífice, o algún
gruñido de aprobación cuando los otros comensales expresaban su desprecio.
Pero si no, lo que hacía era limpiarse la barbilla del pringue y los trozos de
carne que dejaba caer su boca desdentada pero voraz, y las únicas veces que
había dirigido la palabra a uno de sus vecinos había sido para alabar la bondad
de algún manjar. Luego supe que era micer Girolamo, aquel obispo de Caffa
que días antes Ubertino había creído muerto (y debo decir que la noticia de que
había muerto dos años atrás se tuvo por cierta en toda la cristiandad durante
mucho tiempo, porque más tarde volví a escucharla; de hecho, murió pocos
meses después de nuestro encuentro, y sigo pensando que su muerte se debió
a la rabia que tuvo que tragar durante la reunión del día siguiente, hasta el
punto que creí que estallaría allí mismo, porque su cuerpo era muy frágil y tenía
humor bilioso).
Intervino en aquel momento de la conversación para decir, con la boca llena:
-Sabed también que el infame ha establecido una constitución sobre las «taxae
sacrae paenitentiariae, donde especula con los pecados de los religiosos para
extraer aún más dinero. Si un eclesiástico comete pecado carnal, con una
monja, con una pariente, o incluso con una mujer cualquiera (¡porque también
esto sucede% podrá obtener la absolución con sólo pagar sesenta y siete liras
de oro y doce sueldos. Y si comete actos bestiales, serán más de doscientas
liras, pero si sólo los comete con niños o animales, y no con hembras, la multa
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
240
se reducirá en cien liras. Y una monja que se haya entregado a muchos
hombres, ya sea al mismo tiempo o en distintas ocasiones, fuera o dentro del
convento, y que después quiera convertirse en abadesa, deberá pagar ciento
treinta y una liras de oro y quince sueldos...
¡Vamos, micer Girolamo -protestó Ubertino-., bien sabéis lo poco que amo al
papa, pero en esto debo defenderlo! ¡Esa es una calumnia que circula en
Aviñón: nunca he visto tal constitución!
-Existe -afirmó con energía Girolamo-. Tampoco yo la he visto, pero existe.
Ubertino movió la cabeza y los demás callaron. Comprendí que estaban
acostumbrados a no tomar demasiado en serio a micer Girolamo, a quien el
otro día Guillermo había definido como un tonto. Fue Guillermo quien, en todo
caso, trató de reanudar la conversación:
-Sea o no falso, este rumor demuestra cuál es el clima moral que reina en
Aviñón, donde todos, explotados y explotadores, saben que viven más en un
mercado que en la corte de un representante de Cristo. Cuando Juan ascendió
al trono, se hablaba de un tesoro de setenta mil florines de oro, y ahora hay
quien dice que ha acumulado más de diez millones.
-Así es -dijo Ubertino-. ¡Michele, Michele, no sabes las inmoralidades que he
tenido que ver en Aviñón!
-Tratemos de ser honestos -dijo Michele-. Sabemos que también los nuestros
han cometido excesos. Me han llegado noticias de franciscanos que atacaban
con armas los conventos dominicanos y desnudaban a los frailes enemigos
para imponerles la pobreza... Por eso no me atreví a en frentar a Juan en la
época de los casos de Provenza... Quiero Regar a un acuerdo con él: no
humillaré su orgullo, sólo le pediré que no humille nuestra humildad. No le
hablaré de dinero, sólo le pediré que admita una sana interpretación de las
escrituras. Y eso es lo que hemos de hacer mañana con sus enviados. Al fin y
al cabo, son hombres de teología, y no todos serán rapaces como Juan. Una
vez que hombres con esa autoridad hayan deliberado sobre una interpretación
escrituraria, ya no podrá...
-¿El? -interrumpió Ubertino-. Pero aún no conoces sus locuras en el campo de
la teología. Lo que quiere es atarlo todo con sus manos, tanto en el cielo como
en la tierra. En la tierra ya hemos visto lo que hace. En cuanto al cielo... Pues
bien, todavía no ha expresado las ideas a que me refiero, al menos no
públicamente, pero me consta que las ha comentado con sus fieles. Está
elaborando unas proposiciones insensatas, si no perversas, que podrían alterar
la sustancia misma de la doctrina, ¡y que invalidarían por completo nuestra
prédica!
-¿Qué proposiciones? -preguntaron muchos.
-Preguntad a Berengario, él las conoce, fue él quien me las mencionó.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
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Ubertino se volvió hacia Berengario Talloni, que en los últimos años había sido
uno de los adversarios más francos del pontífice en su propia corte.
Y de allí venía ahora, pues sólo un par de días antes se había reunido con los
otros franciscanos, y con ellos había llegado a la abadía.
-Es una historia lúgubre y casi increíble --- dijo Berengario-. Pues bien, parece
que Juan se propone sostener que los justos sólo gozarán de la visión beatífica
después del Juicio. Hace tiempo que reflexiona sobre el versículo noveno del
capítulo sexto del Apocalipsis, el que habla de la apertura del quinto sello, y
aparecen al pie del altar los que han muerto para dar testimonio de la palabra
de Dios, y piden justicia. A cada uno se le entrega una túnica blanca y se te
pide que tenga un poco más de paciencia... Signo, argumenta Juan, de que no
podrán ver a Dios en su esencia hasta que se lleve a cabo el juicio final.
-Pero, ¿con quién ha hablado de eso? -preguntó Michele aterrorizado.
-Hasta ahora, con unos pocos íntimos, pero ha corrido acion púla voz, se dice
que está preparando una comunic --blica, no en seguida, quizá dentro de unos
años, está consultando con sus teólogos...
-¡Jal -rió sarcástico Girolamo, sin dejar de masticar.
-No sólo eso. Parece que quiere ir más allá y sostener que tampoco el infierno
se abrirá antes de ese día... Ni siquiera para los demonios.
_¡Jesucristo, ayúdanos! -exclamó Girolamo-. ¿Qué les contaremos entonces a
los pecadores si no podemos amenazarlos con el infierno inmediato, en
seguida después de la muerte?
-Estamos en manos de un loco -dijo Ubertino---. Pero no entiendo por qué
quiere sostener estas cosas...
-Con ello se va en humo toda la doctrina de las indulgencias -lamentó
Girolamo-, y ni siquiera él` podrá seguir vendiéndolas. ¿Por qué un cura que
haya cometido actos bestiales deberá pagar tantas liras de oro para evitar un
castigo tan lejano?
-No tan lejano --dijo con energía Ubertino---. ¡Los tiempos están cerca!
-Eso lo sabes tú, querido hermano, pero no los simples. ¡Dónde hemos llegado!
-gritó Girolamo, que parecía no gozar ya ni de lo que estaba comiendo-. ¡Qué
idea nefasta! Deben de habérsela metido en la cabeza esos frailes
predicadores.., ¡Ay! -y movió la cabeza.
-Pero, ¿por qué? -repitió Michele da Cesena.
-No creo que exista una razón -dijo Guillermo-. Es una prueba que se impone a
sí mismo, un acto de orgullo. Quiere ser realmente el que decida tanto sobre el
cielo como sobre la tierra. Sabía que corrían esos rumores, Guillermode Occam
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
242
me los había mencionado en una carta. Veremos quién se saldrá con la suya,
el papa o los teólogos, la voz de toda la iglesia, los propios deseos del pueblo
de Dios, los obispos...
-¡Oh! En cuestiones de doctrina podrá imponerse incluso a los teólogos -dijo
con tristeza Michele.
-No está dicho que deba ser así -respondió Guillermo. En los tiempos que
vivimos los conocedores de las cosas divinas no temen proclamar que el papa
es un hereje. Y ellos son, a su manera, la voz del pueblo cristiano, contra el
cual ya ni siquiera el papa podrá actuar.
-Peor, todavía peor -murmuró Michele aterrado-. De un lado, un papa loco, del
otro, el pueblo de Dios, que, aunque sea por boca de sus teólogos, pronto
querrá interpretar libremente las escrituras...
-¿Y qué? ¿Acaso vosotros habéis hecho algo distinto en Perusa? -preguntó
Guillermo.
Michele dio un brinco, como si le hubiesen puesto el dedo en la llaga:
-Por eso quiero encontrarme con el papa. No podemos hacer nada mientras no
contemos con su consentimiento.
En verdad, mi maestro era muy perspicaz. ¿Cómo había hecho para prever
que el propio Michele decidiría más tarde apoyarse en los teólogos del imperio
y en el pueblo para condenar al papa? ¿Cómo había hecho para prever que,
cuando cuatro años después el papa enunciase por primera vez su increíble
doctrina, se produciría una sublevación por parte de toda la cristiandad? Si la
visión beatífica se atrasaba tanto, ¿cómo habrían podido los difuntos interceder
por los vivos? ¿Y dónde iría a parar el culto de los santos? Serían
precisamente los franciscanos quienes iniciasen las hostilidades condenando al
papa, y Guillermo de Occam se encontraría entre los primeros, con sus
argumentaciones severas e implacables. La lucha duraría tres años, hasta que
Juan, ya próximo a morir, desistiría parcialmente de sus tesis. Me lo
describieron unos años más tarde, tal como apareció en el consistorio de
diciembre de 1334, más pequeño que nunca, consumido por la edad,
nonagenario y moribundo, pálido. Sus palabras habrían sido las siguientes
(hábil, el muy zorro, y capaz de jugar con las palabras no sólo para violar sus
propios juramentos, sino también para renegar de sus propias obstinaciones):
«Declaramos y creemos que las almas separadas del cuerpo y completamente
purificadas están en el cielo, en el paraíso con los ángeles, y con Jesucristo, y
que ven a Dios en su divina esencia, claramente y cara a cara ... » Y luego,
después de una pausa, nunca se supo si debida a la dificultad con que
respiraba o al designio perverso de marcar el carácter adversativo de la última
parte de la frase, « ... en la medida en que el estado y la condición del alma
separada lo permitan». La mañana siguiente, era domingo, se hizo trasladar a
una silla de caderas, recibió el besamanos de sus cardenales, y murió.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
243
Pero de nuevo me voy por las ramas y no cuento lo que debería contar. Lo que
sucede es que, en el fondo, tampoco se dijo ya nada en torno a aquella mesa
que añada demasiado para la comprensión de los hechos que estoy relatando.
Los franciscanos se pusieron de acuerdo sobre cuál sería la actitud que
adoptarían al día siguiente. Consideraron las cualidades de cada uno de sus
adversarios. Comentaron preocupados la noticia, que les transmitió Gillermo,
de la llegada de Bernardo Gui. Y se inquietaron aún más por el hecho de que la
legación aviñonesa fuese a estar presidida por el cardenal Bertrando del
Poggetto. Dos inquisidores eran demasiados: signo de que se quería usar
contra los franciscanos el argumento de la herejía.
-Peor para ellos -dijo Guillermo-, nosotros también los acusaremos de herejía.
-No, no -dijo Michele , procedamos con prudencia, no debemos comprometer la
posibilidad de un acuerdo.
-Por más que lo pienso -dijo Guillermo. y a pesar dehaber trabajado para que
este encuentro pudiera realizarse, como tú bien sabes, Michele, no logro
convencerme de que los aviñoneses vengan con el propósito de llegar a algún
resultado positivo. Juan quiere que vayas a Aviñón sólo y sin garantías. Pero al
menos el encuentro servirá para que te des cuenta de que es así. Peor hubiera
sido que viajases sin haber tenido esta experiencia.
-De modo que durante meses has estado desviviéndote por algo que
consideras inútil -dijo Michele con amargura.
-Tanto tú como el emperador me lo habíais pedido -respondió Guillermo-.
Además, nunca es inútil conocer mejor a los enemigos.
En aquel momento, vinieron a avisarnos de que la segunda delegación estaba
entrando en el recinto. Los franciscanos se levantaron y fueron al encuentro de
los hombres del papa.
Cuarto día
NONA
Donde llegan el cardenal Del Poggetto, Bernardo Gui y los demás hombres de
Aviñón, y luego cada uno hace cosas diferentes.
Hombres que se conocian desde hacía tiempo, y otros que, sin conocerse,
habían oído hablar unos de otros, se saludaban en la explanada con aparente
amabilidad. Al lado del Abad, el cardenal Bertrando del Poggetto se movía
como alguien familiarizado con el poder, como un segundo pontífice,
distribuyendo sonrisas cordiales, sobre todo entre los franciscanos, augurando
prodigios de entendimiento para la reunión del día siguiente, y transmitiendo
con énfasis votos de paz y felicidad (utilizó adrede esta expresión cara a los
franciscanos) de parte de Juan XXII.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
244
-Muy bien, muy bien -me dijo, cuando Guillermo tuvo .la gentileza de
presentarme cómo su amanuense y discípulo.
Después me preguntó si conocía Bolonia, y me alabó su belleza, su buena
comida y su espléndida universidad, invitándome a visitarla en vez de regresar
algún día, me dijo, a mis tierras germánicas, cuya gente estaba haciendo sufrir
tanto a nuestro señor papa. Luego me puso el anillo para que se lo besara,
mientras la sonrisa se dirigía ya hacia algún otro.
Por otra parte, mi atención se dirigió en seguida hacia el personaje que más
había oído mencionar aquellos días: Bernardo Gui, como lo llamaban los
franceses, Bernardo Guidoni o Bernardo Guido, como lo llamaban en otras
partes.
Era un dominico de unos setenta años, flaco pero erguido. Me impresionaron
sus ojos grises, fríos, capaces de clavarse en alguien sin revelar el sentimiento,
a pesar de que muchas veces los vería despidiendo destellos ambiguos, pues
era tan hábil para ocultar sus pensamientos y pasiones, como para expresarlos
deliberadamente.
En el intercambio general de saludos, no fue afectuoso y cordial como los
otros, sino en todo momento apenas cortés. Cuando divisó a Ubertino, a quien
ya conocía, se mostró deferente, pero la mirada que le dirigió me hizo
estremecer de inquietud. Cuando saludó a Michele da Cesena, esbozó una
sonrisa bastante enigmática, al tiempo que murmuraba sin mucho entusiasmo:
«Allá se os espera desde hace mucho», frase en la que no logré descubrir
signo alguno de ansiedad, ni sombra de ironía, ni matiz intimatorio, como
tampoco la menor huella de interés. Cuando se encontró con Guillermo, y supo
quién era, le dedicó una mirada de cortés hostilidad: pero no porque el rostro
revelase sus sentimientos secretos -tuve la certeza de que no era así (aunque
tampoco estaba seguro de que fuese capaz de abrigar sentimiento alguno)-,
sino porque, sin duda, quería que Guillermo sintiera hostilidad. Este se la
devolvió sonriéndole con exagerada cordialidad y diciéndole: «Hacía tiempo
que quería conocer a un hombre cuya fama me ha servido de lección y de
advertencia para tomar no pocas decisiones fundamentales de mi vida.» Frase
clara-mente elogiosa y casi aduladora para cualquiera que ignorase, y en modo
alguno era ése el caso de Bernardo, que una de las decisiones fundamentales
de la vida de Guillermo había sido la de abandonar el oficio de inquisidor. Tuve
la impresión de que, si Guillermo no habría -tenido reparos en que Bernardo
diese con sus huesos en algún calabozo imperial, tampoco este último habría
sufrido demasiado si de pronto el primero tuviera un accidente que le costase la
vida. Y como durante esos días Bernardo comandaba un grupo de hombres
armados, temí por la suerte de mi buen maestro.
El Abad ya debía de haber informado a Bernardo acerca de los crímenes
cometidos en la abadía. De hecho, fingiendo no haber percibido el veneno que
encerraba la frase de Guillermo, le dijo:
-Parece que en estos días, por solicitud del Abad, y para cumplir con la tarea
que me ha sido encomendada según los términos del acuerdo previo a este
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
245
encuentro, tendré que ocuparme de unos hechos deplorables en los que se
huele la pestífera presencia del demonio. Os lo menciono porque sé que en
otra época, cuando no había tanta distancia entre nosotros, también luchasteis
junto a mí, y los míos, en el campo donde se libraba la batalla entre las
escuadras del bien y las del mal.
-Así es -dijo Guillermo sin alterarse-, pero después me pasé al otro lado.
Bernardo encajó muy bien el golpe:
-¿Podéis decirme algo útil sobre estos hechos criminales.
-Lamentablemente, no -respondió Guillermo con tono educado-. Carezco de
vuestra experiencia en cuestiones criminales.
A partir de aquel momento, les perdí la huella. Guillermo mantuvo otra
conversación con Michele y Ubertino, y luego se retiró al scriptorium. Pidió a
Malaquías que le permitiera consultar unos libros cuyos títulos no llegué a
escuchar. Malaquías lo miró de modo extraño, pero no pudo negárselos. Me
llamó la atención que no tuviera que ir a buscarlos a la biblioteca. Estaban
todos en la mesa de Venancio. Mi maestro se sumergió en la lectura, y decidí
no molestarlo.
Bajé a la cocina. Allí estaba Bernardo Gui. Quizá quería conocer la disposición
de la abadía y estaba recorriendo todas sus dependencias. Le oí interrogar a
los cocineros y a otros sirvientes, hablando bien o mal la lengua vulgar del país
(recordé que había sido inquisidor en el norte de Italia). Me pareció que se
estaba informando acerca de las cosechas y la organización del trabajo en el
monasterio. Pero incluso cuando hacía las preguntas más inocuas, miraba a su
interlocutor con ojos penetrantes, y de pronto le espetaba otra pregunta, y
entonces su víctima palidecía y empezaba a balbucir. Concluí que, de alguna
manera singular, estaba practicando una encuesta inquisitorial, y que para ello
se valía de un arma formidable que todo inquisidor posee y utiliza en el
ejercicio de su función: el miedo del otro. Porque, en general, 1a persona
sometida a un interrogatorio dice al inquisidor, por miedo a que éste sospeche
de ella, algo que puede dar pie para que sospeche de otro.
Durante el resto de la tarde, mientras paseaba por la abadía, vi a Bernardo
dedicado a esa actividad, ya fuese junto a los molinos o en el claustro. Pero
casi nunca abordó a monjes: prefirió interrogar a hermanos laicos o a
campesinos. Al contrario de lo que hasta este momento había hecho Guillermo.
Cuarto día
VISPERAS
Donde Alinardo parece dar informaciones preciosas y Guillermo revela su
método para llegar a una verdad probable a través de una serie de errores
seguros.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
246
Después, Guillermo bajó del scriptorium. Estaba de buen humor. Mientras
esperábamos que fuese la hora de la cena, fuimos al claustro, donde nos
encontramos con Alinardo. Recordando el pedido que me había hecho, ya el
día anterior había pasado por la cocina para conseguir garbanzos, y se los
ofrecí. Me dio las gracias y los fue metiendo en su boca desdentada y llena de
baba.
-¿Has visto, muchacho? -me dijo---. También el otro cadáver yacía donde el
libro lo anunciaba... ¡Ahora espera la cuarta trompeta!
Le pregunté por qué creía que la clave para interpretar la secuencia de los
crímenes estaba en el libro de la revelación. Me miró asombrado:
-¡En el libro de Juan está la clave de todo! -Y añadió con una mueca de rencor-

Yo lo sabía, hace mucho que lo vengo anunciando... Fui yo, sabes, el que le

propuso al Abad... al de aquella época, reunir la mayor cantidad posible de
comentarios del Apocalipsis. Yo iba a ser el bibliotecario... Pero luego el otro
logró que lo enviaran a Silos, donde encontró los manuscritos más bellos, y
regresó con un espléndido botín. Oh, sabía dónde buscar, hablaba incluso la
lengua de los infieles... Así fue como obtuvo la custodia de la biblioteca, en mi
lugar. Pero Dios lo castigó haciéndole entrar antes de tiempo en el reino de las
tinieblas. Ja, ja... -rió con malignidad aquel viejo que hasta entonces, hundido
en la calma de la senectud, me había parecido inocente como un niño.
-¿A quién os estáis refiriendo? -preguntó Guillermo.
Nos miró desconcertado.
-¿De quién hablaba? No recuerdo... Eso fue hace tanto tiempo. Pero Dios
castiga, Dios borra, Dios ofusca incluso la memoria. Se han cometido muchos
actos de soberbia en la biblioteca. Sobre todo desde que cayó en manos de los
extranjeros. Pero Dios no deja de castigar...
No logramos que dijera nada más, de modo que lo dejamos entregado a su
pacífico y rencoroso delirio. Guillermo dijo que aquella conversación le había
interesado mucho:
-Alinardo es un hombre al que conviene escuc har. Siempre que habla dice algo
interesante.
-¿Qué ha dicho esta vez?
-Adso -dijo Guillermo-, resolver un misterio no es como deducir a partir de
primeros principios. Y tampoco es como recoger un montón de datos
particulares para inferir después una ley general. Equivale más bien a
encontrarse con uno, dos o tres datos particulares que al parecer no tienen
nada en común, y tratar de imaginar si pueden ser otros tantos casos de una
ley general que todavía no se conoce, y que quizá nunca ha sido enunciada.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
247
Sin duda, si sabes, como dice el filósofo, que el hombre, el caballo y el mulo no
tienen hiel y viven mucho tiempo, puedes tratar de enunciar el principio según
el cual los animales que no tienen hiel viven mucho tiempo. Pero piensa en los
animales con cuernos. ¿Por qué tienen cuernos? De pronto descubres que
todos los animales con cuernos carecen de dientes en la mandíbula superior.
Este descubrimiento sería muy interesante si no fuese porque, ay, existen
animales sin dientes en la mandíbula superior, que, no obstante, también
carecen de cuernos, como el camello, por ejemplo. Finalmente, descubres que
todos los animales sin dientes en la mandíbula su~ perior tienen dos
estómagos. Pues bien, puedes suponer que cuando se tienen pocos dientes se
mastica mal y, por tanto, se necesita otro estómago para poder digerir mejor los
alimentos.
-Pero ¿a qué vienen los cuernos? -pregunté con impaciencia-. ¿Y por qué os
ocupáis de los animales con cuernos?
-Yo no me he ocupado nunca de ellos, pero el obispo de Lincoln sí que se
ocupó, y mucho, siguiendo una idea de Aristóteles. Sinceramente, no sabría
decirte si su razonamiento es correcto; tampoco me he fijado en dónde tiene
los dientes el camello y cuántos estómagos posee. Si te he mencionado esta
cuestión, era para mostrarte que la búsqueda de las leyes explicativas, en los
hechos naturales, procede por vías muy tortuosas. Cuando te enfrentas con
unos hechos inexplicables, debes tratar de imaginar una serie de leyes
generales, que aún no sabes cómo se relacionan con los hechos en cuestión.
Hasta que de pronto, al descubrir determinada relación, uno de aquellos
razonamientos te parece más convincente que los otros. Entonces tratas de
aplicarlo a todos los casos similares, y de utilizarlo para formular previsiones y
descubres que habías acertado. Pero hasta el final no podrás saber qué
predicados debes introducir en tu razonamiento, y qué otros debes descartar.
Así es como estoy procediendo en el presente caso. Alineo un montón de
elementos inconexos, e imagino hipótesis. Pero debo imaginar muchas, y gran
parte de ellas son tan absurdas que me daría vergüenza decírtelas. En el caso
del caballo Brunello, por ejemplo, cuando vi las huellas, imaginé muchas
hipótesis complementarias y contradictorias: podía tratarse de un caballo que
había huido, podía ser que, montando ese hermoso caballo, el Abad hubiera
descendido por la pendiente, podía ser que un caballo, Brunello, hubiese
dejado los signos sobre la nieve y que otro caballo, Favello, el día anterior,
hubiera dejado las cri nes en la mata, y que unos hombres hubiesen quebrado
las ramas. Sólo supe cuál era la hipótesis correcta cuando vi al cillerero y a los
sirvientes buscando con ansiedad. Entonces comprendí que la única hipótesis
buena era la de Brunello, y traté de probar si era cierta apostrofando a los
monjes en la forma en que lo hice. Gané, pero del mismo modo hubiese podido
perder. Ahora, a propósito de los hechos ocurridos en la abadía, tengo muchas
hipótesis atractivas, pero no existe ningún hecho evidente que me permita decir
cuál es la mejor. Entonces, para no acabar haciendo el necio, prefiero no
empezar haciendo el listo. Déjame pensar un poco más, hasta mañana, al
menos.
En aquel momento comprendí cómo razonaba mi maestro, y me pareció que su
método tenía poco que ver con el del filósofo que razonaba partiendo de
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
248
primeros principios, y los modos de cuyo intelecto coinciden casi con los del
intelecto divino. Comprendí que, cuando no tenía una respuesta, Guillermo
imaginaba una multiplicidad de respuestas posibles, muy distintas unas de
otras. Me quedé perplejo.
-Pero entonces -me atreví a comentar-, aún estáis lejos de la solución...
-Estoy muy cerca, pero no sé de cuál.
-¿0 sea que no tenéis una única respuesta para vuestras preguntas?
-Si la tuviera, Adso, enseñaría teología en París.
-¿En París siempre tienen la respuesta verdadera?
-Nunca, pero están muy seguros de sus errores.
-¿Y vos? -dije con infantil impertinencia-. ¿Nunca cometéis errores?
-A menudo -respondió-. Pero en lugar de concebir uno solo, imagino muchos,
para no convertirme en el esclavo de ninguno.
Me pareció que Guillermo no tenía el menor interés en la verdad, que no es
otra cosa que la adecuación entre la cosa y el intelecto. El, en cambio, se
divertía imaginando la mayor cantidad posible de posibles.
Confieso que en aquel momento desesperé de mi maestro y me sorprendí
pensando: «Menos mal que ha llegado la inquisición.» Tomé partido por la sed
de verdad que animaba a Bernardo Gui.
Con la mente ocupada en tan culpables pensamientos, más turbado que Judas
la noche del Jueves Santo, entré con Guillermo en el refectorio para consumir
la cena.
Cuarto día
COMPLETAS
Donde Salvatore habla de una magia portentosa.
La cena para la legación fue soberbia. El Abad debía de conocer muy bien
tanto las debilidades de los hombres como las costumbres de la corte papal
(que tampoco disgustaron, debo decirlo, a los franciscanos de fray Michele). El
cocinero nos dijo que había previsto morcillas al uso de Monte Casino,
preparadas con la sangre de los cerdos matados aquellos días. Pero el
desgraciado fin de Venancio había obligado a tirarla, de modo que ahora habría
que esperar hasta que degollaran otros cerdos. Además, creo que en esos días
todos se resistían a matar criaturas del Señor. Sin embargo, tuvimos palominos
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
249
en salmorejo, macerados en vino del país, y conejo al asador, bollos de Santa
Clara, arroz preparado con almendras de aquellos montes, o sea el manjar
blanco de vigilia, hojas fritas de borraja, aceitunas rellenas, queso frito, carne
de oveja con salsa cruda de pimientos, habas blancas, y golosinas exquisitas,
pastel de San Bernardo, pastelillos de San Nicolás, ojillos de Santa Lucía, y
vinos, y licores de hierbas que pusieron de buen humor incluso a Bernardo Gui,
persona de hábitos muy austeros: Iicor de toronjil, licor de cáscara verde de
nuez, vino contra la gota y vino de genciana. Salvo por las lecturas devotas,
que acompañaban cada sorbo y cada bocado, parecía una reunión de
glotones.
Al final todos se levantaron muy alegres, algunos alegando vagos malestares
para no asistir a completas. Pero el Abad se mostró tolerante. No todos tienen
el privilegio y las obligaciones que entraña la pertenencia a nuestra orden.
Mientras los monjes iban saliendo, me demoré para curiosear por la cocina,
donde estaban disponiéndolo todo antes del cierre nocturno. Vi a Salvatore
que, con un paquete bajo el brazo, salía a hurtadillas en dirección al huerto.
Picado por la curiosidad, salí tras 61 y lo llamé. Trató de zafarse, pero cuando
le pregunté qué llevaba en el paquete (que se movía como si contuviese algo
vivo) me contestó que era un basilisco.
-¡Cave basilischium! ¡Est lo reys de las serpientes, tant pleno de veneno que
reluce todo por fuera! ¡Que dictam, el veneno, el hedor que solta ti mata! Te
atosiga... Et tiene máculas blancas en el lomo, et caput como gallo, et mitad va
erguida por encima del suelo et mitad va por el suelo como las otras serpentes.
Y lo mata la comadreja...
-¿La comadreja?
-¡Oc! Bestiola parvissima est, más larga alcunché que la rata, et odiala la rata
moltisimo. Y també la sierpe y el escorzo. Et cuando istos la morden, la
comadreja corre a la fenícula o a la circebita et las mordisca, et redet ad
bellum. Et dicunt que ingendra por los óculos, pero los más dicen que i1s dicen
falso.
Le pregunté qué hacía con un basilisco, y me dijo que eran asuntos suyos. Sin
poder soportar la curiosidad, le dije que en aquellos días, con todos aquellos
muertos, ya no había asuntos secretos, y que se lo contaría a Guillermo.
Entonces me rogó ardientemente que no dijese nada, abrió el paquete y me
mostró un gato de pelo negro. Me atrajo hacia sí y me dijo, con una sonrisa
obscena, que ya no quería que el cillerero o yo, uno por poderoso y el otro por
joven y bello, pudieran obtener el amor de las muchachas de la aldea, y él no,
porque era feo y pobre. Y que conocía una magia muy portentosa para
conseguir que cualquier mujer se enamorase. Había que matar un gato negro y
arrancarle los ojos, y luego meterlos en dos huevos de gallina negra, un ojo en
cada huevo (y me mostró dos huevos que aseguró haberles quitado a las
gallinas adecuadas). Después había que cubrir los huevos con estiércol de
caballo (y lo tenía preparado en un rinconcillo del huerto por donde nunca
pasaba nadie), y dejadlos hasta que se pudrieran, y entonces nacería un
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
250
diablillo de cada huevo, que se pondría a su servicio para brindarle todas las
delicias de este mundo. Pero, ay, me dijo, para que la magia resultase era
necesario que la mujer cuyo amor se deseaba escupiera en los huevos antes
de que fuesen enterrados en el estiércol, y que ese problema lo angustiaba,
porque era preciso que la mujer en cuestión estuviese esta noche a su lado, e
hiciera como había explicado, sin saber para qué servía.
De pronto me cubrí de rubor, el rostro, las vísceras, el cuerpo todo se me
encendió, y con un hilo de voz le pregunté si aquella noche traería de nuevo a
la muchacha de la noche anterior. Se rió, burlándose de mí, y me dijo que si',
que era grande el celo que llevaba (yo lo negué y dije que sólo preguntaba por
curiosidad), y después dijo que en la aldea había muchas mujeres, y que
traería otra, más bella aún que la que me gustaba. Pensé que estaba
mintiéndome para que no lo siguiera. Además, ¿qué habría podido hacer?
¿Seguirlo durante toda la noche mientras Guillermo me esperaba para otras
empresas muy distintas? ¿Volver a ver a aquella (suponiendo que fuese la
misma) hacia la que me empujaban mis apetitos y de la que me apartaba mi
razón, aquella que no debería volver a ver por más que desease verla de
nuevo? Sin duda que no. Por tanto, me convencí de que Salvatore decía la
verdad, en lo relativo a la mujer. 0 que, quizá, mentía en todo, que la magia de
la que hablaba era una fantasía de su mente ingenua y supersticiosa, y que no
haría nada de lo que había dicho.
Me enojé con él, lo traté con rudeza, le dije que aquella noche haría mejor en ir
a dormir, porque los arqueros circulaban por el recinto. Respondió que conocía
la abadía mejor que los arqueros, y que con aquella niebla nadie vería a nadie.
Incluso si ahora escapase, me dijo, tampoco tú me verías, aunque me quedara
a sólo dos pasos y me lo estuviese pasando bien con la muchacha que deseas.
Se expresó con otras palabras, bastante más innobles, pero éste fue el sentido
de lo que dijo. Indignado, me alejé, porque, noble y novicio como era, no iba a
litigar con un canalla como aquél.
Fui a reunirme con Guillermo e hicimos lo que correspondía. Es decir, nos
dispusimos a asistir a completas situados al fondo de la nave, de modo que,
cuando acabó el oficio, estuvimos preparados para emprender nuestro
segundo viaje (el tercero para mí) a las vísceras del laberinto.
Cuarto día
DESPUES DE COMPLETAS
Donde se visita de nuevo,el laberinto, se llega hasta el umbral del finis Afrícae,
pero no se lo puede cruzar porque no se sabe qué son el primero y el séptimo
de los cuatro, y al final Adso tiene una recaída, por lo demás bastante erudita,
en su enfermedad de amor.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
251
La visita a la biblioteca nos tomó muchas horas de trabajo. En teoría, la
inspección que debíamos hacer era fácil, pero avanzar iluminándonos con la
lámpara, leer las inscripciones, marcar en el mapa los pasos y las paredes sin
abertura, registrar las iniciales, recorrer los diferentes trayectos permitidos por
el juego de pasos y o bstrucciones, resultó bastante largo. Y tedioso.
Hacía mucho frío. Era una noche sin viento y no se oían aquellos silbidos
penetrantes que nos habían impresionado la vez anterior, pero por las troneras
entraba un aire húmedo y helado. Nos habíamos puesto guantes de lana para
poder tocar los volúmenes sin que las manos se nos pasmasen. Pero justo
eran los que se usaban para poder escribir en invierno, abiertos en la punta de
los dedos; de modo que cada tanto teníamos que acercar las manos a la llama,
ponérnolas bajo el escapulario o golpearlas entre sí, mientras ateridos
dábamos saltitos para reanimarnos.
Por eso no lo hicimos todo de una tirada. Nos detuvimos a curiosear en los
armaria, y, ahora que -con sus nuevas lentes calzadas en la nariz- podía
demorarse leyendo los libros, Guillermo prorrumpía en exclamaciones de júbilo
cada vez que descubría otro título, ya fuese porque conocía la obra, porque
hacía tiempo que la buscaba o, por último, porque nunca la había oído
mencionar y eso excitaba al máximo su curiosidad. En suma, cada libro era
para él como un animal fabuloso encontrado en una tierra desconocida. Y
mientras hojeaba un manuscrito me ordenaba que buscase otros.
-¡Mira qué hay en ese armario!
Y yo iba pasando los volúmenes y leyéndole con dificultad sus títulos:
-Historia anglorum de Beda... Y del mismo Beda De aedificatione templi, De
tabernaculo, De temporibus et computo et chronica et circuli Dionysi,
Ortographia, De ratione metrorum, Vita Sancti Cuthberti, Ars metrica...
-Por supuesto, todas las obras del Venerable... ¡Y mira éstos! De rhetorica
cognatione, Locorum rhetoricorum distinctio. Y todos estos gramáticos,
Prisciano, Honorato, Donato, Maximo, Victorino, Eutiques, Focas, Asper... Es
curioso, al principio pensé que aquí había autores de la Anglia... Miremos más
abajo...
-Hisperica... famina. ¿Qué es?
-Un poema hibérnico. Escucha:
Hoc spumans mun danas obvallat Pelagus oras
terrestres amniosis fluctibus cudit margines.
Saxeas undosis molibus irruit avionías.
Infima bomboso vertice miscet glareas
asprifero spergit spumas sulco,
sonoreis frequenter quatibur flabris...
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
252
El sentido se me escapaba, pero Guillermo hacía rodar de tal modo las
palabras en la boca que parecía oírse el sonido de las olas y la espuma del
mar.
-¿Y éste? Es Aldhelm de Malmesbury, oíd lo que dice aquí: Primitus pantorum
procerum poematorum pio potissim paternoque presertim privilegio panegiricum
poemataque passim prosatori sub polo promulgatas... ¡Todas las palabras
comienzan con la misma letra!
-Los hombres de mis islas son todos un poco locos -decía Guillermo con
orgullo-. Miremos en el otro armario.
-Virgilio.
-¿Cómo está aquí? ¿Qué de Virgilio? ¿Las Geórgicas? -No. Epítomes. Nunca
los había oído mencionar.
_¡Pero -no es Marón! Es Virgilio de Toulouse, el rétor, seis siglos después del
nacimiento de Nuestro Señor. Tuvo fama de ser un gran sabio...
-Aquí dice que las artes son poema, rethoria, grama, leporia, dialecta,
geometria... Pero, ¿en qué lengua habla?
-En latín, pero en un latín inventado por él, mucho más bello, en su opinión,
que el otro. Lee aquí: dice que la astronomía estudia los signos del zodíaco que
son mon, man, tonte, piron, dameth, perfellea, belgalic, margaleth, lutamiron,
taminon y raphalut.
-¿Estaba loco?
-No sé, no era de mis islas. Escucha esto otro: dice que hay doce maneras de
designar el fuego, ignis, coquihabin (quia incocta coquendi habet dictionem),
ardo, calax ex calore, fragon ex fragore flanunae, rusin de rubore, fumaton,
ustrax de urendo, vitius quia pene mortua membra suo vivificat, siluleus, quod.
de silice siliat, unde et silex non recte dicitur, nisi ex qua scintilla silit. Y aeneon,
de Aenea deo, qui in eo habitat, sive a quo elementis flatus fertur.
-¡Pero nadie habla así!
-Afortunadamente. Eran épocas en las que, para olvidar la maldad del mundo,
los gramáticos se entretenían con problemas abstrusos. He sabido que en
cierta ocasión los rétores Gabundus y Terentius se pasaron quince días y
quince noches discutiendo sobre el vocativo de ego, y al final llegaron a las
armas.
-Pero también este otro, escuchad... -Había cogido un libro maravillosamente
iluminado con laberintos vegetales entre cuyos zarcillos asomaban monos y
serpientes-: Escuchad qué palabras: cantamen, collamen gongelamen,
stemiamen, plasmamen, sonerus, alboreus, gaudifluus, glaucicomus...
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
253
-Mis islas -volvió a decir Guillermo enternecido--. No seas severo con esos
monjes de la lejana Hibernia. Quizás a ellos tengamos que agradecerles la
existencia de esta abadía y la supervivencia del sacro imperio romano . En
aquella época el resto de Europa era un montón de ruinas... En cierta ocasión
se declararon nulos los bautismos impartidos por algunos curas en las Galias,
porque bautizaban in nomine patris et filiae, y no porque practicasen una nueva
herejía según la cual Jesús habría sido mujer, sino porque ya no sabían latín.
-¿Como Salvatore?
-Más o menos. Los piratas del extremo norte bajaban por los ríos para saquear
Roma. Los templos paganos se convertían en ruinas y los cristianos aún no
existían. Fueron sólo los monjes de la Hibernia quienes en sus monasterios
escribieron y leyeron, leyeron y escribieron, e iluminaron, y después se
metieron en unas barquitas hechas con pieles de animales y navegaron hacia
estas tierras y os evangelizaron como si fueseis infieles, ¿comprendes? Has
estado en Bobbio: fue uno de aquellos monjes, San Colombano, quien lo fundó.
De modo que no los fastidies porque hayan inventado un nuevo latín, puesto
que en Europa ya no se sabía el viejo. fueron grandes hombres. San Brandán
llegó hasta las islas Afortunadas, y bordeó las costas del infierno, donde, en un
arrecife, vio a Judas encadenado, y cierto día llegó a una isla y al poner pie en
ella descubrió que era un monstruo marino. Sin duda, eran locos -repitió con
tono satisfecho.
-Sus imágenes son... ¡No puedo dar crédito a lo que ven mis ojos! ¡Y cuántos
colores! -dije, extasiado.
-En un país donde los colores no abundan, un poco azul y verde por todas
partes. Pero no sigamos hablando de los monjes hibernios. Lo que quiero
saber es por qué están aquí junto a los anglos y a gramáticos de otros países.
Mira en tu mapa. ¿Dónde deberíamos estar?
-En las habitaciones del torreón occidental. También he copiado las
inscripciones. Pues bien, al salir de la habitación ciega se entra en la sala
heptagonal, y hay un solo paso que comunica con una habitación del torreón,
donde la letra en rojo es una H. Después se pasa por las diferentes
habitaciones situadas en el interior del torreón, hasta que se llega otra vez a la
habitación ciega. La secuencia de las letras es... ¡Tenéis razón! iHIBERNI!
-HIBERNIA, si desde la habitación ciega regresas a la heptagonal, que, como
las otras tres, tiene la letra A de Apocalipsis. Por eso están aquí las obras de
los autores de la última Tule, y también las de los gramáticos y los rétores,
porque los que ordenaron la biblioteca pensaron que un gramático debe estar
con los gramáticos hibernios, aunque sean de Toulouse. Es un criterio. ¿Ves
como ya empezamos a entender algo?
-Pero en las habitaciones del torreón orienta], por el que hemos entrado, las
letras forman FONS.... ¿Qué significa?
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
254
-Lee bien tu mapa, sigue leyendo las letras de las salas por las que hay que
atravesar.
-FONS ADAEU...
-No, Fons Adae: la U es la segunda habitación ciega oriental. La recuerdo;
quizá corresponda a otra secuencia ¿Y qué hemos encontrado en el Fons
Adae, o sea en el paraíso terrenal (recuerda que allí es donde está la
habitación con el altar orientado hacia el sol naciente)?
-Había muchas biblias, y comentarios sobre la biblia, sólo libros sagrados.
-De modo que, ya lo ves,.Ia palabra de Dios asociada con el paraíso terrenal,
que, como todos dicen, se encuentra en una región lejana, hacia oriente. Y
aquí, a occidente, Hibernia.
-¿Entonces la planta de la biblioteca reproduce el mapa del mundo?
-Es probable. Y los libros están colocados por los países de origen, o por el
sitio donde nacieron sus autores o, como en este caso, por el sitio donde
deberían haber nacido. Los bibliotecarios pensaron que Virgilio el gramático
nació por error en Toulouse, pues debería haber nacido en las islas
occidentales. Repararon los errores de la naturaleza.
Seguimos avanzando. Pasamos por una serie de salas donde se guardaban
numerosos y espléndidos Apocalipsis, y una de ellas era la habitación donde
había tenido yo aquellas visiones. E incluso, cuando vimos desde lejos la luz,
Guillermo se tapó la nariz y corrió a apagarla, escupiendo sobre las cenizas. Y
de todos modos atravesamos la habitación a toda prisa, pero no pude olvidar
que allí había visto el bellísimo Apocalipsis multicolor con la mulier amicta sole
y el dragón. Reconstruimos la secuencia de aquellas salas partiendo de la
última en que entramos, cuya inicial en rojo era una Y. Leyendo al revés,
obtuvimos la palabra YSPANIA, pero la última A era la misma del final de
HIBERNIA. Signo, dijo Guillermo, de que había habitaciones donde se
guardaban obras de carácter mixto.
En todo caso, la zona denominada YSPANIA nos pareció poblada por una
cantidad de códices que contenían el Apocalipsis, todos ellos ricamente
ilustrados en un estilo que Guillermo reconoció como hispánico. Descubrimos
que la biblioteca poseía quizá la mayor colección de copias del libro del apóstol
de toda la cristiandad, así como una inmensa cantidad de comentarios de
volúmenes enormes dedicados a contener Beato de Liébana. El texto era
siempre ese texto. Había el comentario de más o menos el mismo, pero
encontramos una fantástica variedad en las imágenes, y Guillermo reconoció
las referencias a alguno de los que, en su opinión, eran los mejores
miniaturistas del reino de Asturias: Magius, Facundus y otros.
Mientras íbamos observando éstas y otras cosas, llega: mos al torreón
meridional, cerca del cual habíamos pasa do la otra noche. Desde la habitación
S de YSPANIA --sin ventanas- se pasaba a una habitación E, y, después de
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
255
atravesar las cinco habitaciones del torreón, llegamos a la última, que no
comunicaba con ninguna otra, y cuya inicial era una L en rojo. Leyendo la
secuencia de nuevo al revés, tuvimos la palabra-LEONES.
-Leones, meridión, en nuestro mapa estamos en Africa, hic sunt leones. Esto
explica por qué hemos encontrado tantos textos de autores infieles.
-Y hay más -dije mientras hurgaba en los armarios-. Canon de Avicena, y este
hermosísimo códice en una caligrafía que no conozco...
-A juzgar por las decoraciones debería ser un corán, pero lamentablemente no
conozco el árabe.
-El corán, la biblia de los infieles, un libro perverso...
-Un libro que contiene una sabiduría diferente de la nuestra. Pero ya veo que
entiendes por qué lo pusieron aquí, con los leones y los monstruos. Por eso
también encontramos aquí el libro sobre los animales monstruosos, donde viste
el unicornio. En esta zona, llamada LEONES, se guardan los libros que, según
los constructores de la biblioteca, contienen mentiras. ¿Qué hay allí?
-Están en latín, pero son traducciones del árabe. Ayyub al Ruhawi, un tratado
sobre la hidrofobia canina. Y este es un libro sobre los tesoros. Y este otro el
De aspectibus de Alhazen...
-Ves: entre los monstruos y las mentiras, también han puesto obras de ciencia,
de las que tanto deben aprender los cristianos. Así se pensaba en la época en
que se construyó la biblioteca.
-Pero ¿por qué han puesto entre las falsedades un libro con el unicornio? -
pregunté.
-Sin duda, los fundadores de la biblioteca tenían ideas extrañas. Es probable
que hayan pensado que este libro, donde se habla de animales fantásticos que
viven en países lejanos, formaba parte del repertorio de mentiras difundido por
los infieles.
-¿El unicornio es una mentira? Es un animal muy gracioso, que encierra un
simbolismo muy grande. Figura de Cristo y de la castidad, sólo es posible
capturarlo poníendo una virgen en el bosque, para que, al percibir su olor
castísimo, el animal se acerque y pose su cabeza en el regazo de la virgen,
dejándose atrapar por los lazos de los cazadores.
-Eso dicen, Adso. Pero muchos se inclinan a pensar que se trata de una fábula
inventada por los paganos.
-¡Qué desilusión! Me habría hecho gracia encontrar alguno al atravesar un
bosque. Si no, ¿qué gracia tendría atravesar un bosque?
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
256
-Tampoco está dicho que no exista. Quizá no sea como un viajero veneciano,
que llegó ya cerca del fons paradisi que lo representan estos libros. hasta
países muy remotos, mencionan los mapas, vio unicornios. Pero le parecieron
torpes y sin gracia, negros y feísimos. Creo que los animales que vio tenían de
verdad un cuerno en la frente. Es probable que hayan sido los mismos cuya
descripción nos dejaron los maestros del saber antiguo, nunca del todo
erróneo, a quienes Dios concedió ver cosas que nosotros no hemos visto.
Aquella descripción inicial debió de ser fiel, pero al viajar de auctoritas en
auctoritas, la imaginación la fue transformando, hasta que los unicornios se
convirtieron en animales graciosos, blancos y dóciles. De modo que si te
enteras de que en un bosque habita un unicornio, no vayas con una virgen,
porque el animal podría parecerse más al que vio el veneciano que al que
figura en este libro.
-Y ¿cómo fue que Dios otorgó a los maestros del saber antiguo la revelación de
la verdadera naturaleza del unicornio?
-No la revelación, sino la experiencia. Tuvieron la suerte de nacer en países
donde vivían unicornios, o en épocas en las que los unicornios vivían en esos
países.
-Pero entonces, ¿cómo podemos confiar en el saber antiguo, cuyas huellas
siempre estáis buscando, si nos llega a través de unos libros mentirosos que lo
han interpretado con tanta libertad?
-Los libros no se han hecho para que creamos lo que dicen, sino para que los
analicemos. Cuando cogemos un libro, no debemos preguntarnos qué dice,
sino qué quiere decir, como vieron muy bien los viejos comentadores de las
escrituras. Tal como lo describen estos libros, el unicornio contiene una verdad
moral, alegórica o anagógica, que sigue siendo verdadera, como lo sigue
siendo la idea de que la castidad es una noble virtud. Pero en cuanto a la
verdad literal, en la que se apoyan las otras tres, queda por ver de qué dato de
experiencia originaria deriva aquella letra. La letra debe discutirse, aunque el
sentido adicional siga siendo válido. En cierto libro se afirma que la única
manera de tallar el diamante consiste en utilizar sangre de macho cabrío. Mi
maestro, el gran Roger Bacon, dijo que eso no era cierto, simplemente porque
había intentado hacerlo y no había tenido éxito. Pero si hubiese existido alguna
relación simbólica entre el diamante y la sangre de macho cabrío, ese sentido
superior habría permanecido intacto.
-De modo que pueden decirse verdades superiores mintiendo en cuanto a la
letra. Sin embargo, sigo lamentando que el unicornio, tal como es, no exista, no
haya existido o no pueda existir algún día.
-No nos está permitido poner límites a la omnipotencia divina, y, si Dios
quisiera, podrían existir incluso los unicornios. Pero consuélate, existen en
estos libros, que, si bien no hablan del ser real, al menos hablan del ser
posible.
-Entonces ¿hay que leer los libros sin recurrir a la fe, que es virtud teologal?
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
257
otras dos virtudes teologales. La esperanza de que lo posible sea. Y la caridad
hacia el que ha creído de buena fe que lo posible era.
-Pero ¿de qué os sirve el unicornio si vuestro intelecto no cree en él?
-Me sirve como me ha servido la huella de los pies de Venancio en la nieve,
cuando lo arrastraron hasta la tinaja de los cerdos. El unicornio de los libros es
como una impronta. Si existe la impronta, debe de haber existido algo de lo que
ella es impronta.
-Algo que es distinto de la impronta misma, queréis decir.
-Sí. No siempre una impronta tiene la misma forma que el cuerpo que la ha
impreso, y no siempre resulta de la presión de un cuerpo. A veces reproduce la
impresión que un cuerpo ha dejado en nuestra mente, es impronta de una idea.
La idea es signo de las cosas, y la imagen es signo de la idea, signo de un
signo. Pero a partir de la imagen puedo reconstruir, si no el cuerpo. al menos la
idea que otros tenían de él.
-¿Y eso os basta?
-No, porque la verdadera ciencia no debe contentarse con ideas, que son
precisamente signos, sino que debe llegar a la verdad singular de las cosas.
Por tanto, me gustaría poder remontarme desde esta impronta de una impronta
hasta el unicornio individual que está al comienzo de la cadena. Así como me
gustaría remontarme desde los signos confusos dejados por el asesino de
Venancio (signos que podrían referirse a muchas personas) hasta un individuo
único, que es ese asesino. Pero no siempre es posible hacerlo en breve
tiempo, sin tener que pasar por una serie de otros signos.
-Entonces, ¿nunca puedo hablar más que de algo que me habla de algo
distinto, y así sucesivamente, sin que exista el algo final, el verdadero?
---Quizásexiste, y es el individuo unicornio. No te preocupes, tarde o temprano
lo encontrarás, aunque sea negro y feo.
-Unicornios, leones, autores árabes y moros en general -dije entonces-. Sin
duda, esto es el Africa del que hablaban los monjes.
-Sin duda lo es. Y si lo es, deberíamos encontrar a los poetas africanos a que
aludió Pacifico da Tivoli.
En efecto, retrocediendo hasta la habitación L, encontré un armario donde
había una colección de libros de Floro, Frontón, Apuleyo, Marciano Capella y
Fulgencio.
-Así que es aquí donde Berengario decía que tendría que estar la explicación
de cierto secreto -dije.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
258
-Casi aquí. Usó la expresión «finis Africae», y al escuchar estas palabras fue
cuando Malaquías se enfadó tanto. El finis podría ser esta última habitación, o
bien... -lanzó un grito-: ¡Por las siete iglesias de Clonmacnois! ¿No has notado
nada?
-¿Qué?
-¡Regresemos a la habitación S, de la que hemos partido!
Regresamos a la primera habitación ciega cuya inscripción rezaba: Super
thronos viginti quatuor. Tenía cuatro aberturas. Una comunicaba con la
habitación Y, que tenía una ventana abierta hacia el octágono. Otra
comunicaba con la habitación P, que, siguiendo la pared externa, se insertaba
en la secuencia YSPANIA. La que daba al torreón comunicaba con la
habitación E, que acabábamos de atravesar. Después había una pared sin
aberturas, y por último un paso que comunicaba con una segunda habitación
ciega cuya inicial era una U. La habitación S era la del espejo, y por suerte éste
se encontraba en la pared situada inmediatamente a mi derecha, porque si no,
me hubiese llevado de nuevo un buen susto.
Mirando bien el mapa, descubrí que aquella habitación tenía algo especial.
Como las demás habitaciones ciegas de los otros tres torreones, habría tenido
que comunicar con la habitación heptagonal central. De no ser así, la entrada al
heptágono debería estar en la habitación ciega de al lado, la U. Sin embargo,
no era así: esta última, que comunicaba con una habitación T con ventana al
octágono interno, y con la habitación S, ya conocida, tenía las restantes tres
paredes llenas de armarios, o sea sin aberturas. Mirando a nuestro alrededor
descubrimos algo que entonces nos pareció evidente, también razonando con
el mapa: por razones no sólo de estricta simetría, sino también de lógica, aquel
torreón debería tener su habitación heptagonal, y, sin embargo, esa habitación
faltaba.
-No existe -dije.
-No es que no exista. Si no existiese, las otras habitaciones serían más
grandes. Pero son más o menos del mismo tamaño que las de los otros
torreones. Existe, pero no tiene acceso.
-¿Está tapiada?
-Probablemente. De modo que éste es el finis Africae, el sitio por el que
rondaban los curiosos que ahora están muertos. Está tapiada, pero no está
dicho que no exista algún pasadizo. Más aún: seguro que existe, y Venancio lo
encontró, o bien Adelmo se lo había descrito, y a éste, a su vez, Berengario.
Releamos sus notas.
Extrajo del sayo el folio de Venancio y volvió a leer:
-La mano sobre el ídolo opera sobre el primero y el séptimo de los cuatro -miró
a su alrededor-. ¡Pero sí! ¡El idolum es la imagen del espejo! Venancio pensaba
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
259
en griego, y en esa lengua, todavía más que en la nuestra, eidolon es tanto
imagen como espectro, y el espejo nos devuelve nuestra imagen deformada,
que nosotros mismos, la otra noche, confundimos con un espectro. Pero
entonces, ¿qué serán los cuatro supra speculum? ¿Algo que hay sobre la
superficie reflejante? En tal caso, deberíamos situarnos en cierto ángulo desde
el cual pudiera verse algo que se refleja en el espejo y que corresponde a la
descripción que da Venancio...
Nos movimos en todas direcciones, pero en vano. Además de nuestras propias
imágenes, el espejo sólo nos devolvía confusamente las formas del resto de la
sala, apenas iluminada por la lámpara.
-Entonces -reflexionaba Guillermo-, con supra speculum podría querer decir
más allá del espejo... Lo que entrañaría que pri mero llegásemos más allá,
porque sin duda este espejo es una puerta.
El espejo era más alto que un hombre normal, y estaba encajado en la pared
mediante un sólido marco de roble. Lo tocamos por todas partes, tratamos de
meter nuestros dedos, nuestras uñas, entre el marco y la pared, pero el espejo
estaba firme como si formase parte de la pared, como piedra en la piedra.
-Y si no es más allá, podría ser super speculum -murmuraba Guillermo,
mientras se ponía en puntas de pie y alzaba el brazo para pasar la mano por el
borde superior del marco, sin encontrar más que polvo-. Además -reflexionó
melancólicamente , aunque allí detrás haya una habitación, el libro que
buscamos, y que otros han buscado, no está ya en ella, porque se lo han
llevado, primero Venancio y después, quién sabe dónde, Berengario.
-Quizá Berengario volvió a ponerlo aquí.
-No, aquella noche estábamos en la biblioteca, y todo parece indicar que murió
no mucho después del hurto, aquella misma noche, en los baños. Si no, lo
hubiésemos vuelto a ver la mañana siguiente. No importa. Por ahora hemos
averiguado dónde está el finis Africae y disponemos de casi todos los
elementos para perfeccionar nuestro mapa de la biblioteca. Debes admitir que
ya se han aclarado muchos de los misterios del laberint o. Todos, diría, salvo
uno. Creo que me será más útil una relectura cuidadosa del manuscrito de
Venancio, que seguir explorando la biblioteca. Ya has visto que el misterio del
laberinto nos ha resultado más fácil de aclarar desde fuera que desde dentro.
No será esta noche, frente a nuestras imágenes deformadas, cuando
resolveremos el problema. Además, la lámpara se está consumiendo. Ven,
completemos las indicaciones que necesitamos para acabar el mapa.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
260
Recorrimos otras salas, siempre registrando en mi mapa lo que íbamos
descubriendo. Encontramos habitaciones dedicadas sólo a obras de
matemáticas y astronomía, otras con obras en caracteres arameos, que
ninguno de los dos conocíamos, otras en caracteres aún más desconocidos,
quizá fuesen textos de la India. Nos desplazábamos siguiendo dos secuencias
imbricadas que decían IUDAEA y AEGYPTUS. En suma, para no aburrir al
lector con la crónica de nuestro desciframiento, cuando más tarde
completamos del todo el mapa, comprobamos que la biblioteca estaba
realmente constituida y distribuida a imagen del orbe terráqueo. Al norte
encontramos ANGLIA y GERMANI, que, a lo largo de la pared occidental, se
unían con GALLIA, para engendrar luego en el extremo occidental a HIBERNIA
y hacia la pared meridional ROMA (¡paraíso de los clásicos latinos!) e
YSPANIA. Después venían, al sur, los LEONES, el AEGYPTUS, que hacia
oriente se convertían en IUDAEA y FONS ADAE. Entre oriente y septentrión, a
lo largo de la pared, ACAIA, buena sinécdoque, como dijo Guillermo, para
refirirse a Grecia, y, en efecto, en aquellas cuatro habitaciones abundaban los
poetas y filósofos de la antigüedad pagana.
El modo de lectura era extraño. A veces se seguía una sola dirección, a veces
se retrocedía, a veces se recorría un círculo, y a menudo, como ya he dicho,
una letra servía para componer dos palabras distintas (en este caso, la
habitación tenía un armario dedicado a un tema y uno al otro). Pero sin duda no
había que buscar una regla áurea en aquella distribución. Sólo era un artificio
mnemotécnico para que el bibliotecario pudiese encontrar las obras. Decir que
un. libro estaba en quarta Acaiae significaba que podía encontrárselo en la
cuarta habitación contando desde aquella donde aparecía la A inicial. En
cuanto al modo de encontrarla, se suponía que el bibliotecario conocía de
memoria el trayecto, recto o circular, que debía recorrer para llegar hasta ella.
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
261
Por ejemplo, ACAIA estaba distribuido en cuatro habitaciones dispuestas en
forma de cuadrado, lo que significa que la primera A era también la última,
como, por lo demás, tampoco a nosotros nos llevó mucho descubrir. Al igual
que nos había sucedido con el juego de las obstrucciones. Por ejemplo,
viniendo desde oriente, ninguna de las habitaciones de ACAIA comunicaba con
las habitaciones siguientes: allí se cortaba el laberinto y para Regar al torreón
septentrional había que atravesar las otras tres. pero, desde luego, cuando los
bibliotecarios entraban desde el FONS, sabían bien que para ir, digamos, a
ANGLIA, debían atravesar AEGYPTUS, YSPANIA, GALLIA y GERMANI.
Con estos y otros preciosos descubrimientos concluyó nuestra fructífera
exploración de la biblioteca. Pero antes de decir que, satisfechos, nos
dispusimos a salir (para participar en otros acontecimientos a los que pronto he
`de referirme), debo confesar algo a mi lector. Ya he dicho que nuestra
exploración se desarrolló de una parte buscando la clave de aquel sitio
misterioso y de la otra demorándonos en las salas cuya colocación y cuyo tema
íbamos consignando, para hojear todo tipo de libros, como si estuviésemos
explorando un continente misterioso o una terra incógnita. Y en general esa
exploración se realizaba de común acuerdo, deteniéndonos ambos en los
mismos libros, yo llamándole la atención sobre los más curiosos, y él
explicándome todo lo que yo era incapaz de entender.
Pero en determinado momento, justo cuando recorríamos las salas del torreón
meridional, llamadas LEONES, sucedió que mi maestro se detuvo en una
habitación que contenía gran cantidad de obras en árabe con curiosos dibujos
de óptica. Y como aquella noche no disponíamos sólo de una, sino de dos
lámparas, me puse a curiosear en la habitación de al lado, y comprobé que con
sagacidad y prudencia los legisladores de la biblioteca habían agrupado a lo
largo de una de sus paredes unos libros que, sin duda, no podían facilitarse a
cualquier tipo de lector, porque de diferentes maneras trataban de las más
diversas enfermedades del cuerpo y del espíritu. Casi siempre eran libros
escritos por autores infieles. Y mi mirada fue a posarse en un libro no muy
grande, y adornado con miniaturas que (¡por suerte!) poco tenían que ver con
el tema, flores, zarcillos, parejas de animales, algunas hierbas de uso
medicinal: su título era Speculum amoris, y su autor fray Máximo de Bolonia, y
recogía citas de muchas otras obras, todas sobre la enfermedad del, amor. No
se necesitaba más para despertar mi insana curiosidad, como comprenderá el
lector. De hecho, bastó el título para que mi alma, aquietada desde la mañana,
volviera a encenderse, y a excitarse evocando de nuevo la imagen de la
muchacha.
Como durante todo el día había rechazado los pensamientos de aquella
mañana diciéndome para mí que eran impropios de un novicio sano y
equilibrado, y como, además, los acontecimientos habían sido lo bastante ricos
e intensos para distraerme, mis apetitos se habían calmado, de modo que ya
me creía libre de lo que sólo habría sido una inquietud pasajera. Pero me bastó
con ver el libro para decir «de te fabula narratur», y para comprobar que estaba
mucho más enfermo de amor de lo que había creído. Después supe que
cuando leemos libros de medicina siempre creemos sentir los dolores que allí
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
262
se describen. Así fue como la lectura de aquellas páginas, hojeadas a toda
prisa por miedo a que Guillermo entrase en la habitación y me preguntara qué
era lo que estaba considerando con tanta seriedad, me convenció de que sufría
de esa enfermedad, cuyos síntomas estaban tan espléndidamente descritos
que, si bien por un lado me preocupaba el hecho de estar enfermo (y en la
infalible compañía de tantas auctoritates), también me alegraba al ver pintada
con tanta vivacidad mi situación. Y al mismo tiempo me iba convenciendo de
que, a pesar de encontrarme enfermo, la enfermedad que padecía era, por
decirlo así, normal, puesto que tantos otros la habían sufrido de la misma
manera, y parecía que los autores citados hubieran estado pensando en mí al
describirla.
Así leí emocionado las páginas donde Ibn Hazm define el amor como una
enfermedad rebelde, que sólo con el amor se cura, una enfermedad de la que
el paciente no quiere curar, de la que el enfermo no desea recuperarse (¡y Dios
sabe hasta dónde es asfi). Comprendí por qué aquella mañana me había
excitado tanto todo lo que veía, pues, al parecer, el amor entra por los ojos,
como dice, entre otros, Basilio de Ancira, y quien padece dicho mal demuestra -
síntoma inconfundible un júbilo excesivo, y al mismo tiempo desea apartarse y
prefiere la soledad (como yo aquella mañana), a lo que se suma un intenso
desasosiego y una confusión que impide articular palabra... Me estremecí al
leer que, cuando se le impide contemplar el objeto amado, el amante sincero
cae necesariamente en un estado de abatimiento que a menudo lo obliga a
guardar cama, y a veces el mal ataca al cerebro, y entonces el amante
enloquece y delira (era evidente que yo aún no había llegado a esa situación,
porque me había desempeñado bastante bien cuando exploramos la
biblioteca). Pero leí con aprensión que, si el mal se agrava, puede resultar fatal,
y me pregunté si la alegría de pensar en la muchacha compensaba aquel
sacrificio supremo del cuerpo, al margen de cualquier justa consideración sobre
la salud del alma.
Porque, además, encontré esta otra cita de Basilio, para quien «qui animam
corpori per vitia conturbationesque commiscent, utrinque quod habet utile ad
vitam necessarium demoliuntur, animamque lucidam ac nitidam camalium
voluptatum limo perturbant, et corporis munditiam atque nitorem hac ratione
miscentes, inutile hoc ad vitae officia ostendunt». Situación extrema en la que
realmente no deseaba hallarme.
Me enteré también, por una frase de Santa Hildegarda, de que el humor
melancólico que había sentido durante el día, y que había atribuido a un dulce
sentimiento de pena por la ausencia de la muchacha, se parece
peligrosamente al sentimiento que experimenta quien se aparta del estado
armónico y perfecto que distingue la vida del hombre en el paraíso, y de que
esa melancolía «nigra et amara» se debe al soplo de la serpiente y a la
influencia del diablo. Idea compartida también por ciertos autores infieles de no
menor sabiduría, pues tropecé con las líneas atribuidas a Abu Bakr-
Muharnmad Ibn Zaka-riyya ar-Razi, quien, en un Liber continens, identifica la
melancolía amorosa con la licantropía, en la que el enfermo se comporta como
un lobo. Al leer su descripción se me hizo un nudo en la garganta: primero se
altera el aspecto externo de los amantes, la vista se les debilita, los ojos se
Umberto Eco El Nombre de la Rosa
263
hunden y se quedan sin lágrimas, la lengua se les va secando y se cubre de
pústulas, el cuerpo también se les seca y siempre tienen sed. A esas alturas
pasan el día tendidos boca abajo, con el rostro y los tobillos cubiertos de
marcas semejantes a mordeduras de perro, y lo último es que vagan de noche
por los cementerios, como lobos.
Finalmente, ya no tuve dudas sobre la gravedad de mi estado cuando leí
ciertas citas del gran Avicena, quien define el amor como un pensamiento fijo
de carácter melancólico, que nace del hábito de pensar una y otra vez en las
facciones, los gestos o las costumbres de una persona del sexo opuesto (¡con
qué fidelidad había descrito mi caso Avicena!): no empieza siendo una
enfermedad, pero se vuelve enfermedad cuando, al no ser satisfecho, se
convierte n un pensamiento obsesivo (aunque, en tal caso, ¿por qué estaba yo
obsesionado si, que Dios me lo perdonara, había satisfecho muy bien mis
impulsos?, ¿o lo de la noche anterior - no había sido satisfacción amorosa?,
pero entonces ¿cómo se satisfacían, cómo se mitigaban los efectos de ese
mal?), que provoca un movimiento incesante de los párpados, una respiración
irregular, risas y llantos intempestivos, y la aceleración del pulso (¡y en verdad
el mío se aceleraba, y mi respiración se quebraba, mientras leía aquellas
líneas!). Para descubrir de quién estaba enamorado alguien, Avicena
recomendaba un método infalible, que ya Galileo había propuesto: coger la
muñeca del enfermo e ir pronunciando nombres de personas del otro sexo,
hasta descubrir con qué nombre se le acelera el pulso... Y yo temía que de
pronto entrase mi maestro, me cogiera del brazo y en la pulsación de mis
venas descubriese, para gran vergüenza mía, el secreto de mi amor... ¡Ay!, el
remedio que Avicena sugería era unir a los amantes en matrimonio, con lo que
el mal estaría curado. Bien se veía que, aunque sagaz, era un infiel, porque no
pensaba en la situación de un novicio benedictino, condenado, pues, a no curar
jamás -mejor dicho, consagrado por propia elección, o por prudente elección de
sus padres, a no enfermar jamás. Por fortuna, Avicena, aunque sin pensar en
la orden cluniacense, consideraba el caso de los amantes separados por
alguna barrera infranqueable, y decía que los baños calientes constituían una
cura radical (¿acaso Berengario había tratado de curar el mal de amor que
sentía por el difunto Adelmo?, pero ¿podía enfermarse de amor por alguien del
mismo sexo?, ¿esto último no era sólo lujuria bestial?, y la que yo había
sentido la noche pasada ¿no sería también lujuria bestial?, no, en absoluto,
decía en seguida para mí, era suavísima... pero después me replicaba: ¡te
equivocas, Adso, fue una ilusión del diablo, era bestialísima, y si entonces
pecaste siendo bestia, ahora sigues pecando negándote a reconocerlo!). Pero
después leí que, siempre según Avicena, hay otras maneras de curar este mal:
por ejemplo, recurrir a la ayuda de mujeres viejas y experimentadas para que
se pasen todo el tiempo denigrando a la mujer amada; al parecer, para esta
faena las viejas son mucho más eficaces que los hombres. Quizás aquella
fuese la solución, pero en la abadía no podía encontrar mujeres viejas (ni
tampoco jóvenes). ¿Tendría que pedirle, entonces, a algún monje que me
hablase mal de la muchacha? Pero ¿a quién? Además, ¿podía un monje
conocer a las mujeres tan bien como las conocía una vieja cotilla? La última
solución que sugería el sarraceno era del todo indecente, porque indicaba que
el amante infeliz debía unirse con muchas esclavas, procedimiento que en
nada convenía a un monje. Y me pregunté cómo podía curar del mal de amor
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un joven monje. ¿No había manera de que se salvara? ¿No debería recurrir a
Severino y sus hierbas? De hecho encontré un pasaje de Arnaldo de Villanova,
cuyo elogio había oído
en boca de Guillermo, que atribuía el mal de amor a una abundancia de
humores y de pneuma, o sea al exceso de humedad y calor en el organismo
humano, pues cuando la sangre (que produce el semen generativo) aumenta
en exceso, provoca un exceso de semen, una «complexio venerea», y un
intenso deseo de unión entre hombre y mujer. En la parte dorsal del ventrículo
medio del encéfalo (¿qué sería eso?, me pregunté) reside una virtud estimativa
cuya función consiste en percibir las intenciones no sensibles que hay en los
objetos sensibles que se captan con los sentidos, y cuando el deseo del objeto
que perciben los sentidos se vuelve demasiado intenso, aquella facultad
estimativa se perturba sobremanera y ya sólo se nutre con el fantasma de la
persona amada. Entonces se produce una inflamación del alma entera y del
cuerpo, y la tristeza alterna con la alegría, porque el calor (que en los
momentos de desesperación se retira hacia lo más profundo del cuerpo, con lo
que la piel se hiela) sube, en los momentos de alegría, a la superficie, e inflama
el rostro. Como cura, Arnaldo aconseja tratar de perder la confianza y la
esperanza de unirse al objeto amado, para que el pensamiento fuese
alejándose de él.
Pero entonces estoy curado, o en vías de curación, dije para mí, porque son
pocas o ningunas las esperanzas que tengo de volver a ver al objeto de mis
pensamientos, o, si lo viese, de estar con él, o, si estuviese con él, de volver a
poseerlo, o, si volviese a poseerlo, de conservarlo a mi lado, tanto debido a mi
estado monacal como a las obligaciones que se derivan del rango de mi
familia... Estoy salvado, dije para mí. Cerré el libro y me serené, justo cuando
Guillermo entraba en la habitación. Proseguimos nuestro viaje por el laberinto
(que, como ya he dicho, a esas alturas habíamos logrado desenredar) y por el
momento olvidé mi obsesión.
Como se verá, no tardaría mucho en reencontrarla, pero en circunstancias
(¡ay!) muy distintas.
Cuarto día
NOCHE
Donde Salvatore se deja descubrir miserablemente por Bernardo Gui,
la muchacha que ama Adso es apresada y acusada de brujería,
y todos se van a la cama más infelices y preocupados que antes.
En efecto, estábamos bajando al refectorio cuando escuchamos unos gritos y
percibimos el débil resplandor de unas luces del lado de la cocina. Guillermo se
apresuró a apagar la lámpara. Pegándonos a las paredes, Regamos hasta la
puerta que daba a la cocina, y comprendimos que el ruido venía de afuera,
pero que la puerta estaba abierta. Después las voces y las luces se alejaron, y
alguien cerró la puerta con violencia. Era un gran tumulto, preludio de algo
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desagradable. A toda prisa volvimos a atravesar el osario, llegamos de nuevo a
la iglesia, que estaba desierta, salimos por la puerta meridional, y divisamos un
ir y venir de antorchas en el claustro.
Nos acercamos, y en la confusión parecía que también nosotros llegásemos,
como los muchos que ya estaban allí, desde el dormitorio o desde la casa de
los peregrinos. Vimos que los arqueros tenían bien cogido a Salvatore, blanco
como el blanco de sus ojos, y a una mujer que lloraba. Se me encogió el
corazón: era ella, la muchacha de mis pensamientos. Al verme me reconoció, y
me lanzó una mirada implorante y angustiosa. Estuve a punto de correr en su
ayuda, pero Guillermo me contuvo, mientras me decía por lo bajo algunos
insultos que nada tenían de afectuosos. De todas partes llegaban los monje s y
los huéspedes.
Se presentó el Abad, y Bernardo Gui, a quien el ca pitán de los arqueros
informó brevemente de los hechos. Estos eran los siguientes.
Por orden del inquisidor, los arqueros patrullaban durante la noche toda la
explanada, vigilando en especial la avenida que iba desde el portalón de
entrada hasta la iglesia, la zona de los huertos y la fachada del Edificio (¿por
qué?, me pregunté, y comprendí que Bernardo debía de haberse enterado, por
los sirvientes o los cocineros, de la existencia de ciertos comercios nocturnos,
cuyos responsables quizás éstos no fuesen capaces de indicar con exactitud,
pero que se desarrollaban entre la parte externa de la muralla y la cocina, y
quizás el estúpido de Salvatore hubiera hablado del asunto, como lo había
hecho conmigo, a algún sirviente en la cocina o en los establos, y luego el
infeliz, atemorizado por el interrogatorio de la tarde, lo había repetido para
aplacar la avidez de Bernardo). Por último, moviéndose con discreción, y al
amparo de la niebla, los arqueros habían sorprendido a Salvatore, en compañía
de la mujer, mientras maniobraba ante la puerta de la cocina.
-¡Una mujer en este lugar sagrado! ¡Y con un monje! -exclamó con tono severo
Bernardo dirigiéndose al Abad-. Eminentísimo señor, si sólo se tratase de la
violación del voto de castidad, el castigo de este hombre caería dentro de
vuestra jurisdicción. Pero, como aún no sabemos si las tramoyas de estos dos
infelices guardan alguna relación con la salud de los huéspedes, es necesario
aclarar primero este misterio. Vamos, a ti te hablo, miserable -y mientras tanto
se apoderaba del paquete que ilusamente Salvatore creía tener oculto en el
pecho-, ¿qué tienes ahí?
Yo ya lo sabía: un cuchillo, un gato negro, que, apenas abierto el paquete, huyó
maullando furioso, y dos huevos, ya rotos y convertidos en un líquido viscoso,
que todos tomaron por sangre, bilis amarilla u otra sustancia inmunda.
Salvatore estaba por entrar en la cocina, matar al gato y arrancarle los ojos. Y
quién sabe con qué promesas había logrado que la muchacha lo siguiera. En
seguida supe con qué promesas. Los arqueros revisaron a la muchacha, en
medio de risas maliciosas y alusiones lascivas, y le encontraron un gallito
muerto, todavía con plumas. De noche todos los gatos son pardos, pero en
aquella ocasión la desgracia quiso que el gallo no pareciera menos negro que
el gato. Por mi parte, pensé que no se necesitaba más para atraer a aquella
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pobre hambrienta que ya la noche anterior había abandonado (¡y por amor a
mí!) su precioso corazón de buey...
-¡Ajá! -exclamó Bernardo con tono muy preocupado-- Gato y gallo negros...
Pero yo conozco esta parafernalia... -divisó a Guillermo entre los asistentes-.
También vos la conocéis, ¿verdad, fray Guillermo? ¿No fuisteis inquisidor en
Kilkenny, hace tres años, cuando aquella muchacha tenía relaciones con un
demonio que se le aparecía en forma de gato negro?
El silencio de mi maestro me pareció innoble. Lo cogí de la manga, lo sacudí y
le susurré desesperado:
-Pero decidle que era para comer...
Zafándose de mi mano, Guillermo respondió cortésmente a Bernardo:
-No creo que necesitéis de mis viejas experiencias para extraer vuestras
conclusiones.
-¡Oh, no, hay testimonios mucho más autorizados! -dijo éste sonriendo-. En su
tratado sobre los siete dones del Espíritu Santo, Esteban de Bourbon cuenta
que Santo Domingo, después de haber predicado en Fanjeaux contra los
herejes, anunció a unas mujeres que verían a quién habían estado sirviendo
hasta aquel momento. Y de pronto saltó en medio de ellas un gato espantoso,
como un perro grande, con ojos enormes y ardientes, una lengua
sanguinolenta que le llegaba hasta el ombligo, la cola corta y erecta, de modo
que, hacia dondequiera que se volviese, el animal mostraba su infame trasero,
fétido a más no poder, como corresponde a ese ano que los devotos de
Satanás, y en no último lugar los caballeros templarios, siempre suelen besar
en el transcurso de sus reuniones. Y después de haberse paseado una hora
alrededor de las mujeres, el gato saltó a la cuerda de la campana y trepó por
ella, dejando allí sus fétidos excrementos. ¿Y acaso no aman al gato los
cátaros, cuyo nombre, según Alain de Lille, deríva precisamente de catus,
porque besan el trasero de dicho animal al que consideran la encarnación de
Lucifer? ¿Y no confirma la existencia de esta repugnante práctica también
Guillermo de Auvernia en el De legibus? ¿Y no dice Alberto Magno que los
gatos son demonios en potencia? ¿Y no cuenta mi venerable colega Jacques
Fournier que en el lecho de muerte del inquisidor Godofredo de Carcassone
aparecieron dos gatos negros que no eran sino dos demonios que deseaban
hacer befa de aquellos despojos?
Un murmullo de horror recorrió el grupo de los monjes, muchos de los cuales
hicieron el signo de la santa cruz.
-¡Señor Abad, señor Abad! -decía entre tanto Bernardo con tono virtuoso-.
Quizá vuestra excelencia ignore lo que suelen hacer los pecadores con estos
instrumentos. Pero yo lo sé muy bien. ¡Ojalá Dios no lo hubiese querido! He
visto a mujeres de una perversión extrema que, durante las horas más oscuras
de la noche, junto con otras de su calaña, utilizaban gatos negros para obtener
prodigios que tuvieron que admitir: como el de montar en ciertos animales y
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valerse de las sombras nocturnas para recorrer distancias inmensas,
arrastrando a sus esclavos, transformados en íncubos deseosos de entregarse
a tales prácticas... Y el mismo diablo se les aparece, o al menos están
segurísimas de que se les aparece, en forma de gallo, o de otro animal muy
negro, y con él llegan incluso, no me preguntéis cómo, a yacer. Y sé de buena
fuente que con este tipo de nigromancias no hace mucho, precisamente en
Aviñón, se prepararon filtros y ungüentos para atentar contra la vida del propio
señor papa, envenenando sus alimentos. ¡El papa pudo defenderse y
reconocer la ponzoña, porque poseía unas joyas prodigiosas en forma de
lengua de serpiente, reforzadas con maravillosas esmeraldas y rubíes, que por
virtud divina permitían detectar la presencia de veneno en los alimentos! ¡Once
le había regalado el rey de Francia, de tales lenguas preciosísimas, gracias al
cielo, y sólo así nuestro señor papa pudo escapar de la muerte! Es cierto que
los enemigos del pontífice no se limitaron a eso, y todos saben lo que se le
descubrió al hereje Bernard Délicieux, arrestado hace diez años: en su casa se
encontraron libros de magia negra con anotaciones en las páginas más
abyectas, con todas las instrucciones para construir figuras de cera a través de
las cuales podía hacerse daño a los enemigos. Y aunque os parezca increíble,
también en su casa se encontraron figuras que reproducían, con arte sin duda
admirable, la propia imagen del papa, con circulitos rojos en las partes vitales
del cuerpo: y todos saben que esas figuras se cuelgan de una cuerda, delante
de un espejo, para después hundirles en los círculos vitales alfileres y... ¡Oh!
¿Pero por qué me demoro en detallar estas repugnantes miserias? ¡El propio
papa las ha mencionado y las ha descrito, condenándolas, hace sólo un año,
en su constitución Super illius specula! Y sin duda espero que poseáis una
copia en vuestra rica biblioteca, para que meditéis sobre ella como es debido...
-La tenemos, la tenemos --se apresuró a confirmar "el Abad, muy perturbado.
-Está bien -concluyó Bernardo-. Ahora veo claramente lo que ha sucedido. Una
bruja, un monje que se deja seducir, y un rito que por suerte no ha podido
celebrarse. ¿Con qué fines? Eso es lo que hemos de saber, y para saberlo
quiero sacrificar algunas horas de sueño. Ruego a vuestra excelencia que
ponga a mi disposición un sitio donde pueda tener vigilado a este hombre...
-En el subsuelo del taller de los herreros -dijo el Abad---, tenemos algunas
celdas, que por suerte se usan muy poco, y que están vacías desde hace años.
-Por suerte o por desgracia --observó Bernardo.
Y ordenó a los arqueros que se hiciesen mostrar el camino y que pusieran a los
cautivos en dos celdas distintas; y que atasen bien al hombre de alguna argolla
que hubiera en la pared, para que cuando, muy pronto, bajase a interrogarlo,
pudiera mirarlo bien en la cara. En cuanto a la muchacha, añadió, estaba claro
lo que era, y no valía la pena interrogarla aquella noche. Ya surgirían otras
pruebas antes de que fuese quemada por bruja. Y si era bruja, no sería fácil
que hablara. Pero el monje quizá aún podía arrepentirse (y miró a Salvatore,
que temblaba, como dándole a entender que todavía le ofrecía una
oportunidad), contar la verdad, y, añadió, denunciar a sus cómplices.
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Se los llevaron: uno, silencioso y deshecho, como afiebrado; la otra, llorando,
dando patadas, y gritando como un animal en el matadero. Pero ni Bernardo ni
los arqueros ni yo mismo comprendíamos lo que decía en su lengua de
campesina. Aunque hablase, era como si fuese muda. Hay palabras que dan
poder y otras que agravan aún más el desamparo, y de este último tipo son las
palabras vulgares de los simples, a quienes el Señor no ha concedido la gracia
de poder expresarse en la lengua universal del saber y del poder.
Otra vez estuve por lanzarme tras ella, otra vez Guillermo, cuya expresión era
muy sombría, me contuvo.
---Quédatequieto, tonto, la muchacha está perdida, es carne de hoguera.
Mientras observaba aterrado la escena, en medio de un torbellino de
pensamientos contradictorios, con los ojos clavados en la muchacha, sentí que
me tocaban el hombro. No sé cómo, pero antes de volverme supe que era la
mano de Ubertino.
-¿Miras a la bruja, verdad? -me dijo.
Yo sabía que no podía estar al tanto de mi historia, y que, por consiguiente, sus
palabras sólo expresaban lo que, con su tremenda capacidad para penetrar en
las pasiones humanas, había leído en la tensión de mi mirada.
-No... -intenté zafarme---, no la miro... Es decir, quizá la mire, pero no es una
bruja. No lo sabemos, quizá sea inocente...
-La miras porque es bella. Es bella, ¿verdad? -me preguntó enardecido y
cogiéndome con fuerza del brazo -. Si la miras porque es bella, y su belleza te
perturba (sé que estás perturbado porque te atrae aún más debido al pecado
del que se le acusa), si la miras y sientes deseo, entonces, por eso mismo, es
una bruja. Vigila, hijo mío... La belleza del cuerpo sólo existe en la piel. Si los
hombres viesen lo que hay debajo de la piel, como sucede en el caso del lince
de Beocia, se estremecerían de horror al contemplar a la mujer. Toda esa
gracia consiste en mucosidades y en sangre, en humores y en bilis. Si
pensases en lo que se esconde en la nariz, en la garganta y en el vientre, sólo
encontrarías suciedad. Y si te repugna tocar el moco o el estiércol con la punta
del dedo, ¿cómo podrías querer estrechar entre tus brazos el saco que
contiene todo ese excremento?
Estuve a punto de vomitar. No quería seguir escuchando aquellas palabras.
Acudió en mi ayuda Guillermo, que había estado oyendo. Se acercó
bruscamente a Ubertino, y cogiéndolo por un brazo lo separó del mío.
-Ya está bien, Ubertíno -dijo-. Pronto esta muchacha será torturada y después
morirá en la hoguera. Se convertirá exactamente en lo que dices: moco,
sangre, humores y bilis. Pero serán nuestros semejantes quienes extraigan de
debajo de su piel lo que el Señor ha querido que esa piel protegiese y
adornara. Y desde el punto de vista de la materia prima, tú no eres mejor que
ella. Deja tranquilo al muchacho.
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Ubertino quedó confuso:
---Quizá he pecado -murinuró-. Sin duda he pecado. ¿Qué otra cosa puede
hacer un pecador?
Ya todos se estaban retirando, mientras comentaban lo sucedido. Guillermo
habló un momento con Michele y los otros franciscanos, que le preguntaban
qué pensaba de aquello.
Ahora Bernardo tiene un argumento, aunque sea equívoco. Por la abadía
merodean nigromantes que hacen lo mismo que se hizo contra el papa en
Aviñón. Sin duda, no se trata de una prueba, y no puede usarse para perturbar
el encuentro de mañana. Esta noche tratará de arrancarle a ese desgraciado
alguna otra indicación, pero estoy seguro de que no la utilizará
inmediatamente. No la utilizará mañana por la mañana, la tendrá en reserva
para más adelante, para perturbar la marcha de las discusiones, en caso de
que éstas tomen una orientación que no sea de su agrado.
-¿Podría hacerle decir algo que luego le sirviese contra nosotros? -preguntó
Michele da Cesena.
Guillermo, dudó un momento:
-Esperemos que no --dijo por fin.
Comprendí que si Salvatore decía a Bernardo lo que nos había dicho a
nosotros, sobre su pasado y sobre el pasado del cillerero, y si hacía alguna
referencia al vínculo entre ambos y Ubertino, por fugaz que ésta fuese, se
crearía una situación bastante incómoda.
-De todos modos, no nos adelantemos a los acontecimientos -dijo Guillermo
con serenidad-. Además, Michele, todo estaba decidido de antemano. Pero tú
quieres probar.
-Sí, quiero -dijo Michele , el Señor me ayudará. Que San Francisco interceda
por todos nosotros.
-Amén -respondieron todos.
-Pero no es seguro que pueda hacerlo -fue el irreverente comentario de
Guillermo-. Quizá San Francisco está en alguna parte esperando el juicio, y
aún no ve al Señor cara a cara.
-Maldito sea el hereje Juan --oí que gruñía micer Girolamo, mientras todos
volvían a sus celdas-. Si ahora nos quita hasta el auxilio de los santos, ¿dónde
acabaremos los pobres pecadores?